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Pablo Mosquera
Domingo, 22 de enero de 2017

Lo que sé de ciertos políticos vascos socialistas

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[Img #10608]Cuanto más leo a Don Manuel Azaña, más huérfano me siento ante una clase política -salvando a quien haya que salvar- mediocre, oportunista, badulaque y perezosa en el sentido laboral e intelectual. Cuanto más leo a Don José Ortega, más comparto aquella terrible expresión: “Dios mío, ¿qué es España?”. "La calidad nunca es un accidente; siempre es el resultado de la inteligencia”. (John Ruskin).


Patxi López. La suerte del trilero. Sustituye a Nico Redondo, quien tuvo la generosidad de marcharse después de aquellas elecciones vascas en las que íbamos en coalición PP-PSE-UA, con Mayor Oreja de candidato a Lendakari, una decisión que tomó el ministro del Interior del Gobierno Aznar, en una comida en casa de Ramón Tamames, con el que me unía una buena amistad. Aquella vez, errores de campaña y la escasa capacidad del candidato, tras una participación récord, dio la victoria a Ibarreche. Los perdedores de aquella épica fueron Mayor Oreja, que perdió el glamur y dejó patente que sólo se desenvolvía en el espacio del terrorismo y sus ocurrentes "treguas trampas". El otro perdedor, hijo del sindicalista (Nicolás Redondo Terreros) que tuvo la gallardía de enfrentarse a Guerra y se inmoló por haber consentido ir en una coalición “frentista", según los cenáculos que siempre buscan culpables a los fracasos.
 

Patxi López, uno de tantos políticos profesionales, sin estudios, con el mérito de ser hijo de un histórico dirigente obrero de la margen izquierda -Lalo-, ganó el congreso a  Carlos Totorica y Gema Zabaleta, todo ello, tras la marcha definitiva a Madrid de Ramón Jáuregui, sin duda el último de una generación de socialistas vascos, ilustrados, bien preparados, con prestigio y capaces de hacer análisis ideológicos profundos. Desde el inolvidable Ramón Rubial, Ricardo García Damborenea, Jesús Eguiguren, Fernando Buesa, Juan Manuel Eguiagaray, Carlos Solchaga, Joaquín Almunia, Luís María Atienza, Enrique Múgica, José Ramón Recalde. Al lado de todos estos nombres, la verdad es que tanto Rodolfo  Ares, como López, no pasan de ser meros oportunistas, que tuvieron la suerte de estar en el lugar oportuno en el momento preciso, sin más...
 

El ourensano de nacimiento Ares, que llegó a ser consejero de Interior del Gobierno Vasco, además de profesional de la política, ha demostrado ser como el corcho que siempre flota. Aun recuerdo su miserable actuación cuando le manifesté que deseaba recuperar mis derechos como ciudadano gallego en mi comunidad, y que estaba sufriendo los obstáculos de personajillos socialistas. Lo mismo que me parece verlo con el teléfono móvil tras una rueda de prensa en el Parlamento vasco, con una pregunta que es todo un síntoma del nivel de este superviviente: "¿Qué tal he dado?".

 

Incluso, debemos recordar, cómo en un momento dado, y con Ramón Jáuregui en la secretaría general, se produce la fusión de los cuadros de Euskadiko Ezkerra, en el socialismo, dando entrada a gentes de valía como Mario Onaindía, Teo Uriarte, Xavier Markiegui.
 

La jugarreta de Patxi López al ex secretario general Pedro Sánchez es de las que hacen afición. Tras ocupar efímeramente la presidencia de las Cortes y declararse seguidor del ex jugador del Estudiantes ha sabido cambiarse de chaqueta y postularse rápido para candidato, con la esperanza -hago mis propias previsiones- de llegar a un acuerdo de unidad con la lideresa Díaz, y así estar en su lista, a cambio de prestarse a la unidad que preconizan determinados barones, y haberle cerrado el paso al “infeliz" Sánchez, que ha debido aprender como la política es más miserable, dentro del propio partido, que frente a los contrincantes naturales de otras formaciones políticas.   
 

El primer gran chasco lo tuve con “Txiki” Benegas. Se presentó como cabeza de lista por Álava. Eran tiempos en los que todo el mundo quería acertar. Los demócratas cristianos se repartían entre el socialismo y el PNV de Carlos Garaicoechea. ETA pm, con Juan María Bandrés, había decidido dejar la lucha armada y marcar distancias con ETA m; incluso dando listas al Ministro del Interior, Rosón, para evitar la caza de “txakurras", pues como en todas las organizaciones de matiz seudomafioso-religiosas, una vez dentro, no se podía salir: o a la cárcel o con los pies por delante.
 

Benegas, en plena batalla entre los partidarios de Garaicoechea y Arzalluz, que dejan al PNV zaherido y sin la mayoría absoluta, no tuvo las agallas necesarias para aceptar ser el Lendakari, dando tiempo a que los seguidores de Sabino Arana encontraran a un hombre de perfil bajo, obediente, y dispuesto a conciliar pactos de toda índole. Me estoy refiriendo al lendakari Ardanza, con el que llegué a tener una buena sintonía. Si el guipuzcoano no hubiera escapado de la quema, la historia del País Vasco, escrita en las páginas de los sucesos, con casi un millar de muertos, habría sido otra.    
 

También es verdad que hay dos nombres asombrosos. El de Javier Rojo, linotipista de gráficas Fournier, que llegó a ser presidente del Senado y José Luis Corcuera, que llegó a ser Ministro del Interior desde su condición de electricista.
Bien es cierto que todo lo situado en el País Vasco, quedó ampliamente superado por la gloriosa etapa ZP, con su mano derecha el incombustible -hoy, feliz eurodiputado- José Blanco, que para más “inri”, coincide con esos polvos, hoy lodos, del gobierno tripartito del inefable Montilla, empeñado en hacer olvidar sus orígenes andaluces, y que pasa a la historia de España, desde Cataluña, no por su curriculum profesional, sino por una maniobra estatutaria infeliz, y la emisión de deuda pública que es uno de los motivos por los que ha calado el mensaje de "¡España nos roba!".    

 

Y para concluir, una de acertijos:
 

¿Cuál puede ser el motivo para que aquel consejero Maturana se empeñara en poner en marcha el coqueto, incómodo y ridículo tranvía de Vitoria?
 

¿Cuál puede ser la causa que justifique que un personaje como Txarli Prieto  alcance el poder entre los socialistas alaveses, a codazos, pero cuando llega el momento de ser Diputado General de Álava, se hace el remolón, para así no colisionar con sus propios intereses profesionales, más allá de la política, aunque puedan ser deudores de la política?
 

Se acaba de cumplir el aniversario del asesinato de Gregorio Ordoñez -1995-;  me hubiera gustado conocer a su hijo Javier. Si ha salido a su padre, no se detendrá hasta conocer los entresijos de aquel vil ajuste de cuentas. Pero, ¿Odón Elorza, -entonces alcalde de Donosti- no sabe nada de aquella historia?.
    

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