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Miércoles, 5 de julio de 2017
Manipulación de la historia

El humillante y manipulador homenaje de Rentería

El pretendido homenaje del Ayuntamiento de Rentería, en manos de Bildu, a tres víctimas de la banda terrorista ETA, tenía un macabro truco: la placa de recuerdo de los asesinados por ETA se colocó justo al lado de otra placa que recordaba a las "víctimas de los franquistas".

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Hace unos días, la mayor parte de los medios de comunicación españoles, en sintonía con la totalidad de los principales partidos políticos parlamentarios, daba grititos de alegría porque el Ayuntamiento de Rentería (Guipúzcoa), gobernado por la formación proetarra EH Bildu, había rendido un homenaje a tres víctimas de ETA. Según se informaba por tierra, mar y aire, se trataba de la primera ocasión en la que un consistorio en manos de la autodenominada izquierda abertzale rendía tributo a varias personas asesinadas por la banda terrorista ETA. Los homenajeados fueron el policía municipal y militante socialista Vicente Gajate Martín, asesinado en 1984; y los concejales del PP José Luis Caso, asesinado en 1997, y su sustituto en el cargo, Manuel Zamarreño, asesinado en 1998.

 

Pero como demuestran las imágenes que hoy publica en exclusiva La Tribuna del País Vasco, el “homenaje” de los proetarras a las víctimas de ETA tenía un truco que fue silenciado por todos los medios de comunicación y los políticos presentes en el acto: y es que la placa de recuerdo a Gajate, Caso y Zamarreño que el alcalde de Rentería, Julen Mendoza, colocó junto a la Sala Capitular del Ayuntamiento de Rentería se situó exactamente al lado de otro cuadro en el que la corporación municipal homenajea a “los funcionarios municipales destituidos por los franquistas, y en particular al concejal y los cuatro trabajadores desaparecidos y fusilados Serapio Mendarte Ugarte, Félix Elgarrista Arbelaiz, José Elorza Narvaiza, Celestino Gaztelumendi Berasategui y Miguel Irastroza Echeverria”.

 

De esta manera vergonzosa, sibilina y humillante, la corporación municipal de Rentería se alinea con quienes tratan de rescribir la historia de lo sucedido en el País Vasco diluyendo las responsabilidades éticas de los verdugos y de sus cómplices políticos y abogando por convertir a todos los hombres y mujeres de esta tierra en víctimas de diferentes afrentas que se anulan unas con otras. Todo, con un único fin éticamente demoledor: implantar artificiosamente la idea de que “es necesario pasar página” y “ceder desde todas las partes” para alcanzar una “reconciliación” en la que no haya “ni vencedores ni vencidos”.

 

La búsqueda de impunidad para la banda terrorista ETA y para la autodenominada “izquierda abertzale” que está tratando de hacer efectiva la coalición Bildu, los nacionalistas, los socialistas y la extrema izquierda de Podemos se construye sobre una estrategia fundamental que queda perfectamente reflejada en las placas colocadas en el Ayuntamiento de Rentería: mezclar a las víctimas del terrorismo, de los “excesos policiales”, de los malos tratos, de torturas, de agresiones injustas e, incluso, de la dictadura franquista y de la batalla de Machichaco, con la pretensión, tan sibilina como vergonzosa, de fomentar la mentira suprema de que la actividad asesina de ETA solamente es una cara más de un conjunto variado de violencias ejercidas desde el Estado democrático español o desde personas, entidades u organizaciones ligadas a éste.

 

Y es que, a pesar de lo que ahora traten de hacernos creer la clase política en su conjunto y la mayor parte de los medios de comunicación, la existencia evidente de víctimas de diferentes organizaciones terroristas y de víctimas diferentes a las víctimas del terrorismo no debe hacer olvidar que en el País Vasco jamás ha habido “dos bandos enfrentados” o que el único conflicto real que ha existido en esta comunidad es el generado por la banda terrorista ETA, que ha asesinado a casi un millar de personas, que es la responsable de algunos de los crímenes más horrendos que se han producido en Europa a lo largo de las últimas décadas y que todavía ahora desea conseguir un premio político por dejar de matar.
 

Como hace unos meses se señalaba desde el Foro contra la Impunidad en el País Vasco, “frente a quienes apelan a no volver la vista hacia atrás y a camuflar lo sucedido para no despertar las iras de quienes todavía amenazan con volver a asesinar, el recuerdo fiel, constante y permanente de lo padecido ha de erigirse como el núcleo central de cualquier proyecto conjunto de sociedad que pretenda superar varias décadas de terror. A pesar de las interpretaciones perversas que se hacen al respecto, la memoria histórica de lo reciente no es algo que impida cerrar las viejas heridas. Más bien al contrario, la memoria es la única herramienta de que dispone una sociedad para interiorizar sus desmanes, para vertebrar nuevos caminos de futuro que se alejen de la atrocidad y, sobre todo, para cerrar con un mínimo de solidez heridas colectivas que jamás debieron haberse provocado. Un hipotético perdón del daño causado, que hay que recordar que es algo que no puede exigirse desde un punto de vista político o jurídico, solamente pueden tener sentido sobre el recordar fiel de lo que ha acaecido y sobre una perspectiva a largo plazo que presente visos ciertos de que el horror no va a volver a reproducirse. Nada podrá reconstruirse desde un punto de vista ético si, interesadamente y para acercar a los terroristas los beneficios de la impunidad, se intenta correr un tupido velo sobre la infamia y la iniquidad y se intenta difuminar el perfil testimonial, acusador y claramente definido de las víctimas del terrorismo, al mismo tiempo que se refuerza el protagonismo reivindicativo de los antiguos etarras que ahora dicen no querer matar”.

 

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