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Manuel I. Cabezas González. Profesor titular de Lingüística y de Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Lunes, 13 de enero de 2014

¿Quién debe pilotar la gestión de la salida de la crisis?

· En “El ‘nuevo’ Rey de la lana” puse de relieve la intemporalidad y la actualidad de ese gran pensador de finales del s. XIX y principios del XX, el regeneracionista Joaquín Costa. Ahora, dos años después de haber celebrado el centenario de su muerte, lo traigo de nuevo a colación, ya que en uno de sus escritos podemos encontrar la respuesta a la pregunta que encabeza esta reflexión. A finales del XIX, España estaba también inmersa en gravísimos problemas y J. Costa se preguntó: “¿Quién debe gobernar después de la catástrofe?”*. J. Costa respondió a esta pregunta en una conferencia que impartió, en Madrid, en 1900. El paralelismo entre la situación actual y la de finales del siglo XIX es más que evidente. Por eso, podemos y  debemos preguntarnos, como J. Costa: ¿Quién debe pilotar la gestión de la salida de la crisis sistémica actual? La respuesta nos la da  también este insigne pensador aragonés.

 

· Según J. Costa, en los dos últimos siglos, ha habido dos fechas emblemáticas en la historia de España. Por un lado, 1812-1814: guerra de la Independencia contra el invasor francés. Y por el otro, 1898: pérdida de las últimas colonias ultramarinas del Imperio Español, donde no se ponía el sol, que está en el origen, junto con otras causas, de la llamada Generación del 98, que reflexionó sobre la decadencia moral, política, social, etc. de España.

 

· En ambos casos, según J. Costa, se suele pensar que todas las clases sociales tomaron parte en los dos hechos históricos y arrimaron el hombro, pero no fue así. En efecto, sólo el pueblo hizo frente a las tropas napoleónicas y liberó el país, ya que las clases dirigentes y pudientes emigraron al extranjero (Francia, Gibraltar y norte de África) y a las Islas Baleares, donde “permanecieron tranquilamente, a cubierto de la guerra y de sus estragos” (p. 222-223), mientras duró la contienda. Por otro lado, la decadencia y el descalabro de España en 1898 fueron propiciados por las clases directoras, “sin que en ello alcance la menor culpa al pueblo, el cual ha cumplido hasta con exceso sus deberes cívicos y sociales, dando dócilmente toda la sangre y todo el oro que aquellas han querido pedirle” (p. 225).

 

· Y esto no fue todo. Además, para más INRI, al finalizar la Guerra de la Independencia, se “encarceló o asesinó a los que habían sido sus salvadores, mientras se ponía el cetro en manos de los infames que la habían hecho traición, entregando sus ciudades y fortalezas al enemigo” (p. 226).  Y después de la catástrofe de 1898, sucedió lo mismo: se “castiga con nuevos tributos al pueblo que lo ha dado todo para salvar el nombre y la existencia de la Nación, […] mientras se confía la administración de sus ruinas a los mismos que las han causado y […] que, con su máxima ‘gobernar es gozar’ […], han entregado a los yankees sus archipiélagos y sus islas, a los tiburones su juventud y a los judíos los últimos restos de su fortuna” (p. 226).

 

· Desde 2007, como en 1812 y en 1898, España está también inmersa en una profunda y gravísima crisis, que algunos califican de sistémica, ya que concierne el mundo de la economía, de la política, de la justicia, de la cultura, de la educación, de la familia, de los valores, etc.  Según los analistas,  la crisis económica, que es de la que más se habla, todavía no ha tocado fondo, a pesar de lo que dicen algunos, y tardaremos mucho en salir de ella. Además, se producirá con dolores de parto, con llanto y rechinar de dientes del pueblo llano.

 

· Sin ánimo de ser exhaustivo, el paro, el déficit, la deuda pública y la privada no paran de aumentar; el crecimiento económico es paupérrimo; el modelo productivo, caracterizado por el monocultivo de los servicios y por el poco valor añadido, es obsoleto; los recortes salariales y la congelación de las pensiones y de los sueldos de los funcionarios fragilizan el consumo; los recortes en sanidad, en educación, en servicios sociales están destruyendo los pilares del Estado del Bienestar; las subidas de impuestos, del IVA y de todo tipo de tasas y gravámenes están jibarizando peligrosamente el poder adquisitivo de los sufridos ciudadanos;…

 

· Ante estos hechos, todo parece indicar que, para salir del agujero en el que se encuentra la economía española, se van a aplicar las recetas de 1812 y 1898.  En un discurso parlamentario (12 de mayo de 2010), anunciando el segundo paquete de medidas contra la crisis, ZP ya lo dejó claro: “los menos favorecidos son los que nada han tenido que ver con el origen, el desarrollo y las fases de la crisis. Son, por el contrario, los que han sufrido sus consecuencias. Y son, ahora, los que mayoritariamente deben contribuir a los esfuerzos necesarios para corregir los efectos de la crisis”. Y sus palabras fueron seguidas de hechos, que las corroboran. Ante la actitud de la casta política nacional o de las autonomías  —tanto monta, monta tanto— para salir de la crisis, no podemos olvidar la historia: lo que sucedió en 1812 y en 1898. Si no tenemos memoria histórica, los ciudadanos corremos el peligro de repetirla y ser nuevamente los paganos de algo de lo que no somos responsables. Y es lo que está pasando. Por eso, creo que es pertinente que nos preguntemos si podemos seguir depositando nuestra confianza y nuestro futuro en la casta política que gobierna o, mejor dicho, desgobierna la “res publica” y en todos aquellos (poder financiero y grandes empresas), que son los principales responsables del desaguisado que estamos sufriendo.

 

· Como primera providencia, no estaría mal que, en las próximas elecciones, diéramos la espalda a la casta política gobernante y aspirante a gobernar que, como ha escrito certeramente P. Rahola, “ha salido del ‘todo a cien’ de los partidos”. ¿Cómo? Haciendo que ganemos las elecciones el partido de los abstencionistas, el de los votos en blanco o nulos y el de las  candidaturas marginales y/o testimoniales. La casta política necesita un revulsivo de este tipo para que la verdadera democracia y la división de poderes se instauren en el sistema político español. Y como segunda providencia, como se practica en otras latitudes (cf. Islandia, países de la Primavera Árabe: Libia, Egipto, etc.) y como aconseja J. Costa, “tenemos que plantarnos, diciendo ‘hasta aquí hemos llegado’, y aplicarnos […] a pedir cuentas a los que todavía se las deben a la Nación, y que el que la ha hecho que la pague” (p. 222). La calle y las plazas son nuestras, de los ciudadanos. Internet y los móviles son nuestras armas, que la casta política todavía no controla.


(*) J. Costa (1973), “¿Quién debe gobernar después de la catástrofe?”, in Oligarquía, caciquismo y otros escritos, Alianza Editorial, Madrid, 218-233.


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