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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 2 de octubre de 2017

Diagnóstico de la situación

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En el día en que escribo este comentario fui con un amigo a la concentración a favor de la unidad de España en estos momentos críticos. Nino Muñoz es mi amigo octogenario, al cual admiro por sus valores cívicos y su compromiso con la libertad y la democracia -antiguo sindicalista de los que ya no quedan en una factoría de Vitoria del sector neumáticos de vehículos a motor- y líder vecinal muy querido, desposeído de su dedicación a crear vínculos de fraternidad vecinal por las amenazas de los de siempre.  En el centro de la plaza de España de Vitoria nos reunimos una treintena de personas que vencimos el miedo para sobreponer nuestra voluntad patriótica a la amenaza y la coacción.  Digo miedo porque eso es lo que hay en Vitoria. Sigue la sombra alargada de ETA y de sus camisas pardas que siguen dominando la calle. Quien crea que eso ha desaparecido está engañado. Sigue ahí su espectro tenebroso.

 

Lo cierto es que, como conozco bien a mi ciudad, puesto que he vivido en ella desde que nací, puedo afirmar que interpreto bien al paisanaje vitoriano. Más del 80% es gente de bien que quiere vivir sin complicaciones y es como el resto de los españoles. Personas que simplemente buscan disfrutar de la vida, tener trabajo y vivienda y que les dejen en paz. Por eso evitan meterse en líos, pues saben que una minoría, generalmente formada por gente con el cerebro carcomido por el adoctrinamiento de 30 años en un sistema educativo diseñado para la formación del espíritu nacionalista, actúan como la Camorra en Nápoles, pues eso es lo que son, una mafia organizada y perfectamente estructurada para poner coto y límites a las aspiraciones populares.

 

Por eso había tan poca gente, con un par de banderas españolas, en una plaza donde el grupo aparece en las fotos como algo insignificante, como una pandilla de amigos que de repente le ha dado el siroco de ir a concentrarse con una bandera española, lo cual es como enseñar un crucifijo a un vampiro en esta ciudad de cobardes.

 

Y ¡qué le vamos a hacer! La obligación de toda persona con sentido de responsabilidad con su país, con su patria, para que no se vaya por el desagüe al vertedero de aguas sucias, es poner el tipo y la cara para que se la puedan a uno  partir, pues los gestos y los testimonios son a veces fundamentales para sentar doctrina en el imaginario colectivo. Y los deberes cívicos son irreductibles cuando toca hacerlos. Si no, yo no podría mirar a los ojos a nadie, y la dignidad es lo más grande que tengo.

 

Lo que digo del miedo lo prueba la centena de energúmenos, de los que acostumbran a poblar las calles de las capitales vascas, gritándonos desaforadamente; y algo más si no hubiera sido por la interposición de la policía vasca entre ellos y nosotros. Entiendo a mis conciudadanos a pesar de su cobardía. Es muy jodido ponerse ante esa barahúnda de mequetrefes imberbes adoctrinados con falsedades bien adobadas en las aulas, cuando sabes que la mayoría de ellos son menores y que cualquier barbaridad que realicen les va a salir gratis. Y, que, además, toman nota de tu careto, de quién eres y tus costumbres personales por si algún día se cruza la posibilidad de hacerte un desaguisado, como ocurría en los tiempos de la novela “Patria”. No es fácil acudir a eventos como el que describo.

 

Acabo de enterarme de que el tipo trajeado, “casualmente” invitado a una boda, y sus compañeros de razia frente al Ayuntamiento de Vitoria, a la diestra de la posición que yo ocupaba en el grupo de defensa de la Nación española, era Igor López de Munáin, exparlamentario de Bildu.

 

El caso es que me encaré a dicho individuo que, sujeto a las orejas con dos grandes aros, eso sí, corpulento como Goliat, y yo como David, no paraba de llamarnos “fascistas”. La verdad es que hay cosas peores que llamar a una persona eso, como, por ejemplo, secuaz del terrorismo, cosa que yo no hice porque desconocía hasta hoy quién era.

 

Indignado por la persistencia de ponernos el calificativo descalificatorio del tipo en cuestión, me separé del grupo y le espeté retador que por qué si él no me conocía me ubicaba en ese mundo tenebroso de los totalitarismos, cuando yo me la había jugado en tiempos de Franco tal como viene reflejado en el libro “Historia de la resistencia antifranquista en Alava” de José Antonio Martínez de Mendiluce, y luego había militado en la izquierda detentando cargos de carácter orgánico e institucional en Álava en el Partido Socialista durante una decena de años, o había representado al Foro Ermua en los años de plomo, lo cual me supuso 11 años de limitación de mis libertades por tener que llevar escoltas, etc, etc. Que quién era él para ponerme a mí el calificativo de facha. A lo cual, sin abandonar la sonrisita cínica de persona sin alma,  insistía con movimientos de cabeza como un autómata. Y luego le comenté que con el acto los allí presentes estábamos defendiendo las libertades y derechos protegidos por la Constitución. Y  en este último punto  él apostilló con sorna que ellos no, que estaban en contra de la Constitución. Lo cual dejaba claro que seguir con un monólogo así cuando delante tenía un cabestro irreductible, era perder el tiempo. Todo este repertorio de razonamientos, ante la gente que presenciaba la concentración, incluidos los amigos de la barricada, se sucedieron al tiempo de que un policía municipal trataba de convencerme de que lo mejor era que no me empeñara en tal infructuosa labor, que era mejor que lo dejara para evitar consecuencias mayores.

 

Al terminar el acto, en el que los abucheos se sucedían sin fin, y de regreso a la normalidad, con sensación de ser el Espartaco del momento, nos topamos mi amigo y yo con un grupito de jóvenes de unos veintitantos años, con pinta de no ser mala gente, más bien ignorantes de tomo y lomo; los cuales nos descerrajaron la palabra “borregos”. Eso sí que me llegó al alma. Borregos nosotros que nos situábamos fuera del redil trazado a cordel por el nacionalismo.

 

Me dirigí a ellos, y mirándoles a los ojos les pedí que desarrollaran el argumento. Y uno de ellos todo lo que pudo decir es "Es que a su edad, parece mentira"... Y yo pensé, aunque no lo dije, que por eso mismo,  precisamente por mi edad. Pues es la distancia que hay entre una persona experimentada de otra que no ha tenido recorrido. Pero para qué empeñarse a evangelizar a una muchachada adoctrinada en una sola sesión docente. Ya aprenderán. Aunque yo, para entonces, posiblemente ya no esté.

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2 Comentarios
jfkuyf
Fecha: Sábado, 7 de octubre de 2017 a las 14:01
vitoria va a ser la primera ciudad vasca en ser musulmana,y no a mucho tardar,en 10 o 15 años como mucho.cada vez que voy flipo.no hay mas que moros y negros.hay barrios en que se apenas se ven niños autóctonos,solo inmigrantes y gente mayor.y se ven musulmanas con 4 o 5 hijos cada una.y los abertzales hablando de independencia cuando en unos años no van a quedar apenas vascos ni españoles,no se en que mundo vive esa gente..
Ramiro
Fecha: Martes, 3 de octubre de 2017 a las 12:57
¿Y solo asistieron esos escasas veinte personas que se ven en la foto, en una ciudad como Vitoria, que debe de andar por los 150.000 - 200.000 habitantes...?
Pues entonces si que estamos definitivamente perdidos.

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