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Pablo Mosquera
Domingo, 2 de abril de 2017 | Leída 171 veces

ETA: rendición incondicional

Demasiados años, demasiadas víctimas, demasiado miedo, demasiados escapados, demasiadas escenas de terror, demasiados negocios a costa del terrorismo, demasiados sacrificios, demasiados días a expensas de no saber si regresaríamos a casa, demasiada miseria fruto de una subcultura dónde el mito de los derechos históricos llegó a justificar la eliminación del disidente.


Mi primer recuerdo es para los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Sus gentes pusieron lo mejor del paisano español. Su trabajo abnegado y constante fue el gran instrumento para llegar al presente con una organización en huída, derrotada, con muchas gentes señalándola como culpables. Pero no puedo olvidarme de aquellos momentos crueles en los que el féretro del guardia o el policía salían, casi a escondidas, camino para sus pueblos de origen con las lágrimas de la viuda y sus hijos y la rabia contenida de los compañeros.


Mi segundo recuerdo es para aquellos militares que fueron asesinados y en ningún momento cejaron en el cumplimiento de su deber, incluso recuerdo cómo la vacante del comandante del Cuerpo Foral de Miñones de Álava hizo que sus compañeros de promoción en la academia militar de Zaragoza, de inmediato, solicitaran su incorporación al destino.


Mi tercer recuerdo es para todos aquellos que dieron fe pública de su dignidad ocupando las listas de los partidos políticos en cada proceso electoral aun a riesgo de formar parte de la diana que los terroristas y sus cómplices dibujaban en puertas y paredes señalándolos como objetivos de los pistoleros.


Mi cuarto recuerdo es para las familias de los amenazados, esas gentes de los pueblos pequeños dónde todos se conocen, dónde les negaban "el pan y la sal", obligándoles a vivir como en aquellos guetos judíos cuando la barbarie nazi. Y es que en esta historia, había muchos de los ingredientes del pasado más negro del siglo XX.


Mi quinto recuerdo es para los que tuvieron que despojarse de su dignidad y se sometieron al síndrome de Estocolmo, renunciando a sus derechos y disfrazando a sus hijos con nombres vascos o mandándolos a estudiar a unos centros de enseñanza en los que cabían las sospechas de apología en favor de una revolución terrorista violenta contra los españoles.


Mi sexto recuerdo es para los que vivieron, como yo, catorce años con escoltas, en libertad bajo vigilancia, mermadas todas las posibilidades de una vida normal, por el simple hecho de ser español, constitucionalista y disidente con la denominada construcción nacional del Estado vasco.


Mi séptimo recuerdo es para los que pagaban el impuesto revolucionario con el que los terroristas compraban armas y explosivos.


Mi octavo recuerdo es para los países que durante muchos años dieron cobijo a las bandas de asesinos, los entrenaron, incluso llegaron a discutir tras el atentado de las Torres Gemelas si eran simples asesinos o el movimiento de liberación nacional vasco, dignos de respeto...
 

Mi noveno recuerdo es para las mujeres y hombres de Unidad Alavesa, que desde Álava tuvieron la decencia de exigir la salida del Territorio Foral de aquella Euskadi gobernada y manejada por los dicterios de un nacionalismo que ponía la ideología para que los más radicales pusieran las bombas.


Mi décimo recuerdo es para todas las víctimas. Las que puedo nombrar por conocimiento directo. Las que no puedo nombrar pero las siento en mi alma. A estas víctimas no se les puede devolver la vida, pero no debemos quitarles ni la dignidad ni el respeto con enjuagues al servicio de la política.
 

Y llega el momento de la rendición de ETA. Siento que los presos y los que todavía están en la clandestinidad, piensan que tienen futuro. Y volverán a sus pueblos. Puede que hasta en alguno de esos lugares les reciban como patriotas, soldados y héroes. Les contarán a sus descendientes que luchaban por la libertad de Euskal Herria. En alguna taberna volverán a gritar ¡Gora ETA y Gora Euskadi askatuta!.
 

Y llega el momento de preguntarse para qué ha servido tanto dolor. O quienes ponían las armas, las doctrinas, los objetivos políticos y sociales, las enseñanzas para hacer una juventud "alegre y combativa" que comenzaban con la botella de gasolina y terminaron pegando tiros a escasos centímetros de la cabeza de un paisano indefenso.


Cuando asesinaron a mi amigo Gregorio Ordoñez y su viuda me llamó, a continuación llamé a mi padre que vivía en Galicia. Tras contarle lo sucedido me dijo: "Hijo, espero que cumplas con tu deber". Así lo hice.

 

Hoy estoy satisfecho al menos por dos cuestiones.
 

La paz se ha instalado en el país de los vascos.
 

ETA ha perdido.
 

Lo único que lamento es que ni están todos los que son, ni escucho reconocer a dirigentes religiosos, universitarios, políticos, que fueron correa de transmisión causales de un proceso violento del que será muy difícil curar las heridas y limpiar las manchas de sangre.  

 

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1 Comentario
sdsdsdsdsd
Fecha: Lunes, 3 de abril de 2017 a las 09:38
si un asesino asesino a tu padre hace 5 años a navajazos , ¿puede quedar impune entregando la navaja?

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