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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 13 de marzo de 2017

El respeto al niño

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Sí. Es repugnante, vomitivo. Todas las instancias políticas quieren manipular a los niños, sus consciencias; hacerlos permeables a la cosmovisión que esos partidos, sindicatos u organizaciones imponen sin la más mínima deferencia a quienes piensan diferente. Cada cual tira del niño hacia sus intereses para moldear a la sociedad según sus gustos. Tratan de perfilar la forma de pensar, de sentir, de vivir de los futuros ciudadanos, imprimiendo una impronta, una forma de ser, una forma de percibir las realidades; impidiendo el libre albedrío, el libre pensamiento, el sentido crítico de las cosas. Todos. Los nacionalistas, la izquierda, los lobbys de poder como son las organizaciones de gays, lesbianas, transexuales, feministas a ultranza, etc. Todos tratan de crear una ingeniería social para modelar las mentes de quienes están en vías de crecimiento, en vías de formación de las bases de aprendizaje, los cimientos para ser gentes independientes, con juicio crítico, con criterio personal. Eso es así y las pruebas y hechos lo confirman.

 

Hazte Oír ha organizado una caravana con el lema “Los niños tienen pene, las niñas vulva” para hacer ver que el intento de promover una nueva visión de la sexualidad en los niños es una maniobra de instrumentación de la infancia.  Pues tienen razón. Lo normal es lo que estadísticamente agrupa a la mayor parte de sucesos, de estadísticos. Lo estadísticamente no frecuente es lo minoritario. La naturaleza de las cosas nos dice que lo normal fisiológicamente es que el macho lleve pene y la hembra vulva, porque eso es lo que prevalece en la naturaleza desde el plano funcional, porque pene y vulva son complementarios para el fin de la reproducción. Eso es así, y punto. Entonces, ¿qué hay de malo en educar a los niños en el conocimiento de una realidad natural que la creación, sean cuales sean nuestras convicciones, ha producido para el fin que la realidad de las cosas ha destinado en la reproducción de la especie? Es de una lógica aplastante. Entonces, ¿qué hay de malo en la campaña dicha, que ha sido atacada desde todos los frentes?  ¿Esta gente que impide la libertad de expresión y la demanda de cosas justas sabe realmente lo que es el fascismo? No estaría mal que lo experimentaran para que se dieran cuenta de los puntos comunes que en el fondo tienen con las ideologías totalitarias. Porque los extremos se tocan.

 

 

Es evidente que hay excepciones en la identidad sexual, y que esas formas de vivir la sexualidad son respetables, pero no son "normales" desde el plano estadístico y conforme a la naturaleza de las cosas. Por tanto, hay que educar a los niños en el respeto, en la tolerancia a lo que es diferente, en la inclusión de lo diverso, y en la convivencia con el que no es igual. Pero eso no tiene nada que ver con una educación centrada en lo que es normal, sin poner el acento en lo que no lo es.

  

Cuando la izquierda tiene tanto interés en marcar el acento en lo diferente deja al descubierto intenciones que no parecen precisamente beatíficas o altruistas. Algo hay en ello de diseño de un nuevo modelo para un nuevo orden mundial en el que la familia no es el elemento esencial.

 

Pasemos a otro capítulo que tiene relación con lo que comento sobre la importancia del paidocentrismo, en la esencial vigilancia al superior interés del niño, tal como predican los acuerdos internacionales sobre derechos del niño.

 

Compañeros míos de la Plataforma por la Libertad lingüística organizaron el pasado viernes en Alicante una manifestación para pedir que se respete la voluntad de los padres a la hora de elegir el tipo de educación para sus hijos o hijas; es decir, la lengua en la que quieren guiar los procesos de aprendizaje, respetando la materna, denunciando así el adoctrinamiento nacionalista que se está llevando a la escuela en la Comunidad Valenciana, con la ayuda de los socialistas.  Proliferaron carteles con lemas como “Aquí no hablamos valenciano” “Juntos contra el decreto Marzá” “Por la libre elección de la lengua en la educación” “Derecho a elegir”, etc.

 

Parece absurdo que a estas alturas la gente tenga que salir a la calle a pedir que se cumplan derechos constitucionales como los establecidos en el artículo 27 de la Constitución Española, contra los nuevos talibanes que quieren imponer su visión particular a los padres para obligarles a pasar por el aro de sus pretensiones totalitarias. Pero esa es la realidad, con la pasividad de los poderes que debieran velar por la custodia de los derechos individuales.

 

Los medios de comunicación nacionales han silenciado esta manifestación, pese a haber concurrido a ella varios millares de personas; poniendo sordina a una demanda que responde a exigencias mínimas de calidad democrática y de garantías constitucionales.

 

Es obvio que los padres deben tener la libertad de elección del tipo de educación que quieran para sus hijos.  ¿Con qué derecho y con qué legitimidad puede imponer nadie a los padres su enfoque humanístico, filosófico, antropológico o cultural?  ¿Quién tiene derecho a decir a los padres el criterio educativo  en el que se han de desarrollar sus hijos? Son los padres como depositarios del genuino deber de educar a los hijos los que han de decidir cómo han de educados. Otra cosa es que la ciencia pedagógica, la metodología didáctica o las programaciones de contenido académico sean concebidas por quien tenga la capacidad técnica para ello. Pero quien está en su deber y derecho a educar es la comunidad educativa, en la cual deben estar, con responsabilidad, los propios padres. Nadie desde un despacho tiene ni la legitimidad ni el derecho a establecer la lengua o el enfoque educativo que debe imponerse. Parece evidente, pero no lo es porque cada vez van afianzándose más las visiones totalitarias de la educación, el intervencionismo asfixiante de tipo cultural y social, ahogando las libertades individuales, y, en definitiva llevando de forma consciente a  la deconstrucción de los parámetros constitucionales en los que se establece la convivencia política y social. Y eso es grave, pues nos lleva directamente al fascismo, en el sentido historicista del término.

 

Es penoso que esto suceda tras casi cuarenta años de democracia.

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