Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Pablo Mosquera
Domingo, 5 de marzo de 2017 | Leída 126 veces

Mi relación con los Lendakaris

[Img #10915]

 

Cinco legislaturas del Parlamento vasco dan para escribir un libro. Máxime en una comunidad de algo más de dos millones de habitantes, zaherida por la violencia terrorista, que algunos utilizaron y otros muchos sufrimos.


Tras la promulgación del Estatuto de Guernica, consecuente con la disposición adicional de la Constitución Española que garantiza los derechos históricos de los Territorios Forales, comienza el autogobierno vasco, en 1978, con la creación del Consejo General Vasco, presidido por Ramón Rubial, gracias al voto del alavés Pedro Morales, militante en la UCD. En aquella simbólica agrupación de partidos para figurar sin mandar, están gentes que luego serían figuras políticas, como Juan María Bandrés, José Antonio Aguiriano, Txiki Benegas, Ajuriaguerra y Chus Viana. En 1979, preside Garaicoechea y están Pujana, Solchaga, Benegas, Viana, Mayor Oreja.


Tras las elecciones al Parlamento vasco con sede en la Casa de Juntas de Guernica se inicia la etapa gubernamental de Garaicoechea, que terminará con un gravísimo conflicto dentro del PNV, con su destitución al enfrentarse con Arzalluz y la creación de Eusko Alkartasuna, como escisión del nacionalismo histórico.
Carlos Garaicoechea. Navarro. Cuando era dogma de fe que Navarra era Euskadi y la capital de tal estaría en Pamplona, aunque provisionalmente, se situara en Vitoria. Era un político sibilino, de discurso empalagoso. Se rodeó de muy buenos tecnócratas y un consejero del Interior -Retolaza- con aquella vieja "leyenda" de colaboración con la CIA. La guerra sucia en Euskadi formaba parte de las alcantarillas que un día contó Pepe Rey. El asesinato de mi colega médico Santi Brouard en noviembre de 1984, en su consulta, abrió una etapa en la que los radicales podían asesinar a cualquiera, de hecho lo hicieron con el senador Enrique Casas -también 1984- y lo intentaron con mi colega Ricardo García Damborenea. Su mandato "coincide" con el mayor número de asesinatos de ETA por año.   


Luego, ya formando parte de EA, tuve trato con él, a través de las reuniones de la Mesa de Ajuria-Enea. Era un político florentino. Sé que sentía un enorme desprecio hacia mi persona. Escribió un libro de memorias políticas, dónde ni me nombra. La talla de su valor la dio la noche del 23-F en que salió disparado desde su residencia de Ajuria Enea hacia Francia, dejando a todos colgados, y no regresó hasta que no tuvo claro que el golpe había sido neutralizado.


José Antonio Ardanza. El que fuera alcalde de Mondragón y Diputado General de Guipúzcoa, abre un periodo de pactos para gobernar y contra la violencia o para la normalización. Siempre recordaré lo mal que lo pasó el día de su investidura, cuando los ataques más duros los recibió de su propio grupo parlamentario del PNV, y hubo de ser la oposición formada por Coalición Popular, Euskadiko Ezkerra, Socialistas, quienes le defendieran. Y todo ello, tras la cobarde negativa del secretario general de los socialistas vascos, Txiki Benegas, para aceptar ser Lendakari. Por aquellas fechas, los socialistas afirmaban que cualquier solución para el problema vasco pasaba por el PNV.


Con Ardanza tuve una muy larga, intensa y cordial relación. Era hombre de honor, trataba de quitarse la presión del presidente del PNV, el auténtico "Papa", Xabier Arzalluz. Sus gobiernos con los socialistas vascos, coinciden con el desarrollo de las competencias estatutarias y el buen uso de la autonomía. Siempre lo consideré un hombre honrado y moderado. El mayor acierto fue crear y mantener el Pacto de Ajuria Enea, como lugar de encuentro frente al terrorismo de ETA y la subcultura de la violencia en la sociedad vasca con fines de implantación política de los postulados precisos para la Construcción Nacional del Estado Vasco. En su época, vivimos los momentos más duros de la ofensiva asesina de ETA contra los políticos constitucionalistas, tanto de derechas como de izquierdas. Su momento cumbre estuvo en los sucesos de Ermua, con el rapto y asesinato de Miguel Ángel Blanco del PP, y el movimiento ciudadano que tal barbaridad ocasionó, y que supuso la sublevación del pueblo contra ETA.


Mi último capítulo personal fue una tarde de paseo cultural en la ciudad de Bolonia, cuando él ya no era político, representaba a Euskaltel, y yo era Diputado Foral de Álava. Descubrí a un hombre culto, pragmático, buena persona.


Juan José Ibarreche. Había sido alcalde de Llodio. Presidente de las Juntas Generales de Álava. Vicepresidente del Gobierno vasco con Ardanza. Lo conocía de las Juntas Generales de Álava. Llegué a tener una gran amistad con él. Casi diría que una auténtica complicidad que le permitía llamarme en cualquier momento, cómo sucedió en las fiestas del Fin de Año hacia el 2000, cuando me encontraba con mis hijos en Venecia.


El día que asesinan a Fernando Buesa, me llama por teléfono, yo estoy en la calle, delante del cadáver y compruebo cómo se está poniendo la gente. Le recomiendo que no venga, de lo contrario le van a hacer blanco de las iras. Me hizo caso, como siempre. A raíz de aquellos acontecimientos, tuvo una úlcera de estrés. Le dije que si quería podía venirse a mi casa de San Ciprián, y nos dedicaríamos a hacer deporte. Estuvo a punto de hacerme caso. Le recomendé que fuera de incógnito a visitar a Manuel Fraga en Galicia, para desbloquear la situación que se vivía. Me hizo caso, pero Fraga, mal aconsejado, no se prestó a la entrevista.


Sé que con el tiempo se volvió raro y se encerró en sí mismo, llegando a practicar un lenguaje en tercera persona. Cuando hicimos la coalición PP-PSE-UA-PC para disputarle la presidencia, con Mayor Oreja a la cabeza, y perdimos en una participación como si de un referendo se tratara, decidí que abandonaba la política y volvía a mi Galicia.


A Patxi López lo conocí de Parlamentario del PSE por Vizcaya. Era un mindundi. Trataba de aprovechar la nueva etapa abierta con Nico Redondo, de socialistas vascos procedentes de la margen izquierda, con padres que fueron luchadores históricos. Ellos carecían de categoría para ser presidentes de un gobierno.
 

A Íñigo Urkullu, lo conocí como parlamentario del montón, con muy pocas luces y serias dificultades de comunicación y no digamos preparación. Era un chico muy osco. Casi con perfil de casero vizcaíno.


En general debo confesar que en la medida del tiempo pasado, las gentes que se acercan a la política tienen menos méritos y cultura en la sociedad civil. Son gentes que han hecho carrera dentro de las estructuras internas de los partidos políticos, auténticas empresas jerarquizadas.


En este país nuestro se dan dos perversas circunstancias. Hay democracia, a pesar de los partidos políticos. Para dedicarse a la política hay que ser un aventurero como aquellos segundones de las familias nobles, que al no ser herederos, tenían que ir al Nuevo Mundo como conquistadores para hacer fortuna...   
   
 

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
La Tribuna • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress