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Ernesto Ladrón de Guevara
Miércoles, 28 de diciembre de 2016

Los valores cristianos y los valores ciudadanos: el Foro el Salvador

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[Img #10423]Hace tiempo que el significado profundamente humano de la Navidad ha sido desdeñado, ignorado y adulterado hasta resultar irreconocible. La conmemoración del nacimiento de Jesucristo y el mensaje que conlleva de revitalización del legado evangélico han devenido en una parafernalia consumista desposeída de ese sentido originario, que es perfectamente conciliable con una sociedad como la nuestra, oficialmente aconfesional pero “culturalmente cristiana” en sus raíces. Lo positivo, aún desde una perspectiva laica, de este ritual que realizamos de forma irreflexiva todos los años, es el encuentro de los miembros de la familia y el estrechamiento de los lazos que la unen. La familia tendría que ser el principal valor a proteger por un Estado que tenga entre sus objetivos el fortalecimiento social, pues es su cimiento y su célula. Así como posibilitar la continuidad de esa sociedad mediante una natalidad que permita el sostenimiento vegetativo de la misma. Ni uno ni otro concepto tienen contenido en los objetivos políticos de los actuales gobernantes y sus mentalidades cortoplacistas y de pequeño recorrido. La familia está abandonada, sin permitir los lazos que la unen, entre otros la conciliación de la vida laboral y la familiar. Ni se fomenta la natalidad, con lo que una de las amenazas fundamentales que tenemos es la regresión demográfica, su envejecimiento y sustitución de los actuales componentes por foráneos demasiado a menudo portadores de culturas teocráticas ajenas y contrarias a los valores de la civilización occidental tal como hoy la conocemos.


Pero no solo tienen que ver los agentes políticos y sociales que tratan de romper los puentes con nuestro pasado cultural e histórico, con la destrucción de nuestra herencia cultural y moral. Ha sido la propia Iglesia como institución la que ha dado pie al derrumbe de los pilares que la sostenían. En mi caso, la idea de la religión tiene que ver más con la realidad empírica que con las creencias derivadas de la fe. Como Gustavo Bueno, el lúcido filósofo fallecido este año, soy un agnóstico cristiano, pero firmemente convencido de que fuera de la civilización que se teje en torno al legado de Roma y de Nazaret para culminar en el Siglo de las Luces con el mensaje ilustrado, se vive peor. Las libertades apenas existen en esas sociedades y los valores que caracterizan a nuestra civilización, cuyo baluarte principal son las cartas de Derechos Humanos, y el sentido democrático de vida en sociedad están claramente cuestionados.


En lo referido a la presencia de la Iglesia en el País Vasco, tierra donde vivo, hace tiempo que se sembró el germen de la división y la discordia. Si hay un sitio donde no ha estado protegida la familia, donde se ha roto de la manera más violenta por el asesinato o por una ideología criminal que separaba a sus miembros de manera dificilmente reconociliable es en mi tierra. La obscenidad del mundo nacionalista llegó a reivindicar el “vuelve a casa por Navidad” de un conocido anuncio de turrones para los presos de ETA cuando eran ETA y el nacionalismo indulgente con ETA los que dinamitaban estas fiestas y el reencuentro familiar. En el País Vasco se ha atentado contra la familia asesinando a padres, hijos, hermanos, primos, cuñados o, en el más leve y benigno de los casos, enrareciendo la relación entre unos y otros gracias a un nacionalismo de raíz totalitaria y de naturaleza exclusivista que ha saboteado una infinidad de Nochebuenas entre la ciudadanía de este rincón de España. De eso también se tenía que haber ocupado la Iglesia, de la familia dividida, porque algunos de sus miembros estaban en Lizarra, en el Estado Libre Asociado de Ibarretxe, en ETA o en el cementerio por culpa de ETA. La novela de Aramburu, "Patria",  refleja muy bien ese drama, con profundidad en el retrato y en el relato.


Recuerdo como en 1999 se proclamó un manifiesto fruto del cual nació un Foro, paralelo al de Ermua, que tenía el nombre de “El Salvador”. Fue en un contexto en el que la Iglesia vasca se posicionaba claramente a favor de los vientos del nacionalismo y de los que generaban un clima irrespirable en la convivencia y el pluralismo social. Una abrumadora mayoría de representantes eclesiásticos se manifestaba de forma comprensiva con el mundo proetarra llegando a subvertir perversamente el mensaje evangélico, haciendo de éste una lectura interesada y sesgada para hacer beneficiario al mundo de ETA de dicho mensaje predicando a la sociedad una interpretación legal de la doctrina del perdón y del postulado cristiano de ofrecer la otra mejilla a quien te abofetea. Se usaba, en definitiva, los Evangelios no para una sociedad más ética sino para lo contrario: para envilercerla introduciendo en ella un sentimiento de indulgencia dirigida a quienes ponían bombas y asesinaban, así como eludiendo la proclamación del principio de la prevalencia del Estado Democrático de Derecho y minusvalorando tanto la “sed de Justicia” como la primacía de la legitimidad moral de las víctimas.


Fue Iñaki Ezkerra el redactor de aquel manifiesto al que se adhirieron con gran valentía y coherencia los sacerdotes Jaime Larrínaga y Antonio Beristain, este último jesuita y profesor de criminología; referente académico en ese campo. Tanto Larrínaga como Beristain no tardarían en constatar que ese compromiso no salía gratis. Lo pagaron con el ostracismo. A Antonio Beristain, que ya había sido excluido por el obispo José María Setién en su función sacerdotal fundamental, el oficiar misas, en el barrio donostiarra de Amara, le hicieron el vacío muchos de sus compañeros y Jaime Larrínaga tuvo que soportar manifestaciones en su contra coincidiendo con el oficio religioso dominical que le correspondía como párroco de Maruri (Vizcaya). Al final, la tibieza del Obispado en la defensa de la verdad tuvo como colofón el traslado de Larrínaga a Madrid. Otro sacerdote, cuyo nombre me reservo, tuvo una llamada severa de atención por los rectores de la Diócesis de Vitoria, por unirse a aquel nuevo Foro con su firma.


Conozco esos detalles porque yo fui uno de los firmantes de aquel manifiesto referencial que posibilitó, junto al papel desempeñado por el Foro Ermua como faro intelectual, situar a las víctimas en el escenario social y del debate que se pretendía sólo “político”, tras un largo período en el que estuvieron en una postración indigna, olvidadas por las instituciones. Reproduciré algunas partes sustanciales de aquel manifiesto, en forma de frases aisladas, para no extenderme demasiado: “Es alarmante y escandaloso el amedrentamiento al que han sido y son sometidos aún los ciudadanos no nacionalistas el País Vasco; las agresiones y amenazas que les impiden presentar en libertad y en igualdad de condiciones su opción política en las elecciones. Y demandamos para ellos toda la solidaridad de la comunidad cristiana y de sus representantes eclesiásticos”.


“No es aceptable ni desde la ética laica ni desde la cristiana incluir en una lista electoral a presuntos asesinos que se vanaglorian de tal condición y la hacen valer como seña de identidad ideológica. Semejante aberración desautoriza moralmente tal opción política, ofende gravemente a las víctimas y promete la perpetuación de la misma violencia sufrida por éstas”.


“ETA debe disolverse y entregar las armas sin reclamar contrapartidas políticas que ni son acordes con la democracia ni con el verdadero espíritu de la Iglesia, que prohibe matar y que añade la ley del amor a las leyes de los hombres”.
 

“No es aceptable desde la ética política un proyecto de construcción nacional que se cimenta sobre bases etnoculturales y que genera necesariamente procesos de exclusión incompatibles con el respeto a los derechos y libertades de todos los ciudadanos. El orgullo étnico y la ideología del privilegio no están en el espíritu de Cristo, que nos llamó hermanos, ni en el del Padre que nos hizo a todos iguales”.


“La paz no puede llegar de la mano del chantaje político ni del empecinamiento en una violencia ideológica que ratifique y reemplace a la violencia armada; ni del olvido, la injusticia o la mentira.”
 

“Ser fieles a la verdad nos obliga a reconocer los crímenes de ETA y del GAL, así como la vigencia del Estado de Derecho tanto para juzgarlos.”
 

“Ser consecuentes con la justicia nos obliga a asumir el poder judicial como pilar básico del Estado de Derecho así como a exigir y acatar la actuación de los tribunales. Y nos obliga también a honrar a las víctimas del terrorismo, a erigir monumentos en su memoria y rendirles homenajes públicos, pues no sólo han de ser indemnizadas económicamente sino moralmente por la sociedad y el Estado.”
 

“El perdón debe ser pedido, no negociado ni con Dios ni con los hombres. Debe apelar a la generosidad, no al mercadeo político. Y no es exigible o gratuito ni siquiera en el Evangelio. En los verdugos está el solicitarlo, arrepentirse del daño hecho y adoptar el propósito de enmendarlo. El arrepentimiento y la penitencia son inherentes al perdón cristiano".
 

“Como cristianos y personas libres, nos sentimos alarmados por la grave hegemonía del nacionalismo en la Iglesia en el País Vasco y el uso perverso que hoy se hace de la doctrina de la caridad y del perdón para amparar al fascismo de ETA y a sus cómplices políticos".
 

Como contrapunto a aquel claro posicionamiento a favor del primigenio derecho al reconocimiento del daño causado por el terrorismo y en apoyo a las víctimas, el equipo de zona de mi parroquia proclamaba “Queremos diálogo, necesitamos paz”, como si la justicia, la dignidad y la verdad estuvieran supeditadas a la necesidad de un diálogo con los terroristas. De lo que se trataba, como puede observarse, es de poner por delante de la justicia un perdón que sobrepasara el ámbito personal, privado, para traslucirse legal y judicialmente sin que los verdugos dieran la más mínima muestra de arrepentimiento ni reconocimiento del daño causado.


No cabe duda de que este tipo de falacias, repetidas hasta la saciedad desde muchos púlpìtos del País Vasco han dañado gravemente a la Iglesia en el más amplio sentido del término: a su imagen oficial y a su feligresía, que o bien se dejaba envilecer o bien se sentía abandonada por quienes tenían la misión de reconfortarla y orientarla con un verdadero sentido cristiano. Esa puesta en escena de falsos ídolos sustitutorios del carácter universal y agápico del mensaje evangélico ha conllevado una lamentable pérdida de los referentes que han dado cuerpo y forma a nuestra civilización, de tal manera que ese sustrato axiológico se encuentra hoy gravemente debilitado. Cuando no es socavado por el zapaterismo o por el discurso antisistema, lo es por el neoliberalismo sin alma, por el nacionalismo fariseo, por la idolatría que hizo de ETA una divinidad que administraba la muerte a su arbitrio, o por un fundametalismo islámico que la administra en nuestros días sin que sepamos esgrimir frente a esa amenaza los valores cristianos que coinciden con los ciudadanos, como supo hacer el Foro El Salvador hace 17 años.  

 



 

 

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 29 de diciembre de 2016 a las 09:49
Fernando Vaquero Oroquieta
Gracias, Ernesto, por recuperar ese trozo de historia, en el que yo también participé aunque tardiamente, y el espíritu que le animaba.

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