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Sábado, 15 de abril de 2017

Doce años con escoltas

Llegué a ser líder en dos listas. Político activo en Euskadi con más años bajo escoltas para evitar atentados. Daba igual la situación o ubicación del comando de ETA; mi nombre, la información sobre mi persona, vida, actividades, posibilidades para asesinarme, eran una constante, supongo que por órdenes de la cúpula de ETA. Siempre tuve la sospecha de ser "muy especial" para María Soledad Iparraguirre "Amboto". La que llegó a ser responsable máximo del aparato militar de la banda terrorista ETA, había pertenecido al 'comanda Araba'. Estaba especialmente interesada en Vitoria, ya que su novio "Pana" había sido abatido por la policía en el parque de La Florida, muy cerca de mi domicilio. A partir de ese momento se convierte en la mujer más sanguinaria que milita en ETA, con una obsesión muy especial por Vitoria, sede de las instituciones públicas vascas. Por si fuera poco, termina siendo la amante de otro asesino, "Kantauri", que ordenaba las "ekintzas" (atentados) contra los políticos.


La primera vez que tengo noticias de un comando de ETA en Vitoria con órdenes de "neutralizarme" fue con motivo de las elecciones municipales y forales de mayo de 1991, en las que Unidad Alavesa, con la lista que encabezó, gana en Vitoria al Parlamento Foral -Juntas Generales por Vitoria-. Realizo la campaña con escolta de la Policía Nacional.


El avance de Unidad Alavesa, nuestra ideología foralista, reformista y progresista, con la intencionalidad de convertir Álava en una Comunidad Foral, como Navarra, dentro del Estado español, despierta el odio de los sectores nacionalistas, especialmente los más radicales, quienes trasladan a la cúpula de ETA la necesidad de un atentado contra mi persona en el portal de mi domicilio. Tales hechos los conozco por una grabación que me trasladan los servicios de información de la policía. Un profesor del conservatorio profesional de música de Vitoria y un profesor de la facultad de periodismo de Lejona-Bilbao, conversan y aseguran que ETA se encargará de darme "un hostiazo"...


Desde ese mismo momento sé lo que significa tener escoltas y medidas de seguridad. Los miembros de la unidad de información de la comisaría de policía en Vitoria son unos grandes profesionales, con los que llego a tener una enorme amistad. Les toca vivir conmigo dos situaciones de especial dramatismo.


El asesinato de Gregorio Ordóñez, no sólo por lo que significa, también por la información que se nos proporciona desde los servicios de inteligencia sobre el hecho. El primer objetivo elegido era yo, que volví a ganar las elecciones al Parlamento Vasco en Vitoria -convocatoria 1994- pero me marché de vacaciones a Londres, y así me libré del atentado que iba a tener lugar en el Hospital Santiago Apóstol, dónde iba cada día a ejercer mis funciones de jefe de la unidad de Salud Laboral y Medicina Preventiva.  


La presencia, en las proximidades de mi domicilio, de un comando de ETA que primero se pensó tenía como objetivo a Ramón Jáuregui, secretario general del PSE con su oficina en el mismo portal dónde estaba mi residencia, pero se comprobó que el objetivo era yo.
Como anécdota, les diré una sobre los partidos de futbol sala que teníamos en las instalaciones de la Policía Nacional en Betoño, entre afiliados de Unidad Alavesa y los miembros de la plantilla policial; una mañana, a la salida del Hospital Santiago en Vitoria, una moto se colocó detrás del coche dónde viajábamos mis escoltas y yo, en el momento en que se abrió el semáforo, sentimos un golpe en el capó. Sin hablar, los tres que estábamos en el vehículo, salimos del mismo, estábamos convencidos que nos habían puesto una bomba lapa...


Con motivo del despliegue de la policía autónoma vasca en Vitoria, las labores de escolta se les adjudicó al grupo de élite de tal policía. Eran los 'berrozis' una gente extraordinariamente preparada, en algunos momentos fueron los miembros del Mosad israelí los encargados de su entrenamiento. Disponían de todo el material preciso: coches, inhibidores, comunicaciones, armas y recursos económicos. Tenían por objeto, en sus comienzos, la protección de los principales dirigentes de los partidos políticos vascos. Cada día disponía de un parque móvil que se cambiaba con frecuencia y así se evitaba la localización de los vehículos. Los recorridos y horarios eran constantemente alterados para evitar emboscadas. Las entradas y salidas del domicilio se hacían con una vanguardia que barría el entorno, evitando coches bomba. La llegada a los actos oficiales o a las instituciones públicas se hacían con una información sobre si el camino estaba despejado. La central de información comprobaba cualquier vehículo o persona que fueran mínimamente sospechosos.


Fueron muchos años trabajando con aquellos deportistas vascos, elegantes, afables, sumamente educados que mostraban una preparación  de cuerpo de seguridad con muy alta cualificación. Trabajaban dos semanas completas con el 'vip', luego entrenaban, hacían sus pruebas para mostrar su capacidad y descansaban. Tenían prioridad absoluta para cualquier desplazamiento, comunicación o apoyo logístico.
Sin duda, llegué a estar muy identificado con su trabajo, siempre sostuve que en caso de incidente, no eran dos, seríamos tres. Entre otras razones por haber decidido, y así lo puse en práctica, entrenarme en las dependencias policiales, consiguiendo actuar y pensar como uno más de aquellos hombres dedicados a la seguridad, yo en mi caso,  había optado por la autoprotección.


La Guardia Civil me protegía de una forma muy especial. Eran la vanguardia en los alrededores de mi domicilio. Me suministraban toda la información precisa sobre comandos y planes de ETA con respecto a mi persona. Sin duda, me salvaron la vida en varias ocasiones. Los propios escoltas de la Ertzaintza agradecían las excelentes relaciones con el Benemérito Estatuto. A la postre, también ellos se jugaban la vida a mi lado.


Fueron muchos los momentos duros que nos tocó vivir. Nuestra presencia en Ermua cuando los sucesos del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Las manifestaciones cada vez que ETA asesinaba. La persecución que me hacían los comandos y colaboradores de ETA. Todo el estres que sufríamos lo tratábamos con dos elementos muy útiles. El gimnasio, dónde entrenábamos duramente, y las escapadas a San Ciprián, mi pueblo, donde nos relajábamos y "cargábamos las pilas".
Merece la pena recordar algunos graves momentos. La visita a Sevilla con motivo del asesinato de un médico militar, en medio de una auténtica explosión de rabia contra los vascos. Tuve que proteger a Juan Mari Atucha, de lo que da fe una foto del ABC. La colocación de explosivos en los recorridos a las iglesias con motivo de funerales. Una vez en Zarauz y viendo que nadie se atrevía, fui yo el primero que me decidí a recorrer el camino entre coches hasta la iglesia.


Pero la peor de todas fue cuando me colocaron una bomba en el subsuelo del pasillo que obligatoriamente debía recorrer para salir desde mi domicilio a la calle. Fue la Guardia Civil quien me avisó. Me ofrecí para actuar como señuelo, evidentemente con mis propios elementos de autoprotección y comunicándoselo a mi gente. Lo hicimos, capturaron al comando, y nosotros nos pasamos una semana en San Ciprián hasta que los servicios de información nos autorizaron a regresar.

       
El día que asesinaron a Fernando Buesa y a mi escolta Jorge Díaz Elorza, salí de casa sin escolta, con mis propios medios de autodefensa, para llegar al lugar de la explosión del coche bomba e informar a mis amigos de la Guardia Civil. Tuve la sensación que durante el recorrido me había cruzado con los asesinos...


Mis escoltas y yo llegamos a formar un equipo perfectamente ensamblado, y sólo así pudimos evitar rifles con mira telescópica, bombas de toda índole, asaltos en calles... Sirva de ejemplo un informe que la Guardia Civil le arrebató a la miembros del 'comando Araba'. Una tal Alicia que llegó a trabajar en dos centros deportivos para recabar información relativa a la posibilidades de atentar contra mi persona: 'Está muy preparado, lleva gente muy lista, resulta muy arriesgado y con pocas posibilidades acercarse a ellos, lo único que podemos hacer es colocarles una bomba en un macetero a la salida del gimnasio".
 

Tras doce años viviendo en libertad bajo vigilancia, renunciando a casi todo, mentalizado para defender mi vida hasta las últimas consecuencias, con fama de loco que había convertido el problema en algo personal, un día dije ¡basta ya!. Me vine a Galicia, a mi pueblo a recuperar la libertad y ser un paisano normal...

 

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1 Comentario
Ramiro
Fecha: Sábado, 15 de abril de 2017 a las 21:41
¡Que duros han tenido que ser esos doce años, don Pablo!
Solo por ello merece nuestro reconocimiento, y el de todas las personas bien nacidas.
Debería ser condecorado, al igual que todas las víctimas del terrorismo, pues también han sido victimas quienes han tenido que vivir siempre bajo la bota de un posible asesinato, en ocasiones con su esposa e hijos...
¡Y que luego vengan estos hijos de puta diciendo que aquí no ha pasado nada...!

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