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Enrique Arias Vega
Domingo, 16 de abril de 2017 | Leída 20 veces

Vivir distanciados

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Reconozco que últimamente me desazona vivir en España.

 

No sólo por la degradación de las condiciones de vida de muchas personas, que también. Pero, sobre todo, por la sensación de pesimismo generalizado, de queja constante, de tensiones ideológicas y políticas entre unos y otros…


“¡Y eso que sois unos juerguistas que vivís ‘de puta madre’!”, me dice un amigo extranjero, afincado entre nosotros desde hace años.
 

Lo cierto es que, desde que llevo unas semanas recorriendo países foráneos, me siento más relajado. No es porque ellos no tengan problemas —¡vaya por Dios que sí!—, sino porque se los toman con más calma.


Ahora llevo unos días en el Reino Unido, sí, el país del 'brexit', de la masiva inmigración multicultural, del último atentado islamista en el puente de Westminster, de la difícil negociación con la UE, de los precios inmobiliarios por las nubes…  


Pues ya ven a sus habitantes: aparentemente tranquilos. Y los medios de comunicación, tan dados al escándalo en otras épocas, ahora con el diapasón más bajo, ocupados en cuestiones domésticas de menor alcance, olvidados de Irlanda del Norte, las luchas partidistas, la corrupción y otras causas de estrés.


En ese ambiente de relativa placidez, pese al terrorismo yihadista y a otras maldades varias, uno acude de vez en cuando a los medios de información españoles y se pone nervioso al ver la ácida agresividad que destilan. Y, si no, tenemos las redes sociales, los amigos de Facebook, los chats de WhatsApp y demás parafernalia digital nacional que dedican su energía a criticar al prójimo, a poner verdes a quienes no piensan como ellos y a recordarnos que vivimos en un mundo horrible, lleno de hijos de mala madre.


¿Seguro?
 

Como tengo la convicción de que eso no debe ser así, procuro distanciarme de las querellas domésticas que nos inventamos los españoles a cada rato y que sólo reproducen odios tribales y antagonismos de tres al cuarto. Hay que vivir más distanciados de las cosas y de las personas, me digo, si no queremos que acaben por contagiarnos sus rencores y sus prejuicios.

 

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