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Pablo Mosquera
Domingo, 26 de marzo de 2017

Democracia

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Recuerdo aquel viaje -1986- que con una delegación del Parlamento vasco hice al Chile gobernado por el general Pinochet y sus milicos. No puedo obviar que descubrimos cómo la vida humana en Latinoamérica no tenía el mismo valor que en la vieja Europa. Aquella Asamblea convocada por Andrés Zaldívar, descendiente de vascos, presidente de la Internacional Demócrata Cristiana fue una experiencia inolvidable, traumática aun para los que estábamos viviendo y sufriendo el terrorismo de ETA. Las conversaciones entre parlamentarios del mundo libre y ex parlamentarios chilenos no tenían desperdicio. Y, sobre todo, el concepto de democracia. La fragilidad de la democracia. La miseria que se genera cuando se vulnera la democracia. Cuando abandonamos Chile, respiramos hondo al descubrir que volvíamos a nuestro país dónde imperaba la democracia y el Estado de Derecho. Desgraciadamente, a los pocos días, supimos que el actual Presidente del Senado de Chile había sido detenido y agredido como ajuste de cuentas por los actos que se habían organizado en Santiago de Chile durante la primavera de 1986.


Durante muchos años de lucha por la dignidad y la libertad en Euskadi comprobé que los conceptos de democracia eran contradictorios, de ahí como algunos la usaban perversamente para someternos a sus credos y modelo de país, pues nada tenía que ver lo que aquellos bárbaros entendían era, colisionando con la defensa que hacíamos de tal los partidos que compartíamos la Mesa de Ajuria Enea. Para ellos, la democracia era IMPONER los derechos de Euskal Herría a ser nación con Estado, justificando métodos para presionar o eliminar a todo aquel que no compartía sus dicterios. A partir de tal concepto de democracia, nos declaraban enemigos del pueblo vasco, adjudicándonos el "delito" y la pena de muerte que ejecutaban los comandos terroristas de ETA.    


Ahora, una vez superada la situación vasca, el Estado español vuelve a toparse con la colisión sobre el alcance del concepto democracia, que está sobrevolando en el fondo del contencioso entre Cataluña y el resto de España. Primero se inventan una historia falsa, convierten una guerra de sucesión en guerra de secesión. Argumentan raíces antiguas de Cataluña como nación, cuando no pasó de ser una parte del reino de Aragón. Vuelven con la vieja reivindicación del derecho a decidir como derecho democrático. Ignoran la Ley. Han mantenido que la soberanía del pueblo catalán reside en su Parlamento. Tratan de construir un sofisma como derecho, cuando defienden que las consultas, tipo referéndum, forman parte del núcleo intangible de la democracia -su democracia-. La democracia es el imperio de la ley, incluso aquella que no nos gusta. Para eso están las elecciones, herramienta para dos excelencias, el derecho al voto y en consecuencia el derecho a la alternancia en el poder que llevaría a constituir nuevas Cámaras Legislativas para cambiar y adecuar las leyes.  


Recuerdo un magnífico trabajo de los socialistas franceses sobre las perversiones del sistema democrático. Ponían el acento en como la democracia se iba convirtiendo en una dama cautiva con un campo de acción marcado por los intereses partidarios. Y es que los partidos políticos se habían convertido en sus raptores. Aquellas maravillosas intenciones de hacer que los partidos políticos fueran servidores del pueblo soberano desde la intermediación entre éste y las instituciones públicas, se había transformado en un mercado de marcas partidarias para comprar voluntades populares que ellos transformaban en empresas de poder.


También descubrí como las constituciones eran y deberían seguir siendo Ley básica para el ejercicio real de la democracia. Pero en su contenido, una vez más, caben las interpretaciones, y éstas condicionan la colisión entre los derechos que la Carta Magna ampara. Lo estamos viendo en estos terribles días dónde la violencia terrorista asola al Occidente. El derecho a la libertad y el derecho a la intimidad, a la seguridad.


Me preocupan la docencia y discencia en cuanto a la educación pública desde los poderes hacia el ciudadano. Así, y una vez más, en Cataluña se practica desde hace tiempo el adoctrinamiento. "Cataluña es una nación sometida a España". "España nos roba". "El pueblo catalán tiene derecho a decidir su futuro sin la injerencia del resto de España". "La soberanía de Cataluña y sus ciudadanos, reside en el Parlamento de Cataluña". "Cataluña será una nación respetada y recibida con los brazos abiertos en el Unión Europea". "Los catalanes tienen derecho a promover una consulta en la que sólo deben participar los ciudadanos catalanes, y ello para decidir como el REINO DE ESCOCIA, si se marchan de España". "Todo lo que se oponga o dificulte tales demandas partidarias, forma parte de un entramado que vulnera la democracia en el concepto que se tiene de tal en Cataluña"...


Y al llegar a este punto sólo se me ocurren dos soluciones. Que se les imponga el imperio de la Ley, en nombre de los postulados democráticos de los que nos hemos dotado como Estado de Derecho Español. Que se haga una profunda reflexión y si fuera preciso modificación de los conceptos y espacios de la democracia en el siglo XXI.


Y una última consideración. Los principales activistas del contencioso por la democracia en Cataluña son los miembros de la CUP. Curiosamente, un partido político de amplia base anarquista.   

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