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Yolanda Couceiro Morín
Domingo, 25 de diciembre de 2016

La Europa que muere, engaña y tiembla frente a la Europa que viene

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La sangre aún tibia de los muertos corre por el empredado de las calles y plazas de Berlín. Los gemidos desgarrados de los heridos todavía resuenan en el aire frío de diciembre. Pero lo que preocupa a los gobiernos y los medios a su servicio, a los tertulianos de TV y a los opinadores profesionales, a los políticos y ONGs de todo pelaje, no es la tragedia de esa nueva matanza en el corazón de Europa y en el centro de nuestra conciencia. Su dolor es otro, su angustia no es la nuestra, nuestra cólera les deja indiferentes.

 

A la casta gobernante, a su servicio doméstico y a la manada bienpensante que sigue balando detrás de las consignas oficiales, les importan muy poco las víctimas, salvo que alguna de ellas sea por casualidad un alienígena, un afgano o un marciano. La gran preocupación de estos canallas es que este atentado (y los que le precedieron y los que le seguirán) puede generar un crecimiento electoral a los partidarios de combatir la invasión de Alemania y Europa y su islamización galopante.

 

Los muertos siguen en la morgue y los heridos en los hospitales, pero ya se oyen las consabidas voces pidiendo "no confundir islam y terrorismo", haciendo acto de contrición por "no haber sabido integrar" a estos "pobres refugiados", y lanzando alertas contra el "discurso del odio". Lo importante y urgente es tomar consciencia de que hay que abrir aún más las puertas, que hay que redoblar esfuerzos para acoger a cada días más "refugiados", que hay que estar vigilantes contra la extrema derecha, que el verdadero peligro es el racismo, la intolerancia...

 

La política suicida de Alemania en particular y de Europa en general al permitir el asentamiento de millones de gentes extrañas e inintegrables en nuestros países nos está llevando directamente al caos y la guerra. Esa colonización, piadosamente maquillada como "inmigración" y "refugiados", es en realidad la puesta en marcha de un plan para aniquilar a los pueblos europeos y arrasar con su civilización para dejar el campo libre para otro tipo de sociedad, de pueblo y de cultura.

 

Los colonizadores están impacientes por quemar etapas. Ya tienen el peso numérico suficiente, la masa crítica necesaria para desafiarnos con posibilidad de éxito, por lo menos eso creen ellos. Los más excitados consideran que ya ha llegado el momento de pisar el acelerador, con actos impactantes y brutales que desmoralicen a los colonizados y galvanicen a los soldados de Alá, que esperan, "dormidos" o despiertos, la orden de pasar a la acción. Todas las acciones son válidas, todas las armas son buenas: el cuchillo, el hacha, el camión, la bomba, pronto el kalashnikov... Cualquier sitio sirve: los conciertos, las plazas, las estaciones de metro o ferrocarril, los mercadillos de Navidad, los paseos marítimos, los restaurantes o las salas de redacción... En cualquier momento incendiarán un cine o un gran almacén con cientos de personas dentro, o atacarán una iglesia repleta de fieles o acribillarán una escuela a la hora del recreo. Es la Europa que muere.

 

A escasas horas del nuevo atentado, hemos oído ya las habituales justificaciones del crimen, las elucubraciones masoquistas de unos cerebros enfermos que celebran la masacre de europeos en su propia tierra por "refugiados" acogidos a su generosidad. Esos tontos útiles del islamismo, esos compañeros de ruta de la islamización de sus países son inmunes a la realidad, ciegos ante el fanatismo asesino de sus protegidos, sordos al estruendo de las bombas y los gritos de los despanzurrados. Son los criminales que piden "una segunda oportunidad para los yihadistas que regresan a casa" (¿por Navidad?), los dementes que piden que miremos a los ojos a los terroristas, los que prefieren refugiados violadores a horribles "fascistas blancos heteropatriarcales", los que le abren alegremente los brazos y sus casas a los recién llegados de los campos de la muerte, los chiflados y las chifladas que los recibieron hace pocos meses con ramos de flores y cartelitos de "Welcome Refugees", impacientes por abrirse de piernas y de nalgas para esa simpática y glamurosa humanidad con olor a pólvora y sangre. Son también los medios de comunicación que cocinan las noticias para encubrir la identidad de los "refugiados" que comenten crímenes a millares todas las semanas. Es la clase política que ha permitido y organizado esta invasión y destina sumas enormes a mantener el parasitismo de este ejército de asistidos desagradecidos y arrogantes, en detrimento de los habitantes del país. Es la Europa que engaña.

 

El atentado de Berlín es el enésimo bofetón a todos esos europeos, saturados de propaganda inmigracionista, hipnotizados por la droga mental servida en dosis diarias por los medios del Sistema, que la violencia y su creciente frecuencia no logran hacer despertar a la dura realidad de un mundo que se está encaminando a marchas forzadas a su reencuentro con la Historia, adormecidos por la cantinela de la integración, el multiculturalismo, la apertura al "otro", la tolerancia, la diversidad, el universo de la Srta. Pepis, el "We are the world, we are the children"... Ya estamos en el "Pray for Berlin", otra vez con las velitas y los osos de peluche, en los mágicos y ridículos conjuros contra el miedo. Es la Europa que tiembla.

 

Pero poco a poco, los europeos van a tener que salir de esa modorra hipnótica en la que los mantiene el lavado de cerebros, los restos de su menguada prosperidad y la castración mental que han padecido desde hace décadas. Van a despertar quieran o no quieran a golpe de machetazo, de bombazo, de balazo, por mucho que los amos de la situación se empeñen en hacerlos comulgar con ruedas de molino. Pero frente a este rebaño amorfo de bueyes mansos y de borregos dóciles que ha logrado crear el Sistema, por encima de esa masa humana inerme y mistificada que constituye el ejército de reserva de la oligarquía   para ejecutar el plan de someter a las poblaciones europeas a la rueda de la esclavitud, camino de su completo exterminio, están subiendo a escena otros actores que pronto cobrarán un protagonismo determinante. La reacción está en camino, la rebelión aumenta... Vencer o morir. Resistir y prevalecer o rendirse y someterse, ser amos o esclavos, ser martillo o yunque. Es la Europa que viene.

 

 


 

 
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