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Miércoles, 2 de agosto de 2017
Cataluña y Mallorca

El turismo de borrachera se instala en el Mediterráneo

Los bajos precios, los pisos turísticos no reglados, el alcohol y la corrupción son las principales causas de la
proliferación de este modelo.

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El turismo de borrachera se caracteriza por atraer jóvenes extranjeros con ganas de fiesta a precios muy bajos. Algunas plataformas de economía colaborativa también favorecen este modelo. Según un estudio de Exceltur, la plataforma Airbnb ofrecía más de 2.000.000 de camas en el año 2015, una cifra que casi duplicaba la oferta hotelera de todo el Estado. Los datos son especialmente preocupantes en Mallorca, donde solo un 16% del alojamiento está totalmente reglado. El periodista Joan Lluís Ferrer analiza este fenómeno en el libro Viaje al turismo basura. El auge de las vacaciones de borrachera en España (Editorial UOC). El autor identifica cinco localidades de España que sufren, de menor a mayor intensidad, a estos turistas: Lloret de Mar y Salou (Cataluña), algunos barrios de Barcelona, Sant Antoni de Portmany (Ibiza) y Magaluf (Mallorca).
 
 
Lloret de Mar y Salou, la fiesta controlada

 

La localidad gerundense de Lloret de Mar es el quinto destino de sol y playa más importante en toda España. En solo 48 km² se concentran más de 30 discotecas, 27 bares musicales y 30.000 plazas hoteleras. Los paquetes que incluyen vuelo y alojamiento se ofrecen a precios muy económicos, que rondan los 300 euros. Esta oferta atrae principalmente a jóvenes universitarios con muchas ganas de diversión y poco dinero en los bolsillos.
 

 

Las batallas campales, la basura acumulada, los actos incívicos y otras incomodidades derivadas de la fiesta descontrolada obligaron a la población a tomar medidas en 2011: se revisaron licencias, se congeló la apertura de nuevos locales de ocio y se obligó a los hoteles a contratar vigilantes. Las modificaciones legales y el sobrecoste que implicaban obligaron a cerrar a algunos negocios pequeños, pero la mejora de las relaciones con la población ha sido significativa y el turismo familiar vuelve a tomar impulso.
 

 

En Salou en el año 2016 se puso fin al polémico Saloufest, un festival que atraía 10.000 jóvenes británicos que, con la excusa de practicar deporte, aprovechaban la visita para emborracharse. Pese a suponer unos 5.000.000 de euros de beneficio para la localidad, tanto los vecinos como el Ayuntamiento de Salou resolvieron que no valía la pena. I Love Tour, la empresa organizadora del evento, intentó encontrar otra localidad donde trasladarlo, pero de momento estas negociaciones no han fructificado.
 
 
Barcelona, la turismofobia comienza a brotar

 

 

El último barómetro semestral de Barcelona sitúa la gestión del turismo como la principal preocupación de los ciudadanos. Iniciativas impulsadas estos últimos años desde el Ayuntamiento, como el web contra los pisos turísticos ilegales, la tasa turística implantada en 2016 o la no cesión de más permisos para la construcción de nuevos establecimientos hoteleros parece que no consiguen frenar los más de 30.000.000 de visitantes anuales que llegan por tierra, mar y aire. Según datos del pasado mes de mayo, el aeropuerto del Prat registra una media de 5.000.000 de pasajeros y, entre 2005 y 2014, el tráfico de cruceros aumentó un 93% en el puerto de Barcelona.
 

 

Pintadas con el lema «Tourists go home» en barrios como la Barceloneta, la Sagrada Familia, el Carmel, Ciutat Vella o el Clot, el acto vandálico a un autobús turístico el pasado jueves y los actuales sabotajes a bicicletas alquiler ponen de relieve que la problemática afecta ya a toda la ciudad. Hasta la prensa internacional se hace eco de ello: el medio británico The Independent identificaba Barcelona entre «Los ocho lugares donde más se odia a los turistas». El 13% de los residentes valoran negativamente que la Ciudad Condal sea un destino de referencia internacional. En el libro Viaje al turismo basura se destaca que en 2015 el alojamiento en pisos turísticos era de 137.000 plazas, repartidas en 37.000 viviendas explotadas exclusivamente por plataformas del tipo Airbnb. «Hay edificios enteros que son auténticos hoteles basura, llenos de jóvenes que lo destrozan y lo ensucian todo para echar a los residentes», destaca el autor del libro, Joan Lluís Ferrer.
 
 
Sant Antoni de Portmany (Ibiza) y Magaluf (Mallorca), corrupción en el paraíso del turismo basura
 

 

En cambio, en ciertas partes de las islas Baleares parece que no hay muchas ganas de echar marcha atrás. Escenas paralelas a las de localidades como Lloret o Salou todavía dominan en grandes extensiones de terreno, con la presunta complicidad de los cuerpos de seguridad y los miembros del consistorio.
 

 

Actualmente está en marcha el llamado «caso Cursach», que investiga la permisividad de algunos locales nocturnos que, a pesar de no cumplir los horarios establecidos, sobrepasar el umbral de ruido o atentar contra la salud pública continuaban funcionando con toda normalidad. Según investigaciones policiales, se ofrecían fiestas privadas y compensaciones económicas a policías y miembros del Ayuntamiento para garantizar su complicidad y avisar de controles, hacer la vista gorda ante ciertas actitudes o extorsionar a la competencia.
 

 

Según datos del Instituto Europeo de Estudios en Prevención que se recogen en el libro, diez jóvenes murieron por causas derivadas del consumo excesivo de alcohol y otras sustancias ilegales entre el 2010 y el 2013. Además, y según publica la obra Deviance and Risk on Holiday. An Ethnography of British Tourists in Ibiza, tras encuestar a más de mil jóvenes británicos, un 52% se había emborrachado en la isla cinco días de la semana o más, y hasta un 54% reconocía que había consumido drogas durante sus vacaciones.

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