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Editorial La Tribuna
Jueves, 3 de agosto de 2017

Los ciudadanos vascos redecoran su pasado más reciente para ocultar su cobardía y su indignidad

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La propia banda terrorista ETA, en sus documentos internos, reconoce que fueron las acciones reiteradas de la Guardia Civil y el trabajo del CNI las que llevaron a la organización criminal a un punto en el que no podía seguir con su actividad asesina, pero los ciudadanos vascos, después de vivir y ser cómplices durante 50 años de una realidad social volteada donde los criminales eran tratados como héroes y las víctimas señaladas y humilladas, se han inventado ahora una historia a la medida de su cobardía e indignidad.

 

Así, al menos, lo pone de manifiesto un informe del Memorial de Víctimas del Terrorismo que revela que la creencia actualmente existente en el País Vasco es la de que fue “el rechazo social a ETA” la razón principal que empujó a la organización terrorista a poner fin a sus acciones criminales. Tanto es así que “la movilización de la sociedad civil”, con un 6,5 sobre 10, es para los ciudadanos vascos la contribución más importante a la hora de valorar a los diferentes protagonistas del final del terrorismo. Dato absolutamente curioso e increíble, sobre todo si se tiene en cuenta que, en la misma investigación, casi siete de cada 10 vascos reconocen que no participaron nunca en las iniciativas sociales convocadas contra ETA especialmente a partir de la segunda mitad de la década de los noventa del pasado siglo.

 

Según la investigación en cuestión, la irreal historia que se han inventado los vascos dibuja un escenario abracadabrante en el que la Policía apenas participó en la caída de ETA (¡quinta contribución más importante!), en el que fue la “evolución interna” de la organización criminal y de los proetarras la que llevó al desarme y en el que las acciones políticas (Pacto de Ajuria Enea, Ley de Partidos, etc.) tampoco tuvieron prácticamente ningún valor.

 

Está claro que los ciudadanos vascos quieren sellar su pasado lleno de cobardías, de complicidades con el horror, de silencios comprensivos, de mirar hacia otro lado, de compadreo con los asesinos y, en algunos, no pocos casos, de complicidad activa con los terroristas, corriendo un tupido velo sobre la infamia independentista y socialista que produjo casi un millar de víctimas, que envió a casi 200.000 personas al exilio y que provocó más de un billón de las antiguas pesetas en daños materiales.

 

Pero la realidad es tozuda, y algunos recuerdos todavía están muy vivos: apenas fueron un puñado de ciudadanos vascos los que dieron la cara contra el terrorismo y por la libertad; se pueden contar con los dedos de las dos manos los intelectuales y artistas que alzaron su voz contra la infamia; se pueden contar con los dedos de una mano el número de asociaciones, fundaciones y oenegés (¡hoy tan valientes!) que se pusieron de frente al tiro en la nuca; y hay que hacer esfuerzos para encontrar hombres y mujeres de Estado que se comprometieron de verdad con las víctimas, con los humillados, con los defenestrados y con los despreciados por el rodillo del nacionalismo y del terrorismo vascos.

 

El mantra de la lucha heroíca y mayoritaria de la sociedad vasca contra ETA, jaleado por políticos interesados, por intelectuales que siempre callaron ante el rugir de las armas terroristas, por decenas de periodistas silentes ante los coches bombas y por tantos “expertos” sobre la cuestión vasca como han surgido después de que ETA haya dejado de matar, no es más que un mito, una ensoñación falsaria que los cobardes utilizan para acallar su mala conciencia. Es, en el fondo, el mismo mito que en su momento llevó a miles de ciudadanos a creerse firmemente sus siempre inventadas luchas “antifranquistas”. Una burda y soez mentira. Y es que Franco murió en la cama. Y ETA se acabó en el cuartel de la Guardia Civil de Inchaurrondo.
 

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3 Comentarios
Fecha: Martes, 22 de agosto de 2017 a las 11:20
imanol Aguirre López
En la transición, las únicas fuerzas sociales que salían a la calle en el País Vasco tras cada atentado (prácticamente semanal) estaban comprometidas con el antiguo régimen; en ese sentido, mostraban sus himnos y consignas. En tales concentraciones participamos quienes hacíamos frente al terror separatista. No había personas de otros partidos políticos (que se fueron incorporando a la protesta al cabo de muchos años).

Si esto es verdad, es razonable pensar que la lucha anti-terrorista en el País Vasco, la única oposición callejera, la llevaron a cabo un reducido grupo de personas que hacían eco a las únicas ideas que aparecían en escena.

El resto, lamentablemente, se quedaron acobardados en su casa.
Fecha: Lunes, 21 de agosto de 2017 a las 23:03
Mari Carmen
No puedo estar más de acuerdo, cómo siempre Raúl.
Fecha: Sábado, 5 de agosto de 2017 a las 13:04
Iñigo
Es cierto que el país vasco tiene mucho de que avergonzarse. Sin embargo, yo pienso continuamente de qué manera podemos afrontar el futuro fortaleciendo el ideal no nacionalista en Euskadi tras el fin del terrorismo. Lamentablemente, palabras como indignidad no fascinarán a muchos votantes del PNV, ni tampoco de los partidos no nacionalistas. El país vasco necesitó mentalmente poner una barrera en la misma noche en que ETA anunció que dejaba las armas. Por ello, creo que es necesario hacer un plan para crear buena madera no nacionalista en un entorno mayoritariamente abertzale. Si no somos inteligentes, ocurrirá como en Cataluña, donde entidades como SCC o Dolça Catalunya sólo nacieron tras la explosión independentista. Reflexionemos.

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