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Yolanda Larrea Sánchez
Miércoles, 1 de marzo de 2017 | Leída 78 veces

Nadie pierde contra el cáncer

[Img #10883]Estos días no para de comentarse, no sin gran aflicción, el fallecimiento de Pablo Ráez, quien dio una lección de madurez y consiguió más donaciones que las pretendidas por muchos planes estatales. Sin embargo, llama la atención toda la vorágine que se forma alrededor de un enfermo de cáncer cuando este es, de una manera o de otra, público.

 

Vaya por delante que éste no es un artículo que pretenda poner en duda el carácter encomiable que él y muchos otros muestran ante situaciones tremendamente difíciles de la vida. Pero sí que ejemplos como éste han de hacernos reflexionar sobre si la forma de actuar de la sociedad ante estas circunstancias es la más correcta. Familiares, amigos, conocidos y desconocidos repiten mensajes como: “¡Valiente!”, “¡Con tu fuerza vas a poder con esto!”, “¡El 50% es la actitud!”. Aseveraciones que, a pesar de conllevar un propósito bienintencionado, posan una losa difícilmente sobrellevable por una persona que tiene bastante con estar enferma, como para verse encima prácticamente obligada socialmente a poner buena cara. A sonreir por muy mal que vayan las cosas. A no permitirse un momento de flaqueza que, ya desde su propio significado léxico, implica que quien llore o se derrumbe está produciendo dicha acción por pura y llana debilidad. En esta sociedad donde impera la cultura de una especie de superhombre, de la autoafirmación de la fortaleza del que puede con todo, al débil, al que sucumbe, física o psicológicamente, se le aparta y se le sitúa en los márgenes. Se le condena, como ya analizara Foucault,  a un no lugar que, a pesar de no verse, está más presente que nunca. Es entonces cuando nos hemos olvidado de que somos humanos.

 

Especialistas han reconocido que esa exigencia, que no es más que una autoimposición de perfección psíquica (pobre de aquel que decida recibir ayuda psicológica y de los comentarios que se susciten), puede ser contraproducente. Prácticamente no existe evidencia científica alguna de que la actitud influya en el devenir de una enfermedad, al tratarse de un proceso celular. Aun así, hemos teñido todo aquello que toque al cáncer de continuas metáforas bélicas un tanto atroces. Extendiendo así la falsa creencia de que quien tiene buena actitud, quien “lucha”, se cura, lo cual no quiere decir que no sea importante afrontar un tratamiento tan delicado de la mejor manera posible. Por tanto, parece que el que fallece tiene algún tipo de responsabilidad por “haber perdido la batalla”. No, oiga, no, el que no puso buena cara, el que se rompió, tenía las mismas ganas de curarse. Y un enfermo tiene todo el derecho del mundo a quejarse, a sentir rabia, y a pasar por una montaña rusa de emociones. Es su proceso, y nadie ha de juzgarlo ni imponerle una supuesta felicidad que, en muchos casos, no siente.

 

Todo el mundo la nombra, y se produce en ocasiones una especie de escenificación, de representación trágica de la enfermedad que tiene su aliento y su verdugo en las redes sociales, como instrumento nuestra propia voz, pero cuyo escenario sigue siendo la vida misma. Y nunca, nadie, debería inmiscuirse en ella. Qué sabrá el que observa desde la seguridad de saberse sano. Qué sabremos el resto lo que pesan los pies del alma.


Y a pesar de ello es tal lo que casi todos hemos producido que hasta dicha terminología bélica se ha lexicalizado, y ahora palabras como estas solo se aplican a esta enfermedad. Si alguien escucha eso de “perdió la batalla”, va a pensar directamente que una persona ha fallecido, y ha fallecido de cáncer. ¿Por qué jamás se utiliza para aquel enfermo de hepatitis o de fibromialgia? ¿O de cualquier otra enfermedad que curse en un periodo largo de tiempo? Valdría la pena replantearse el daño o sobreesfuerzo que se puede causar con el lenguaje. Porque el que “ha perdido la batalla” ni ha fracasado, ni ha perdido. Nadie pierde por no superar una enfermedad. Absolutamente nadie.


Así inundamos las redes sociales de mensajes, de publicaciones, que en algunos casos no connotan admiración o compromiso hacia aquel que comparte su enfermedad, sino más bien compasión y, sobre todo, miedo. Miedo de verte tú o alguien cercano en esas. De mirar a la cara a la vida y ser, volviendo a caer en estos usos metafóricos, uno más que recorre su propio desierto.


Y, en esto, una gran responsabilidad la tienen los medios de comunicación, quienes originan tremendo bullicio social cuando una persona pública fallece de esta enfermedad. Bajo el loable velo de la información, se escupe una espiral de pena y sobreexposición de quien ya no puede defenderse ni opinar, que martillea a la opinión pública durante cuatro días. ¿Por qué interesan “Los últimos días de fulanita antes de perder su batalla”? ¿Es información o quizá, simplemente, asqueroso?. Y martillean con ello sobre todo a enfermos y familiares, quienes a través de titulares belicistas, tienen que aguantar una carga empática y, por tanto, emocional, tremendamente difícil de llevar.

 

No nos conformemos. No nos quedemos en la mirada de soslayo o en la conmiseración. No ejerzamos tanta presión nosotros y tanto sesgo los medios de comunicación. Que cada noticia de alguien que no se curó no invisibilice a tantos otros. A tantos que, gracias a donaciones como las que consiguió Pablo, están aquí. Y demuestran que no hay metáfora mejor que la de la luz. Que, a pesar de todo, del que creía no poder con su miedo, de los comentarios, de las noticias sin aire y las habitaciones sin tiempo, queda todavía mucho, mucho corazón.

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