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Pascual Tamburri
Viernes, 23 de septiembre de 2016

Islamofobia en Navarra, de Fontellas a Ribaforada

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El teorema de la progresía: según quién sea la víctima y quién sea el agresor se reparten las culpas. No por hechos, sino por el prejuicio ideológico impuesto por la izquierda y tragado por el centro.

 

Hace un par de semanas, un marroquí de 20 años de edad (los medios de comunicación evitan dar su nombre, foto y datos) quemó varias figuras de la Virgen y parte del retablo de la iglesia de Fontellas, en la Ribera de Navarra. Identificado y detenido, reconoció los hechos (aunque no otros similares sucedidos en fechas recientes en la iglesia de Buñuel, que “guardan total similitud con los anteriores”). Resultado: el juez le impuso el sábado 10 de septiembre una “medida de alejamiento respecto del investigado a los centros y edificios propios del culto católico”. Libertad sin fianza, y como único límite hasta la celebración o no de un juicio que se mantuviese alejado de los edificios de culto católico.

 

El siguiente paso, lógica consecuencia de tan severa medida: el miércoles 14 en Ribaforada incumplió la orden de alejamiento (que nada ni nadie controlaba), y allí rompió una cruz de crucero de piedra, y una vez dentro de la iglesia rompió el misal, quiso quemar el edificio y arrojó al suelo y decapitó la figura de San Bartolomé, patrón del pueblo de Ribaforada.

 

Ha hecho falta una reiteración innegable en los hechos (en una semana ha profanado dos iglesias, quemado tres Vírgenes, decapitado un santo y destrozado una cruz de piedra), sumada a la orgullosa proclamación de su culpabilidad, para que el fiscal solicitase el ingreso en prisión y para que el titular del Juzgado de Instrucción número 3 de Tudela decretase la prisión provisional para detenido. Y aun así la defensa reclamó de nuevo la libertad sin fianza del marroquí, y sin sonrojarse.

 

El juez teme que “podría cometer otros hechos delictivos y apunta asimismo la existencia de riesgo de fuga y alarma social”. Obvio, teniendo en cuenta la reincidencia, el incumplimiento y la motivación. A la vez, el párroco de la localidad ha convocado “una oración en silencio por la convivencia y respeto y manifestaremos nuestro cariño a la Cruz besando sus trozos”. Así que no sólo pone él la otra mejilla sino que pone la de toda la comunidad. Y de paso la pone la sociedad entera. ¡No vaya a ser que les llamen islamófobos, intolerantes, racistas, xenófobos y toda la retahíla aneja!

 

Imaginemos qué pasaría en el caso contrario. Imaginemos que un cristiano de 20 años simplemente un día pintase una cruz en la fachada de una mezquita, o incluso sólo cerca de ella. A las pocas horas Navarra estaría rebosante de manifestaciones contra la islamofobia, llena de declaraciones de respeto, apoyo, lealtad y ayuda al Islam en todas sus formas, de condena del racismo fascista sexista y homófobo que se atribuiría al culpable. De éste sabríamos ya nombre, apellidos, foto y hasta los menores detalles biográficos, reales o falsos, en una preventiva e irreversible condena mediática. Y estaría en prisión acusado de terrorismo, genocidio y de reconstitución de la primera cruzada. Se habría interrogado y probablemente detenido a todos los remotamente relacionados con él. Todos los medios de comunicación habrían usado las palabras más fuertes contra la “amenaza racista”. El arzobispo habría sido visto en primera fila de toda la movilización. Y el complejo institucional cuadripartito-abertzale, con la inestimable adhesión del centro PP-UPN y de lo que quede del PSOE, habría solemnemente declarado que “todos somos musulmanes”.

 

¿Hay islamofobia en Navarra? No, pero sin duda el crecimiento demográfico del Islam practicante multiplicado por el crecimiento militante de los grupos islamistas hará que la haya, por mera reacción vital. Además, la torpeza de las instituciones y de los medios ante los síntomas de activismo anticristiano de los musulmanes terminará por cansar a muchos. A los progres de uno y otro lado no les importará: para ellos no es lo mismo atacar a la Iglesia (su enemigo eterno pese a todas las zalamerías liberacionistas) que atacar una mezquita (al fin y al cabo, un enemigo más de la odiada identidad nacional y popular española).

 

Más aún: si alguien osa condenar seriamente y tratar de prevenir y poner remedio a hechos como los de Fontellas y Ribaforada también va ser acusado de islamófobo. De exagerar. De discriminar. De odiar el Islam. De no respetar la libertad de expresión. De ser en el fondo un racista y un intolerante, un xenófobo y un enemigo de la convivencia. Tampoco nada muy distinto a lo que estos mismos decían, no hace tantos años, ante los atentados de ETA, aquellas hermosas palabras “algo habrá hecho” que tan poco recuerda nuestra amada Dirección General. Si las víctimas de ETA podían ser llamadas “exagerados” y hasta “antivascos y enemigos de la paz”, qué no podrá pasar con alguien que se enfade si le queman su Virgen. Mientras tanto, también aquí se reclutan yihadistas de 15 años. Pero decirlo es islamofobia y luchar contra ello racismo.

 


 

 
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