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Yolanda Couceiro Morín
Lunes, 13 de marzo de 2017 | Leída 177 veces

El "pensamiento desviado" de Geert Wilders

"Son los déspotas torpes los que se sirven de las bayonetas. El arte de la tiranía consiste en hacer lo mismo con los jueces". (Voltaire)

 

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En el mes de diciembre pasado, Geert Wilders, el fundador y dirigente del Partido Por la Libertad (PVV) fue condenado por "incitar a la discriminación". El motivo de tal condena reside en las declaraciones que hizo el político holandés en el año 2014, en las que afirmó: "Holanda tiene un problema y se llama marroquíes". En una reunión con sus seguidores en La Haya les formuló a estos una pregunta: "¿Queréis más o menos marroquíes en Holanda?" Ante la respuesta masiva del publico de "¡Menos, menos!", Wilders les aseguró: "Yo me encargaré de ello".

 

Esa condena no ha hecho mella en Wilders, que no se arrepiente ni se siente culpable de nada. Tal y como había prometido, la represión judicial no lo ha hecho callar ya que, en plena campaña para las elecciones del 15 de marzo de este año, no se ha privado de decir: "La islamización de Holanda debe acabarse, porque este país está en manos del terror que la escoria marroquí impone en las calles". En efecto, en su programa electoral lleva la promesa de reducir la presencia del islam en Holanda, a través del "cierre de mezquitas y escuelas islámicas" y "darle más dinero a los que verdaderamente lo merecen", los propios ciudadanos holandeses.

 

No es por lo tanto nada improbable que la justicia holandesa vuelva a la carga para seguir intentando acallar mediante la persecución judicial la voz de Wilders, que representa ya, según las encuestas, el canditado preferido con más de un 30% de intención de voto. Los jueces a sueldo y los medios, que actuán muchas veces como simples delatores de toda manifestación de "pensamiento desviado", se empeñan en ignorar aquello que dice Georges Orwell en "1984":  "La libertad de opinión y de expresión consiste en poder decir incluso aquello que la gente no quiere oír". En realidad, ya es mucha la gente que quiere oír el discurso de Wilders. Su análisis de la situación y sus propuestas son cada día más aceptadas y apoyadas por el pueblo holandés, el mismo pueblo que las élites gobernantes y su servicio doméstico mediático y judicial quisieran hacer enmudecer. Pues como también dice Orwell: "Aunque sea pequeño y débil, nos es insoportable que haya en algún lugar del mundo un pensamiento desviado." Pero esos esfuerzos liberticidas van a ser en vano.

 

Ese "pensamiento desviado", del que el dirigente holandés es un destacado exponente, se ha convertido en el crimen por excelencia, pues atenta contra los fundamentos mismos del sistema imperante, que no está dispuesto a aceptar la más mínima merma de su control y su dominio tanto sobre los cuerpos como sobre las mentes. "El más tirano de todos los poderes es aquel que hace de las opiniones crímenes, pues cada cual tiene el inviolable derecho a la libertad de pensamiento", dice Baruch Espinoza. Wilders ha sido juzgado y condenado por un delito de opinión, pues opinar a contracorriente de la ideología dominante se ha convertido en un crimen en la Europa actual. El derecho y la misma libertad están retrocediendo en el continente que ha visto nacer la más noble y humana civilización de todos los tiempos. La regresión es enorme.


Vivimos una nueva Inquisición. En Europa, de norte a sur y de este a oeste, los disidentes son de nuevo perseguidos y toda veleidad de resistencia a las ideas en boga sobre los "derechos humanos", la multicultura y otros artículos de fe del actual credo "progresista" y políticamente correcto, es denunciada por los medios de comunicación adictos al regimen y a la ideología imperantes, y condenados por leyes represivas y duramente sancionados por los jueces. La policía del pensamiento está de fiesta. Su diana elegida: el famoso "pensamiento desviado" que atenta contra los dogmas sobre los que se sustenta el Sistema.


El pasado juicio contra Wilders fue una farsa, otro episodio más de la represión en marcha contra esa nueva "herejía" que consiste en contestar los pilares "teológicos" de esa novedosa religión de los "derechos humanos, la multicultura, la tolerancia y la diversidad", que adopta en la práctica la forma y los modos de una auténtica dictadura política e intelectual contra la cual es un crimen oponerse. El Sistema basa su supuesta legitimidad sobre una serie de "verdades sagradas" que nadie puede poner en duda sin arriesgarse a sentarse en el infamante banquillo de los acusados. El movimiento de oposición y resistencia a la tiranía de las "verdades sagradas" es una lucha que se está desarrollando y consolidando en toda Europa. De ahí que también se endurece la censura, el castigo y la persecución contra este movimiento.


"Quien tiene el poder de hacer creer absurdidades, tiene también el poder de cometer injusticias", decía Voltaire. Son las dos caras de la misma moneda: la mentira y la violencia. La absurdidades del supuesto Edén terrenal que en teoría debía ser la multicultura, la "diversidad" y la "apertura al otro" (en realidad la invasión y la colonización por pueblos extraños de nuestros países) encuentran su complemento en las injusticias que cometen los amos del discurso y los falsificadores de la historia. Cuando la mentira no se basta por sí misma para convencer aquellos a quienes va dirigida, entonces se pasa a la represión, al castigo y a la violencia que significa la conculcación de derechos y libertades fundamentales. En Europa, al tiempo que soplan aires de liberación arrecia la represión.


El dogma de las "verdades sagradas", que nadie puede poner en entredicho sin ser objeto de persecución y que se pretende elevar a categoría de norma legal, anuncia el crepúsculo del derecho en Europa. La aplicación de esa doctrina está transformando a los magistrados en inquisidores y nos está llevando a actuar como Estados totalitarios en los cuales habiendo establecido el Partido o la Iglesia la doctrina oficial, se confía a la Policía y la Justicia la misión de defenderla y de perseguir a los disidentes y los heréticos.


Debemos acabar con todos los abusos de esta nueva inquisición, con el desprecio del derecho, contra ese axfixiante clima de intolerancia que ahoga nuestra sociedad y esteriliza nuestra cultura. Estamos ante una manifiesta voluntad de represión ilegítima, fruto del afán inquisitorial desmedido de una judicatura que ha perdido el norte de su obligado quehacer que consiste en preservar la legalidad y el bien común y no en erigirse en censores, moralizadores o demonólogos al servicio de las obsesiones y fantasias de un régimen cualquiera del signo que fuera.


Querer someter a la sociedad entera al lanar silencio de los corderos y a la balante alabanza de las "verdades esenciales" de la religión vigente sería ridículo si no fuera dramático. Estamos ante una peligrosa deriva liberticida que transita por el territorio del absurdo y del abuso, al pretender perseguir judicialmente a quien ejerce su inalienable derecho a la libertad de expresión sin el beneplácito de los amos del momento ni el visto bueno de los censores del "pensamiento desviado" que no dudan en llegar al extremo de hurgar en los terrenos más personales y recónditos de las personas en búsqueda de "ideas pecaminosas" merecedoras del castigo de la nueva inquisición imperante.


Esta orientación totalitaria que abarca ya los cuatro puntos cardinales de la vida pública y cada vez más los de la esfera privada de los ciudadanos se irá acentuando a medida que estas leyes demuestren ser completamente inútiles para aherrojar la libertad de expresión. A mayor oposición a la tiranía, mayor represión legislativa, policial y judicial. Y a su vez mayor resistencia a la opresión. La Justicia europea y su Policía, que tan incapaces demuestran ser para combatir el crimen y el terrorismo, se dedican ahora a perseguir a los "heréticos". Pues en realidad, las machaconas acusaciones de racismo, fascismo, xenofobia, antisemitismo, etc... que surgen a distro y siniestro a la menor ocasión, son anatemas para-religiosos, excomulgaciones lanzadas contra toda persona o grupo constituído que conteste los dogmas de la clase política y mediática en el poder.

 

La justicia en Europa se está convirtiendo cada vez más en una justicia partidista, totalmente sometida a la insidiosa dictadura que rije bajo la hipócrita máscara de la libertad, la democracia y los derechos humanos. Los jueces, simples peones del poder establecido, se han ido poniendo al servicio del conformismo de su época, el del pensamiento políticamente correcto. La nueva misión de estos jueces es la de condenar conn severidad a los disidentes del sistema imperante. Esta justicia ya sólo es una mera correa de transmisión en el organigrama del poder de los amos de la situación, dispuestos a todo con tal de seguir al mando.

 

Los jueces actuales, reflejo ellos también de una época vulgar enemiga de toda virtud e integridad, cuando no carente de elemental decencia moral, se someten mansamente a la ideología hegemónica. En su gran mayoría recitan el credo en boga, y se conforman al espíritu del tiempo sin rebeldía ni crítica. Los peces muertos siguen la corriente, no pueden hacer otra cosa. La justicia holandesa ha llevado a su presencia a Wilders por contestar las verdades esenciales del Sistema, concretamente por haber dicho palabras blasfematorias conta el credo oficial de la multicultura y la supuesta bondad del islam. La acusasión ha sido la esperada: incitación al odio, al racismo, a la discriminación, etc, etc... Un poco más y el fiscal pedía su ingreso en un asilo siquiátrico como en los "buenos tiempos"...

 

Y hablando de "buenos tiempos". Durante la Revolución Francesa hubo un fiscal del Tribunal Revolucionario llamado Fouquier-Tinville, famoso por mandar ingentes cantidades de "enemigos del pueblo" a la guillotina. Este fiscal decía: "Dénme una sola frase de cualquier persona y lo haré ejecutar". En el caso de Wilders la fiscalía ha necesitado poco más que un par de frases para pedir su puesta fuera de la circulación y su muerte civil y moral. En otras épocas y geografías lo hubieran podido mandar a un asilo siquiátrico especial para "enemigos del pueblo", o condenado a las galeras, a las minas de sal o a desecar las Marismas Pontinas... Pero Wilders ha logrado salir con una condena relativamente benigna, sin imposición de cárcel ni multa. Tal vez el ideal de "justicia revolucionaria" que algunos quisieran imponer definitivamente en Europa esté perdiendo fuelle. O la cobardía de los jueces ha encontrado en otra parte las razones de su miedo y ha decidido actuar en consecuencia. Tal vez éstos sientan que se están adentrando en un terreno minado en el que en un mañana cercano puedan ser ellos mismos los que sean juzgados por sus actos de hoy.

 

El viento está cambiando de dirección y algunos no son insensibles a esa realidad que viene asomando en el horizonte. En un futuro que se dibuja ya en el horizonte podrían ser llamados a rendir cuentas: la suerte de los traidores no ha sido nunca un destino envidiable. Los jueces en este caso no se han atrevido a ir hasta el final del castigo dictado de antemano por sus amos y se han quedado a medias. La justicia ha condenado, con más miedo que vergüenza, al acusado por "incitación a la discriminación" y lo ha exculpado del delito de "incitación al odio". Pero a Wilders la Historia ya lo ha absuelto.

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