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Un artículo de Luis I. Gómez Fernández
Martes, 18 de julio de 2017
Ensayo

¡Acabemos con los niños!, ¡Salvemos el clima!

Noticia clasificada en: Cambio climático

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Como todos “sabemos”, el hombre, con su estilo de vida industrializado  y de manera muy especial a través de la emisión de dióxido de carbono, está destruyendo el clima del planeta Tierra. Menos mal que entre nosotros crece el número de aquellos que, realmente preocupados por la madre Gaia, se preguntan cómo pueden contribuir con su conducta personal a la prevención y erradicación de una potencial catástrofe climática.


De hecho, recibimos asesoramiento y orientación más que suficiente a poco que salgamos de casa: los medios de comunicación, las escuelas, los gobiernos y las ONG’s aclaran constantemente a la gente preocupada sobre lo que pueden/deben y no pueden/deben hacer. Pero, ¿estamos realmente bien aconsejados? ¿Cómo de grande y efectiva es la reducción de CO2 siguiendo tales recomendaciones?


¡Por fin tenemos respuestas! El otro día podíamos leer (nos lo contaban con grandes titulares en la prensa) un estudio publicado en la revista “Environmental Research Letters” titulado “The climate mitigation gap: education and government recommendations miss the most effective individual actions” en el que sus redactores exponen duras críticas a lo que se nos viene contando hasta la fecha. Como el título indica, hasta hoy NO nos han estado asesorando y aconsejando correctamente en las medidas más eficaces que puedan reducir nuestra huella de carbono.
Los autores, Wynes y Nicholas muestran como la renuncia completa al consumo de carne es mucho más efectiva que la renuncia parcial a la hora de evitar la emisión de CO2 (gran descubrimiento éste, por cierto).

 

Sin embargo, en los libros de texto lo que encontramos casi exclusivamente son recomendaciones para un consumo moderado de carne. ¡Inaceptable!  Y, nos dicen  Wynes y Nicholas, esto ocurre con prácticamente todo lo recomendado por los gobiernos, que no deja de ser un parcheo ineficiente y tibio, soluciones de media tinta, vamos.
Algunas propuestas, tales como la sustitución de las bolsas de plástico por bolsas de papel para evitar la emisión de 5 kg de CO2 al año, lo único que consiguen -nos dicen los autores del paper-  es trivializar el importantísimo asunto de la protección del clima. Ellos proponen explicar a los jóvenes que la dieta vegetariana/vegana supone cien veces más ahorro de CO2 que el uso de las politizadas bolsas de papel. Porque, son precisamente los jóvenes quienes más fácilmente pueden ser conducidos (asesorados, aconsejados) hacia la adopción de los drásticos cambios necesarios en su estilo de vida para salvar a Gaia.


¡Y nos hacen una lista! Se lo resumo:

 

 

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Quien se apunta a cambiar sus hábitos vitales en función de estas recomendaciones deja de emitir entre 4.500 y 15.000 kilos de CO2 anuales. No está mal, ¿verdad? Pues se equivocan. (Alguno habrá notado que falta algo en la lista).


Lo mejor, lo más recomendable, lo más eficiente, la única medida de “salvación del clima” que realmente funciona, es no traer hijos al mundo. Por cada hijo menos, reducimos las emisiones de CO2 entre 23.700 y 117.700 kg al año. ¡Eso sí que son cifras! Esto significa que cada niño que traemos al mundo genera SEIS veces más daño al planeta (a su clima) que todas las asquerosidades carbonófilas que hacemos cotidianamente juntas.
 

Llegados a este punto del paper, me pregunto por qué mi hijo daña seis veces más al clima planetario de lo que lo hago yo. Después de todo, yo también soy hijo … de mis padres, curiosamente. Además, sólo participo al 50% en la huella carbónica de mi hijo (que, también curiosamente, tiene madre) de lo que deduzco que algo falla en las cuentas…. o las emisiones de mi hijo (calculadas como “mi” huella de carbono tal y como hacen los autores) las cuentan dos veces: una por ser hijo mío, otra por ser hijo de su madre. Además, se pasa por alto que los niños suelen tener hijos a su vez, y por lo tanto se deberían incluir en mi “debe” las emisiones de CO2 de mis nietos en, al menos un cuarto y las de los bisnietos en un octavo – y así sucesivamente.


Es igual, ¡que las matemáticas no nos destrocen una buena idea! Quedamos en que cada hijo daña al clima seis veces más que todos mis pecados juntos. Este es un resultado bastante sorprendente. Originalmente, el movimiento ambientalista quería salvar el planeta para nuestros hijos, de los cuales sólo lo habíamos tomado prestado. Ahora la cosa ya está más clara: tenemos que salvar el planeta no para, ¡sino de nuestros hijos!


Un examen detallado de los resultados de este estudio, sin embargo, puede ser también profundamente liberador: si usted ya ha ensuciado el medio ambiente con uno o más hijos, puede relajarse y disfrutar del hedonismo y su carbonofilia, en el fondo nada de lo que haga a partir de ahora será realmente relevante. Excepto si corrige su error y anima a alguno de sus hijos al suicidio.


Además, los hijos pueden estar tranquilos también: su huella ecológica queda asignada a la cuenta de sus padres, lo que les libera de los propios errores. Sin el estorbo de malas conciencias ecológicas pueden disfrutar de su vida libres y felices mientras los padres somos subidos a la picota de criminales climáticos. Así que ya sabe: si no quiere ser un criminal, no tenga hijos.


Total, ¿qué más da si la humanidad desaparece en una catástrofe climática o en una demográfica por falta de descendencia? Lo importante es que desaparezca, ¿no?

 

Artículo publicado inicialmente en "Desde el Exilio"


 

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