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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 1 de mayo de 2017
Crónica de una película necesaria

Contra la impunidad

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[Img #11309]El título de este artículo es el de la película de Iñaki Arteta que se ha estrenado este fin de semana pasado.

 

Acudí a una sala de cine de Vitoria este viernes, mientras la gente celebraba en las campas de Armentia los festejos de San Prudencio.  En la sala habría unas diez personas, y al término de la proyección un par de personas (supongo que policías de paisano) revisaron la sala mirando por todos los rincones. Me recordaba tiempos recientes que la mente, por salud mental, intenta alejar.

 

Salí, tras ver la película-documental con decepción por la carencia de público. Yo no soy de los que suelen esconder verdades, y esta es de Perogrullo, la gente quiere pasar página y esconder sus vergüenzas. Sí, vergüenzas. La vergüenza de mirar para otro lado, la vergüenza de la cobardía escondida y oculta, la vergüenza de haber despreciado y huido de los amenazados para que no se les asociara con ellos, la vergüenza de no haber denunciado a los acosadores, a los terroristas, a los secuaces  y agentes instrumentales de quienes imponían sus políticas aprovechándose del miedo colectivo, la vergüenza de haber negado el saludo al vecino señalado por el dedo asesino, la vergüenza…     

 

Hay que decirlo… ¿por qué ocultarlo? Yo no soy de esos. Yo di la cara sabiendo que ello iba a suponer para mi un lastre, por mi compromiso, y que me acarrearía graves inconvenientes personales y profesionales, y de paso a mi familia, como así ha sido. Yo no tengo vergüenza porque no tengo por qué avergonzarme. Voy con la cabeza muy alta, con orgullo. Sí, con orgullo no exento de humildad. Yo fui de los pocos que me enfrenté a ETA y me puse al lado de las víctimas. Es hora de decirlo. Sólo faltaría que encima me tenga que esconder por haberlo hecho. Otros no pueden decir lo mismo. Allá ellos. Quizás por eso haya tan poca asistencia a este tipo de películas, son de esas películas que hacen aflorar las malas conciencias. La gente prefiere ver películas para reír.   “Ocho apellidos vascos”, por ejemplo. No me parece mal, pero… ¡ay, amigos…!, un requerimiento de moral colectiva exigiría apoyar este tipo de testimonios, esta película, por ejemplo, que Iñaki Arteta ha producido, entre otras, para no reír, para llorar más bien, como mi mujer, que salió de la sala con los ojos humedecidos. Porque la compasión es humanidad. Y en este País Vasco del que no me enorgullezco ha habido muy poca compasión y demasiada mezquindad y cobardía.   Sí. Es hora de decirlo, y quien me quiera poner a parir, que lo  haga. A ver con qué argumentos.

 

Esta película es un clamor contra la impunidad de los asesinos y de los secuaces que campan por las instituciones como si fueran héroes, cuando en realidad han sido villanos, genocidas en grado de complicidad. Esta película reclama con argumentos jurídicos de derecho internacional, la consideración de crímenes de lesa humanidad para los múltiples asesinatos cometidos por ETA y por ello atribuirlos a aquellos que estuvieron a su frente, que ordenaban a quién asesinar, a quién extorsionar, a quién presionar para el llamado impuesto revolucionario.   Porque, además, lo que se hizo fue una forma vil de arruinar a esta tierra;  porque múltiples empresarios y emprendedores tuvieron que poner distancia de por medio, privándonos de aquellas iniciativas empresariales que hubieran podido enriquecer nuestra tierra, las Vascongadas, y que no lo hicieron  al negarse a pagar un dinero con el que ETA llenaba sus alforjas de sangre y fuego, teniendo que huir. Aunque otros muchos sí lo hicieron y era comprensible que lo hicieran, al ver cómo caían otros bajo la bala asesina por no pagar.

 

Se entiende como crimen de “lesa humanidad” a los efectos del Estatuto de la Corte Penal Internacional aprobado en julio de 1998, diferentes tipos de actos inhumanos graves cuando reúnan dos requisitos: “la comisión como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil, y con conocimiento de dicho ataque”.  El ataque generalizado quiere decir que los actos se dirijan contra una multiplicidad de víctimas.

 

El que los actos inhumanos se cometan de forma sistemática quiere decir que lo son aquellos cometidos como parte de un plan o política preconcebidos, excluyéndose los actos cometidos al azar.

 

Y, efectivamente, ETA cometía atentados selectivos que pretendían aterrorizar a colectivos concretos, como jueces, periodistas, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, profesores, fiscales, empresarios que no pagaban la  “mordida mafiosa” para que el colectivo acudiera obediente a zonas del sur de Francia donde les esperaban los secuaces extorsionadores, debidamente guiados por algún cura o algún burukide  nacionalista con apariencia beatífica… “Ya sabes, hijo, hay que pagar, lo importante es mantener la vida, no arriesgues….”, etc, etc. Es decir, el objetivo último era atemorizar a colectivos, para tenerlos sometidos. Eso es lo que son crímenes de lesa humanidad. Y hasta ahora no ha habido el arrojo, el coraje, o el pundonor por parte de nuestros gobernantes para promover la calificación de crímenes de lesa humanidad  a los cometidos por ETA, para que no queden impunes, para que no prescriban.

 

Son muchos los asesinos que campan a sus anchas por haber prescrito sus delitos, por la negligencia del Estado, por la incompetencia de jueces y fiscales, por errores de procesamiento que han ocasionado la finalización del periodo de vigencia de delitos que no fueron considerados como crímenes de lesa humanidad.  El Estado, en España no ha funcionado. Eso es lo que denuncian los protagonistas de la película de Iñaki Arteta, a la sazón víctimas de ETA. La prueba es que los allegados de más de 300 víctimas de ETA aún están a la espera de que se investigue y resuelva la autoría de esos crímenes y que vayan sus causantes tras las rejas carcelarias. Y eso no es justicia.

 

Pero ahora soplan vientos de borrón y cuenta nueva, de echar un tupido velo, de mezclar la pena de Murcia con la realidad de estas décadas de fuego y sangre, para hacer un totum revolutum que oculta la verdad de lo ocurrido y transfigure la memoria, que deconstruya esa memoria para que se olvide todo. Y lo que ha ocurrido no se puede olvidar. Eso es lo que nos trae a colación la película. Por un mero requerimiento moral, por dignificar de una vez a la sociedad vasca, hundida en la miseria antropológica, en la ausencia de referentes éticos, en la complicidad, pues complicidad es permitir, asociarse al mal, pero también callar.  Llegarán tiempos de purificación. Por eso muchos no quieren que se vea esa película, porque es molesta para sus conciencias.

 

La película de Iñaki Arteta es un canto contra el genocidio. Y genocidio es “la aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos.”  Y eso es lo que fueron los crímenes de ETA. Y si no que se lo pregunten a los guardias civiles o los policías nacionales, los militantes de partidos no nacionalistas, los miembros de grupos cívicos que clamaban contra el terror y lo denunciaban, los empresarios que no pagaban un dinero para el crimen organizado, etc.  Y de eso también  hablan los protagonistas de la película, para que se califique la acción de ETA como genocidio planificado, para que sus crímenes no prescriban, para que no salgan de la cárcel sus actores sin cumplir íntegramente sus penas, para que no haya beneficios para los que han ayudado a ETA a ejecutar sus acciones criminales. Para señalarles. Para que NO HAYA IMPUNIDAD.

 

Es una película excepcional, valiente, de testimonio vivo de los supervivientes del terror. Y es un requerimiento moral ir a verla. No para disfrutar, precisamente, pero sí para tomar conciencia de la maldición que nos cayó a los vascos con esta escoria humana, estos despojos de humanidad, que impiden la dignificación de nuestras sociedades de silencio, de miedo.

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