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Ernesto Ladrón de Guevara
Martes, 22 de agosto de 2017

El poder del lenguaje para el control de las masas

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Orwell fue sin duda un adelantado y un visionario. En su famosa obra “1984” describía a la perfección lo que Victor Klemperer analizaba en su obra “La lengua en el III Reich”.

 

Sin el más mínimo género de dudas, el poder transversal de la democracia de partidos que no es lo mismo que los partidos de la democracia, ha diseñado un sistema para modelar el pensamiento colectivo, para limitarlo a los parámetros que interesan para tener aborregado al personal, para que el conjunto de personas que forman eso que se llama sociedad sea incapaz de analizar con criterio propio, sin bridas, sin orejeras, sin más limitaciones que la libertad de aproximarse a la realidad sin estereotipos  prefijados.

 

Ese poder troquela las mentes, según paradigmas convenientemente diseñados para tener a las personas adocenadas, sometidas al pensamiento políticamente correcto. Para ello se han necesitado varios mecanismos debidamente diseñados a tal efecto:

 

Por una parte una partitocracia que de apariencia de democracia pero que en realidad sea profundamente antidemocrática en el fondo y en las formas. Tal como insistentemente repiten los socializadores de esta democracia orgánica que son los partidos y los sindicatos, el poder está residenciado en el pueblo y éste es el soberano. Si realmente lo fuera, se respetaría su voluntad, lo cual no es ni remotamente. El poder dimanado del soberano es todo menos representativo. Son los partidos los que eligen a quienes han de representar a los ciudadanos y no éstos, No existe proporcionalidad alguna entre la voluntad expresada en las urnas y la real representación surgida de las componendas electorales. Las diferencias existentes entre las diferentes comunidades y provincias y los diferentes ámbitos territoriales provinciales  son abismales. El valor del voto en unas y otras oscila tanto que hace inevitable pensar que el  lema “un hombre o mujer, un voto” no tenga valor real alguno pues es una mentira inapelable. Son los partidos políticos los que manejan los hilos del poder y no los ciudadanos a través de la voluntad expresada; y los sindicatos en el ámbito laboral y no los trabajadores que son los depositarios de los derechos y no aquellos  usurpadores de su representación. En definitiva, esto que llamamos democracia es una vulgar patraña, pues si el término democracia viene de “demos”, o sea pueblo, en el sentido que corresponde  al conjunto de los ciudadanos que ejercen el poder político para gestionar el bien común y el interés general, lo que funciona en realidad en las sociedades europeas es todo menos eso. Y sé que decir esto es pecado mortal en el actual sistema político donde se establece lo que los ciudadanos han de pensar y decir, pero en esto consiste la libertad, y si alguien tiene la tentación de poner bozal en mi boca para que no exprese mis ideas quedará al descubierto y dejará en evidencia que este sistema político es una democracia inacabada, pues ésta consiste en respetar  las libertades y derechos establecidos en la propia Constitución, cuya letra y espíritu se mancilla de forma continuada, impune y sin recato alguno.

 

Por otra parte, para fijar el redil por el que han de circular los súbditos de lo políticamente correcto se limita a cordel lo que la gente ha de pensar y expresar, estableciendo una policía del pensamiento con paradigmas debidamente consensuados desde la superestructura del pensamiento prototípico que define los límites de la libertad de expresión, de la libertad de asociación y de la libertad de reunión.  De esta guisa, sobre la base de figuras pseudolegales que representan a sentimientos como el odio se auspicia el procesamiento de quienes se muevan en las arenas movedizas de lo políticamente incorrecto, tal es el caso de la ingeniería social de las políticas de género, de los nuevos paradigmas que resuelven lo que es o no correcto desde el plano de la sexualidad, la disolución de la familia como fin último, unos falsos y vacíos conceptos sobre lo que ha ser la orientación izquierdista de la sociedad, estigmatizando a la derecha, la llamada falsamente “memoria histórica”, las teorías falsamente humanistas de acogimiento indiscriminado de inmigrantes que hace peligrar a nuestras sociedades y su idiosincrasia…; y llevando al ostracismo a todo aquel que  se salga del populismo más aberrante,  con fórmulas de sucedáneos ideológicos vacíos de todo pensamiento formal y de políticas realmente efectivas y adaptadas a la realidad del presente.

 

Además, este diseño viene de la mano de la adulteración del lenguaje, vaciando de significado y tergiversando el verdadero sentido semántico de las palabras, cambiando su contenido conceptual decantado diacrónicamente por la cultura transmitida y por la evolución de nuestras sociedades. Modificando,  de esta manera, el valor de las palabras y, por tanto, el poder instrumental que tienen éstas para configurar la capacidad de las personas para pensar de forma autónoma, rigurosa y exacta, pues las palabras son una proyección de la realidad sobre la mente y la potestad que tiene ésta para representar el mundo y las cosas de la  manera más objetiva que éstas  permiten.

 

Una de las cuestiones claves en este desarrollo de la ingeniería para manejar a las sociedades al gusto del poder establecido es el vaciamiento de la cultura, de la cual se deriva el lenguaje, modificándolo al gusto de las tendencias preconfiguradas por el consenso. Su fin y objeto es suplantar la voluntad general por los designios prefijados por los partidos políticos en una partitocracia ajena a los ciudadanos que detentan los derechos civiles y que son los destinatarios genuinos de la democracia. Para deformar la cultura como legado transmitido a través de las generaciones son necesarios dos instrumentos: por una parte un sistema adoctrinador que sustituya a la educación como proceso y finalidad, es decir, la escuela, manipulando a los niños y conformando sus conciencias y su esquema de valores al gusto de la superestructura; y por otra, sacarles de la lengua que transmite, aglutina y deposita esa cultura, cuyos máximos exponentes son las palabras y la estructura conceptual que configuran éstas; sobre la que se establece el pensamiento como sistema de representación y como herramienta para modelar esa realidad. Sin un sistema lingüístico común que homogeneice y de cuerpo común a los sistemas de pensamiento derivados de la cultura generada a través del tiempo histórico, se diluyen los lazos comunes de las sociedades, y de esta forma éstas son más manipulables y susceptibles de ser dirigidas por un sistema caciquil y por esa superestructura que maneja los destinos de la nación de los ciudadanos libres e iguales.

 

Con estos paradigmas, la idea republicana como reflejo de la voluntad del pueblo  y como ente  histórico  que da cuerpo y sentido al sumatorio de los ciudadanos libres, iguales e inteligentes, queda arrumbada y desplazada del sitio donde ha de residir, es decir la “demos” o sociedad que es depositaria de la voluntad política y de las libertades, donde cada uno de los miembros que la componen ejercen su capacidad para definir su futuro y autorregularse. Pero para ello esa sociedad ha de estar educada, es decir, ha de tener la capacidad de sentir, pensar y expresarse sin ataduras, sin cordeles que limiten su pensamiento y lo alienen, derribando los muros semánticos que adulteran el valor y sentido de las palabras y combatiendo las imposiciones que obligan a transcurrir por códigos lingüísticos extraños y ajenos al poso cultural transmitido por sus mayores.

 

La democracia no es lo que tenemos. La democracia se expresa respetando el mandato de las urnas y, sobre todo, el mandato constitucional, aunque éste sea una carta otorgada y no constituyente en el más pleno sentido de la expresión.

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1 Comentario
Fecha: Miércoles, 23 de agosto de 2017 a las 10:29
Ramiro
Excelente artículo, de un gran nivel, por cuya publicación les felicito muy sinceramente, así como al autor.

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