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Una entrevista de Ernesto Ladrón de Guevara
Martes, 16 de mayo de 2017
Autor de “La tarima vacía”

Javier Orrico: “Se han implantado ideas educativas completamente ineptas que han calado hasta la raíz de la sociedad española”

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“Las leyes educativas de las comunidades autonómicas dan una imagen sesgada de sus sociedades y adoctrinan contra la idea de una España de todos”

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Licenciado en Literatura Hispánica por la Universidad Complutense y catedrático de instituto de Lengua y Literatura, Javier Orrico se incorporó en 1990 a Diario 16 de Murcia como editorialista y jefe de la sección de Opinión, para pasar en 1996, tras haberse reincorporado a la enseñanza, a coloborar en múltiples medios como La Opinión, Periodista Digital, Diario 16, La Ilustración Liberal, El Mundo, Libertad Digital, Cátedra Nova, Cuadernos (Fundación Faes), El fingidor (Universidad de Granada), Myrtia (Universidad de Murcia) o Claves de Razón Práctica, entre otros muchos.

 

Como poeta es autor de "La memoria inventada" (1983). En 1993 publicó, como coeditor con Antonio J. Ubero, la “Historia de la Autonomía de la Región de Murcia” (Murcia Press, Diario 16). 

 

En los últimos años ha publicado "La enseñanza destruida" (Huerga y Fierro, Madrid, 2005), que se convirtió en una de las referencias de la contestación a la política educativa socialista; y "Zetapaña. Naciones para todos" (Sekotia, 2007), que analiza la llamada "política territorial" de José Luis Rodríguez Zapatero Zapatero (cuyas decisiones condujeron a la actual situación de España y de su partido), y los antecedentes de los gobiernos anteriores que sentaron las bases de nuestra ruina. Lamentablemnte, todo lo que se abordaba en estos libros, la destrucción de nuestra enseñanza y de la convivencia española, se ha cumplido de modo inexorable.

 

Su último libro, recientemente aparecido, es "La tarima vacía" (Alegoría, Sevilla, 2016), un ensayo que culmina la denuncia sobre los males del sistema educativo español, centrado especialmente en la función y la figura de los profesores, desde la primaria a la universidad, durante los últimos treinta y cinco años. Se trata de un repaso a las leyes de la democracia para demostrar que todas son, esencialmente, la misma, incluida la LOMCE. En el libro, además,se abordan algunas otras cuestiones candentes, como la desaparición de los conocimientos para ser sustituidos por las manipulables ‘emociones' y la confusión interesada entre la primaria y las etapas posteriores, con la tragicómica infantilización que ha sido su consecuencia.

 

- Usted escribió hace algún tiempo “La enseñanza destruida”. Su reciente  libro, “La tarima vacía”, parece que es una continuidad de aquel. ¿Qué aporta como novedad?

 

Creo que es un libro más maduro, compacto y vertebrado. Un ensayo en la plenitud de su sentido, al menos como pretensión por mi parte. Lo que he querido es reflexionar no sólo sobre la enseñanza en España, sino sobre España misma al hilo de lo que ha ocurrido con nuestro sistema público de educación.  Y, además, han pasado muchas cosas que había que recoger: los efectos negativos de la LOGSE son hoy aplastantes, el vaivén legal simulado y que no ha llevado a nada, la implantación de ideas educativas completamente ineptas que han calado hasta la raíz de la sociedad española y que van a ser muy difíciles de extirpar, los engaños masivos como ese de que hoy tenemos las generaciones mejor preparadas de la historia, el Plan Bolonia, la corrupción de la universidad, el fin del mérito y su más grave consecuencia: la mediocridad que se ha instalado en todos los órdenes de nuestra sociedad… Muchas cosas que había que tratar de manera sistemática y organizada.

 

- En su libro hace un cuestionamiento general de todos los principios educativos que han guiado las leyes desde la Constitución del 78. ¿Por qué lo hace?

 

Por sus efectos. Por los hechos que, además, he vivido: hundimiento de la instrucción, desmoralización de los profesores, desvertebración autonómica y, lo peor, la negación a nuestros jóvenes de una verdadera preparación cultural y de fortaleza personal para enfrentarse a sus vidas. Por lo demás, desde la Constitución sólo ha habido una ley, la LOGSE, las demás o no han llegado a implantarse o no eran más que variaciones sobre el mismo asunto. Pero los principios, el lenguaje, las bobas pedagogías, la relajación de toda exigencia y la desaparición de la transmisión cultural como eje del sistema, todo eso sigue vigente, intocado. Hasta de la LOMCE, que parecía venir a cambiar algo, han eliminado lo mejor, las mal llamadas reválidas, y han dejado lo peor: la asfixiante burocracia, incrementada, incluso, por un sistema de evaluación llamado de estándares y rúbricas que es un auténtico disparate. Lo único positivo que ha quedado de la LOMCE es la Formación Profesional Básica (FPB) y los itinerarios de 4º de la ESO, que vienen  a paliar  el error que fue y es forzar a todos los alumnos a seguir por un camino único. Y habría que matizar que esa FPB y los itinerarios deberían empezar bastante antes, además de que seguramente ya no tienen sentido al haber desaparecido las pruebas finales que determinaban el camino posterior. Creo que todo está empezando a convertirse, con tantas rectificaciones, en un caos inmanejable. Ni ellos saben lo que van a hacer. Lo más ‘divertido’, entre comillas, que la ironía ya se ha perdido, es ese pacto nefando por el que la izquierda ha obligado al PP a suprimir las reválidas, pero está encantada con la burocracia que es, al fin, una de sus señas de identidad. Lo peor de cada casa.    

 

- Cree usted que tras este desastre educativo que no tiene visos de ser corregido hay alguna intencionalidad por parte de sus autores, o es simple incapacidad para estructurar un sistema educativo de calidad?

 

Ambas cosas, según para dónde miremos. Pero ya no hay duda de que con el diseño original LOGSE se buscaba contentar a todo el mundo, por una parte, que todos fueran universitarios, aunque la universidad dejara de tener valor, como así ha sido. No querían en absoluto que todo el mundo supiera lo máximo a lo que pudiera aspirar a través de su esfuerzo y su talento, sino que se llegara al mismo sitio. La LOGSE era una ley de pedagogía ideológica, y eso es lo que seguimos teniendo. No era igualdad, sino un igualitarismo atroz, apoyado, además, en otro principio nefasto: el de que la cultura era una cuestión accesoria. Incluso, que la cultura que valoramos como tal era un instrumento de clase y, por tanto, de la opresión de una clase sobre las demás. La cultura era culpable. No pasaba nada, en el fondo, si desaparecía. Lo que han conseguido, claro, estos incompetentes sectarios ha sido todo lo contrario: la eliminación de la posibilidad de promoción social que suponía para los más humildes un sistema exigente. Un sistema público con reválidas públicas y para todos, controladas por el Estado, en el que frente a los exámenes todos fueran iguales. Ello se acompañaba con el hecho de que las instituciones públicas contaban con los mejores profesores y eran, por tanto, las mejores, las de élite, para que las élites económicas y las clases medias ilustradas no huyeran hacia la enseñanza privada, que es lo que hicieron. Hoy ya no hay selección, en efecto, a través del mérito y el estudio, y por eso la selección ha vuelto a ser económica en su plenitud. Ya se salvan sólo las familias que pueden pagarles a sus hijos los mejores y más caros colegios y universidades extranjeras o españoles. La educación de izquierdas ha hecho un gran servicio al mantenimiento del orden social y la estabilidad.     

 

¿El que haya 17 subsistemas educativos afecta gravemente al funcionamiento general de la educación de nuestros ciudadanos?; ¿Cómo valora usted el adoctrinamiento político en nuestros centros de enseñanza? 

 

Afecta, por ejemplo, a la movilidad, a la unidad de mercado y a la convivencia. España es hoy una sociedad de tribus jibarizadas que han creado fronteras legales, sentimentales, lingüísticas y, por supuesto, formativas, intelectuales. Es conocido el caso de Andalucía, donde no se estudiaba el románico, porque allí no hay románico. O de las regiones en manos de fuerzas nacionalistas, donde España casi no se nombra. Por no entrar en los principios morales y ético-culturales que se les transmiten: odio a los Toros, ecologismo radical, negación de la cultura común… Se trata de una amputación en toda regla de la formación de nuestros jóvenes. Y una consecuencia, también, de la LOGSE, que entregó hasta el 45% de currículos y horarios a las comunidades –sin que la derecha se haya siquiera planteado corregirlo nunca-, las cuales lo han aprovechado en plenitud, promulgando hasta leyes educativas propias, para dar imágenes sesgadas de sus sociedades y para adoctrinar contra la idea de una España de todos, y contra la de ciudadanía frente a las identidades étnico-lingüísticas. La prueba suprema es que la Educación para la Ciudadanía trataba de todo menos de la ciudadanía como concepto superador de las diferencias, como nación política. Todo esto apoyado, además, en otro de los intocados principios Logse: el de la pedagogía constructivista del ‘entorno’, que limita el conocimiento a lo más próximo. Para los nacionalismos españoles era un principio didáctico de extraordinarias posibilidades: el entorno era la comunidad, que así acababa por convertirse en la soñada nación. 

 

- ¿Qué elementos capitales establecería usted en una reforma educativa? ¿Sería una reforma global o en aspectos concretos manteniendo algo de lo que ahora existe?

 

He escrito en “La tarima vacía” que nuestro sistema necesita una pala excavadora. Y volver a construir. Lo malo no es la pintura, ni la cerrajería o el cableado, ni la distribución, que también. Lo que hay que levantar son los principios, el lenguaje, las pedagogías que lo informan todo, los objetivos, la idea miserablemente utilitarista de la cultura y el ser humano que hay detrás. Luego podremos ponernos de acuerdo en si ponemos un bachillerato de dos vergonzosos años, el más corto de Europa, o lo alargamos. O si volvemos a seleccionar a los profesores de manera rigurosa, o seguimos con el chanchullo de las oposiciones regionalizadas y amañadas para regularizar interinos. O si queremos una universidad de primera, con profesores de primera, o continuamos con los departamentos familiares o de partido que hoy son norma en esa corrompida casa. Pero lo primero es saber para qué queremos enseñar y eso supone hasta una idea de la felicidad. Yo creo que el objeto de toda enseñanza, en sus niveles básico y medio, es transmitir nuestra herencia cultural, que no nos pertenece, de la que somos solo albaceas, y que es un crimen que se la estemos negando a nuestros hijos, sobre todo a los más humildes, a aquellos a los que se les negó siempre. Creo que la cultura es una contribución casi imprescindible para una vida plena. Pero hay quien cree que la felicidad es estar jugando en lugar de aprendiendo. Personalmente sólo se me ocurre pensar que nunca fueron niños ni recuerdan su primera juventud, o que fueron niños muy desdichados. Un niño es feliz siempre, pero su vida no puede ser sólo jugar, crecer sin límites, porque se aburrirá y buscará fuera lo que nadie le ha ayudado a encontrar en sí mismo.  

 

- En Finlandia que está en el extremo opuesto al de España en el ranking de los países desarrollados se da importancia capital al profesorado y por eso los resultados son tan buenos. ¿Cree usted que el profesorado español está cualificado para impartir una enseñanza de calidad o simplemente es un problema sistémico?

 

Ya son las dos cosas. El sistema ha terminado por degradar los cuerpos de profesores, que eran excelentes, en general, hasta que se impusieron (por la propia LOGSE, en primer lugar) las desvergonzadas regularizaciones que negaban el mérito y la capacidad. También se había hecho a finales de los setenta y primeros ochenta con la diferenciación entre oposiciones libres, durísimas, y restringidas. Pero nunca se alcanzó la insensatez de los últimos años: entre los beneficios del zapaterismo hay que contar también con el sistema de oposiciones que implantaron con la LOE, aplicado por unas comunidades en manos de los sindicatos y que condujeron la selección de profesores a una rebaja de exigencias inconcebible. Y eso en la secundaria. En la enseñanza primaria es mucho peor, pues ya no les piden conocimientos, solo didácticas, didácticas de la nada, y ahí están las facultades de Educación cuyo mejor destino sería cerrarlas. Y volver a las viejas escuelas de Magisterio o de EGB donde se formaba a los maestros en unos conocimientos generales sólidos, además de algo de pedagogía y psicología, para luego aprender la profesión donde se aprenden siempre las profesiones: ejerciéndolas. Y así, hoy acude a la enseñanza mucha gente que sólo busca un trabajo sencillo, cuando se trata de unos de los trabajos más complejos que existen y más necesitados de responsabilidad. No diré vocación, porque es ridículo pensar en que pueda haber una nación con ochocientos mil profesores, desde la infantil a la universidad, con vocación para educar. En todo caso, para enseñar, y tampoco. Lo que hay que tener es gente muy bien formada, bien considerada socialmente, bien pagada, respaldada con autoridad y respeto, y a la que se le exijan resultados y profesionalidad. Pero, dicho esto, los españoles deben ser muy conscientes de que si el sistema no se ha hundido aún más ha sido gracias a los profesores, la inmensa mayoría de los cuales han sostenido la formación de los jóvenes a pesar de toda la catarata de estupideces que les llegan de arriba, de la burocracia, el comisariado de los psicopedas (no de todos, claro, que también los hay que ya han renunciado al mesianismo con que los formaron) y la presión de unas familias en las que se junta el desentendimiento con respecto a sus hijos, con el consentimiento y la hiperprotección desde la que atacan a los profesores y condenan a sus hijos a la minusvalía cultural y personal. Y, a pesar de todo eso, hay muchísimos jóvenes extraordinarios, lo que resulta casi un milagro y devuelve la fe en el ser humano. 

 

¿Qué receptividad está notando usted de su libro en las comunidades educativas?

 

Afortunadamente, muy buena. Sobre todo entre los profesores, lo que dice mucho en su favor, porque, como habrán percibido, no se trata un libro complaciente ni corporativo. Pero también se centra, y enlazo con la respuesta anterior, con la idea de que si no recuperamos a los profesores, si no les devolvemos el protagonismo y la autoridad (no penal, intelectual, su tarima simbólica), si no limpiamos la cantidad ingente de adherencias burocráticas que les impiden estudiar y mantenerse al día en su asignatura; si no encauzamos a esos padres –y a esas madres- que no saben nada de sus hijos y quieren hacerse el héroe ante el profesor y, sobre todo, ante los maestros de primaria; si no apartamos a los ignorantes expertos pedagógicos, ejércitos de didactas dando lecciones todo el día sobre cómo hay que enseñar sin haber pisado jamás un aula de, por ejemplo, un instituto; si la sociedad española no vuelve a seleccionar rigurosamente a sus profesores, a los mejores, y no vuelve a confiar en ellos, no hay nada que hacer. Dejemos de decirles desde ámbitos político-pedagógicos (toda esa basura intelectual de lo políticamente correcto) cómo tienen que hacer su trabajo, y pidámosles cuentas, resultados. 

 

¿Detrás del empeño de sustituir la lengua común (el español) por las autonómicas qué intención hay? Porque en esto parece que no se salva ningún partido del arco parlamentario.

 

La intención la sabe usted mejor que nadie: construir nuevas naciones, en las que, y ese es un objetivo fundamental, las castas sociales y hasta étnico-lingüísticas que siempre controlaron el poder en determinadas regiones, sigan conservándolo intacto. Sólo hay que mirar los apellidos dominantes en las instituciones y las empresas en regiones como Cataluña o el País Vasco para percibir con meridiana claridad de qué se trata. Recordemos el trabajo del ex-rector de la UPV Manuel Montero, de hace unos años, donde se pone de relieve el hecho de que la minoría euskaldún es dominante en todas las instituciones vascas. Y lo mismo ocurre en Cataluña con los catalanohablantes de apellidos con pedigrí. En “La tarima vacía” he dedicado un capítulo, “España, Nación sin Estado”, a este asunto. Si en España el Estado liberal decimonónico hubiera acabado, como en Francia, con el caciquismo imperante en las regiones, o el poder de la Iglesia –esencial en el caso vasco, como ha puesto usted de relieve en su libro “Educación y nacionalismo”- los nacionalismos habrían carecido de bases para instaurar su poder. El famoso Estado español es, no diré que un Estado fallido, afortunadamente, pero sí un Estado fracasado en la medida en que no ha conseguido la igualdad real de todos los españoles ante la Ley. O ante las infraestructuras. Y hoy menos que nunca, cuando hay provincias vecinas en el sur de España sin enlace ferroviario (no AVES, simples y jodidos trenes), como Almería y Murcia, o Murcia y Granada, mientras el PNV, y antaño Convergencia en Cataluña, siguen llevándose los bocados principales del presupuesto, encima para unos trenes que el abertzalismo nunca quiso y han costado hasta muertos. Por no hablar de la financiación per cápita de regiones que cuentan con la tercera parte de un vasco o un navarro. Y sé que estoy hablando para un medio vasco, y por eso lo cuento, porque creo en la bonhomía esencial de la mayoría de los vascos, y sé que muchos de ustedes no saben lo que está pasando más allá del Ebro. La lengua, en fin, no es sólo la lengua: es el poder, la selección. Y por eso acabar con el español es acabar con esa igualdad indeseada. Y esto no tiene nada que ver con el cultivo del euskera o euskara, como prefieran. Al contrario, si en el resto de España no se hubiera advertido la animadversión hacia todo lo español, el vascuence gozaría de aprecio y simpatía. Como ocurría en la Transición. Y hasta creo que en el propio País Vasco sería algo más que la lengua impuesta, el filtro o el canon que hay que pagar para ascender o gozar de un puesto público. En fin, una pena que las lenguas se estén usando para incomunicarnos, para separarnos. 

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2 Comentarios
Fecha: Jueves, 18 de mayo de 2017 a las 17:30
Ramiro
Enhorabuena por decir las cosas claras.
"El sistema" se ha cargado la enseñanza. Ahora solo hay mediocridad en todas partes, empezando por una buena parte de los propios docentes...
Fecha: Jueves, 18 de mayo de 2017 a las 00:15
Antonio Sánchez Fernández
¡Bravo, Javier! Alto y claro. Un abrazo.

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