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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 8 de mayo de 2017
Libros recomendados

La tarima vacía, de Javier Orrico

Javier Orrico, al que me honra conocer bien, ha escrito hasta este último libro ensayos reveladores y acertados, entre los que destacan “Zetapaña. Naciones para todos”, y el antecedente de “La tarima vacía” que fue “La enseñanza destruida”, del cual es continuidad y reafirmación el libro que tengo el placer de comentar. Tiene también un libro de poesía, “La memoria inventada”, de 1983.

 

“La tarima vacía” es una crítica global del estado ruinoso de la situación educativa que arrastramos desde hace décadas, especialmente desde la LOGSE y sus sucesivas adaptaciones. Desde la LOGSE no se han corregido los elementos estructurales que han llevado a los estudiantes españoles a estar en la cola de los países de la OCDE en destrezas de aprendizaje y, en lo que aún es más desastroso, a un grado de desconocimiento en las materias del currículo que bordea lo que antaño se llamaba analfabetismo funcional.  Pongan un periódico en manos de un bachiller actual y prueben a ver si ha entendido algo más allá de las páginas del deporte.


No es una afirmación gratuita. Vean ustedes los informes PISA de la OCDE.

 

Javier Orrico expresa en su libro cosas como las siguientes:

 

“A modo de resumen, la nueva pedagogía se fundamenta en que lo único valioso es el conocimiento adquirido por la experiencia propia y aplicado a lo más próximo. El alumno ‘construye’ (de ahí que el constructivismo sea su fundamento psicopedagógico)  su propio conocimiento, su ritmo ha de ser el que él mismo decida, sin obligaciones, y no se puede estandarizar, puesto que el conocimiento universal ya no existe, sino solo el de cada uno. Por tanto, el objetivo no es el conocimiento, la cultura, que ya no tienen valor general, sino las competencias, saber hacer cosas. Resulta sencillo inferir que si el conocimiento no existe, la finalidad  de la educación no puede ser otra que la adquisición de métodos, una práctica sin objetivo. De ahí el chocante lema de “aprender a aprender”, el eje ideológico de la nueva pedagogía competencial que culmina la conversión triunfante de los medios en fines.”  Por ello, afirma que “nunca fue tan necesario como en esta época de informaciones fragmentarias y desvertebradas contar con unos amarres sólidos, engranados, acerca de  los mecanismos con que los hombres hemos alcanzado lo que llamamos civilización”.

 

El cuestionamiento general de las bases que rigen el sistema educativo actual es un exordio a la recuperación de una cultura humanística sólida que permita al individuo tener los recursos personales suficientes y necesarios para interpretar el mundo y “aprender a aprender” desde unos cimientos sólidos de conocimiento. El conocimiento es necesario para saber situarse en todo el entramado que forma la red cognitiva, que abre la mente a adquisiciones más complejas en un proceso de aprendizaje permanente para lograr lo que solemos llamar “una cabeza bien amueblada”.  El no tener ese basamento principalmente perjudica a las clases sociales más desfavorecidas que se ven claramente discriminadas respecto a aquellos discentes que tienen a su disposición  el acceso al conocimiento por tener más recursos dinerarios o mejores plataformas para lograrlo en función de  su ventaja por pertenecer a una familia con mejor situación económica.

 

“El desarrollo psicointelectivo del niño se realiza en el proceso de interacción con el ambiente natural y social. Guiar el desarrollo a través de la educación significa organizar esta interacción, dirigir la actividad del niño al conocimiento de la realidad y al dominio  -por medio de la palabra- del saber y la cultura de la humanidad, desarrollar concepciones sociales, convicciones y normas de comportamiento moral. El problema más importante a este respecto es el de la relación recíproca entra aprendizaje, educación y desarrollo psicointelectivo.” Esto lo decía uno de los teóricos del aprendizaje más referencial en los momentos presentes que los politólogos de la educación tan poco tienen en cuenta en la España de la LOGSE y sucedáneos de esta ley.  Es decir que estructura cognitiva, cultura y aprendizaje están estrechamente unidos, y cuanto más pobre sea el conocimiento y menos integrado esté el mismo en las estructuras mentales más pobres serán los aprendizajes, y, por tanto, lo que sofísticamente llaman “competencias”.  Esto lo decía Vigotsky, teórico del aprendizaje que es muy considerado en los tiempos actuales, y que confirma la teoría de Javier Orrico.


Javier Orrico habla del desastre del clima en las aulas, de la falta de disciplina, elemento esencial en el aprendizaje, en el autocontrol y en el mantenimiento de la atención, clave en la focalización del aprendizaje.   “En fin, al no existir el premio ni el castigo, al haber desprovisto a los profesores de la capacidad para exigir responsabilidades a un alumno, para suspenderlo o expulsarlo ante la labor de obstrucción del trabajo de los demás, los jóvenes se habían quedado sin referencias, sin noción de los límites en la convicción de que eran la fuerza y la violencia los únicos principios para sobrevivir”. 

 

Y definitivamente, se centra en el desconcierto reinante que impide unas mínimas condiciones para que se desarrolle la acción instructiva.  “En España no ha habido cambios estructurales, pedagógicos y de modelo desde 1990, sino solo la sensación de barahúnda que produce una administración educativa de taifas en acción.”  “Para los detractores de las revalidas recordaré la sangrante injusticia que supone el que los títulos de la ESO se obtengan con niveles diferentes según la comunidad autónoma de que se trate”. Y, por tanto no solamente no se instruye, tampoco se educa… “Esa anulación de la responsabilidad es la que como consecuencia ha llevado a  la descomposición de la convivencia […]”    Y centra su crítica en la destrucción del papel del profesor, de su autoridad y de su función… “En la medida en que un profesor mantuviera su libertad de cátedra y pensamiento y, sobre todo, la conciencia erguida de amar el saber, profesar una disciplina, ser un hombre-libro, representante, por ello, de la continuidad cultural, se convertía en el obstáculo  esencial tanto para el proyecto del hombre-nuevo, adoctrinado, dócil y dogmático, que ha constituido siempre el objetivo de las utopías totalitarias, como para la conversión de los hombres en meros consumidores obedientes”.  “Los resultados son conocidos, aunque no sean achacables en exclusiva a la enseñanza de la lengua y la Literatura, sino al conjunto del sistema: tenemos un 20 % de alumnos que no entienden lo que leen según los estudios internacionales, estamos situados en el puesto 33 de los países de la OCDE, y, lo peor, hemos sumido a nuestra juventud en la mediocridad, de modo que apenas un 3 % alcanza la excelencia. Y esa mediocridad, tienen la desfachatez de llamarla equidad”.

 

Para finalizar, creo que “La tarima vacía” es un perfecto diagnóstico del fracaso educativo que proviene del paradigma socialista en la materia, que no ha sido reformado, llevándonos a una penuria impensable desde los años 70,  que Villar Palasí inauguró con su ley.  Es un libro indispensable para analizar los errores que lastran el proceso de la formación de nuestras últimas generaciones para desgracia de nuestra España, un país cuya fuerza de creación de riqueza está en la fuerza humana al no tener materias primas.

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