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Carlos X. Blanco
Martes, 5 de septiembre de 2017
Carlos X. Blanco

Bufones docentes y Estado zombi

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Hace ya unos años, publiqué algunos breves escritos en contra de la L.O.G.S.E. (Ley educativa de 1990). Básicamente, quería describir en ellos el magno desastre que la citada ley educativa había ocasionado en España. Ahora vuelvo hacerlo, haciendo constar que la actual Ley, la L.O.M.C.E, es todavía peor.

 

El desastre sobrevino con la LOGSE al sistema educativo en general, y las principales víctimas fueron los alumnos, privados del contacto más elemental con las raíces de nuestra cultura, cercenados, mutilados, adoctrinados, nunca instruídos. La perversa Ley supuso, en efecto, una gran merma en los conocimientos de nuestros alumnos. El Latín, el Griego, la Filosofía y la Física sufrieron duros ataques. Incluyo la Física, puesto que hay que reconocer que la "Reforma" no sólo consistió en un ataque frontal a las "Humanidades", sino también al saber riguroso, racional y serio, esto es, al verdadero Saber, así como lo escribo, el Saber con mayúsculas. La inclusión de "Tecnologías", "Administración de Empresas", "Tutorías", "Talleres", y demás inventos e innovaciones logsianas no pueden, en verdad, figurar en el monto del Saber. La formación cultural, humanística y científica, de los jóvenes, se vio gravemente afectada desde entonces. Esa Ley trajo el páramo cultural y los fenómenos populistas que ahora conocemos.
 

El vínculo entre los votos "primaverales" y populistas, primero con el zapaterismo, y después con el podemismo, por un lado, y aquella reforma educativa, por otro, se fue haciendo evidente con los años. Hoy, esa LOGSE queda un poco lejos, pero todas las otras leyes que vinieron no hicieron más que consagrar el desastre y reafirmar la esencia de la propia reforma, incluyendo la Ley Wert (LOMCE), con sus "estándares", "indicadores", "ponderaciones" y demás basura pseudocuantitativa.

 

Devastación. Por lo menos, muchos de los que nos dedicamos a la enseñanza lo fuimos viendo. Un sistema educativo deliberadamente "aflojado" es la mejor preparación de un clima político nuevo, menos crítico y exigente, más globalista y nebuloso. No debemos olvidar que el Estado moderno ha reservado para sí la función de "educar al pueblo", desposeyendo en buena medida a las familias de esta misión, imponiendo incluso un "secuestro legal" (como se decía de la mili) de los muchachos objetores (objetores de pupitre), muchachos indoctos, sí, pero físicamente sanos y aptos para el trabajo con sus manos.

 

La L.O.G.S.E supuso para el nivel cultural medio de los españoles, sobre todo los más jóvenes, un tsunami. Pero no sólo eso; esta calculada Ley consagró al Estado como Suprema Autoridad –globalista, glamourosa, indulgente…pero suprema- y al profesor lo catapultó a las profundidades del oprobio, la humillación, el descrédito.
 

Quizás todavía no me he hecho entender.
 

Las mentes formadas a la manera más clásica pueden percibir aquí una paradoja, o una flagrante contradicción. Se supone que un profesor (desde un director, hasta un interino que "está de paso", desde el funcionario con más sexenios hasta el novato con contrato más precario)…es un profesor. Sí, un profesor es un profesor. En efecto, un profesor es alguien que educa, que enseña, que instruye… alguien que representa, en cierto modo al Estado o, si se quiere, a la Sociedad. Una vez que la Familia (verdadera soberana, a mi entender, en materia educativa) no puede ejercer todas esas funciones educativas, los enseñantes se revisten de la autoridad del Estado, en tanto que formal o materialmente son sus funcionarios y sus brazos ejecutores. Esto es lo que podía entender una mente "clásica", chapada a la antigua. Pero desde la reforma logsiana ya no es así. La famosa Ley, y todas sus hijuelas, como la L.O.M.C.E. de hoy, están diseñadas de arriba abajo con el ánimo de desautorizar al profesor. Cuanto más estatalismo, más "pringado" es el profesor. El sistema mundialista trabaja de esta forma aparentemente paradójica.
 

En las últimas semanas, mi admirado Juan Manuel de Prada ha publicado una magnífica serie de artículos de periódico que expresan el cariz paradójico del Estado mundialista actual. Este gran escritor lo hace en otro terreno distinto del educativo, pero expresa muy claramente la para-doxa del Sistema, su lógica aparentemente falta de lógica. Se refiere don Juan Manuel al incremento de lo que él llama "derechos de bragueta" (aumento de la permisividad moral y sexual, fomento de las parafilias, el homosexualismo, endiosamiento de minorías…) y el hundimiento de los derechos laborales. La izquierda posterior al mayo del 68 no ha hecho otra cosa que claudicar en materia de defensa de los derechos de los trabajadores, pero se ha lanzado gustosa a enaltecer unos "derechos de bragueta" que compensen la gradual conversión de buena parte de la Humanidad en una masa esclava o, incluso, en ganadería bípeda.
 

Pues bien, esta misma para-doxa, esta misma lógica perversa y fundada en la compensación es la que contemplamos en materia educativa. El Estado se niega en redondo a que un gañán (o "gañana") entre 12 y 16 años tenga una experiencia laboral, y sepa lo que significa ser responsable, ganar un dinerillo, aportar algo a la sociedad. El Estado prefiere un "secuestro legal" en un Instituto de Secundaria, en el cual un menor puede permitirse hacer de todo: vejar a los docentes, venir tarde y sin libros, acosar a los compañeros, agredir e insultar. Como es menor, el no cumplimiento de las reglas se reduce a unas intermitentes vacaciones en casa, eufemísticamente llamadas "expulsiones", y nada más. Nadie le puede expulsar definitivamente del sistema educativo y, si le place, el gañán puede dar por el saco unos años más, y matricularse en ciclos post-obligatorios después de tener los dieciséis cumplidos e incluso cobrar una ayudita económica, como premio a su gamberrismo.
 

Es el mismo caso de para-doxa: el Estado impone, incluso con intervención ocasional de agentes policiales, el ingreso o encierro de todos los menores de dieciséis años en unos establecimientos educativos en los que malamente se aprende algo bueno, con tanta mezcla y tanta "diversidad". El Estado usa toda su fuerza, su imperium, para llevar a cabo el encierro (la verdad que incluso en esto es burlado por las cifras inmensas de "absentistas"), y una vez que las reses necesitadas de marcaje educativo están encerradas, ese mismo Estado se desentiende por completo de ellas, a no ser que los "derechos del menor" o el sacrosanto "derecho a la educación" se vean menoscabados gravemente. Pero si no hay denuncia en curso, ¡allá se las apañen los docentes (y conserjes y demás personal educativo) con las reses debidamente marcadas en un curso, etapa, nivel o "itinerario)!.
 

Este Estado neoliberal, mundialista y nebuloso, quiere darse años extra de vida y recuperar energías en su exánime declinar, despotenciando a los "agentes de a pie" que están llamados a defenderle. Igual que esos guardias de Ceuta y Melilla que deben proteger nuestra frontera nacional, pero que si dan un empujón a un salvaje invasor, ya "la liaron parda" y pueden acabar en la cárcel, los pobres docentes tienen, desde la reforma logsiana, la ingrata misión de marcar, vigilar, pasar revista y aguantar (pero no educar) a esas masas ineducables que en todo sistema y en toda sociedad han existido y existirán. El llamado "derecho a la educación", en realidad, no es otra cosa que un privilegio. La colaboración de un buen ambiente familiar y otro buen entorno escolar suele dar muy buenos frutos, pero el encierro de personas menores que no han recibido una atención especial, dados sus problemas específicos, o que resultan más aptas para un trabajo remunerado que para los libros, no es "derecho a la educación". Es otra cosa. Es basura estatalista.
 

Este modelo mundialista de Estado posee ciertos rasgos propios de los zombis. Siempre me encantaron los zombis. Son paradójicos. Muertos vivientes. Están muertos y huelen mal, pero se mueven, atacan, son una burla de la vida. Lo mismo, el Estado español post-logsiano. Ha salido adelante –hasta hoy- retirando autoridad a sus agentes. La idea de Estado y estatalismo se refuerza con un equivalente a los "derechos de bragueta" de los cuales nos habla Prada. El "derecho a tener derechos". El derecho a la educación entendido como algo gratuito, un maná llovido de los cielos, una especie de "gracia" con la que un niñato, o la madre y padre que los crió, se ven investidos. Un instituto de secundaria, desde la L.O.G.S.E. hasta hoy, es una especie de inmensa Hoja de Reclamaciones. La educación en España se vive como una especie de escuela de americanismo perfecto: "¡Oiga –dicen algunos padres- que yo pago mis impuestos!". Esto se lo he oído incluso a alumnos, lo cual resulta más risible. Como si educar e instruir fuera lo mismo que acudir a un restaurante, encontrarse moscas en la sopa, y pedir el libro de reclamaciones. Los "derechos del consumidor": pagamos la educación de nuestros hijos, y por tanto pedimos representantes de padres y alumnos, exigimos "participación", fomentamos Consejos Escolares. El Estado quiere sobrevivir como un zombi, traslada sus gusanos y podredumbre a órganos periféricos, asestando puñaladas en los órganos inmediatos de la autoridad: el padre de familia, el maestro, el educador.
 

Como anécdota (aunque por fortuna esto ya está derogado) diré que hubo un tiempo logsiano en que la expulsión de un alumno por faltas graves no podía realizarla un director o jefe de estudios. Debía ser aprobada por un Consejo Escolar, formado por padres y alumnos "representantes".

 

También oí de casos en los que un profesor insultado o vejado por un alumno debía aceptar un careo con ese mismo alumno, equiparando su versión a la del menor "imputado". Esto ya no ocurre, creo, pero ilustra a qué grado de crisis de autoridad profesoral se ha llegado con la célebre reforma. En cualquier caso, el ataque a la autoridad del docente se puede registrar en miles de situaciones distintas. Sus decisiones en materia de evaluación son objeto de sospecha a priori. A los profesores ya se les piden fotocopias de todas sus correcciones de trabajos y exámenes, explicaciones por escrito de todas y cada una de sus acciones y omisiones, registro exhaustivo de faltas de alumnos y de "estándares" (aaaj, ya no existen "lecciones"). En definitiva, el profesor post-logsiano ha quedado reducido a la condición de pobre bufón, un "mediador de aprendizajes", un "dinamizador de aula", en suma, un papanatas, que sabe que no enseña, que carece de toda autoridad y, lo peor de todo, alguien en quien nadie cree, alguien a quien nadie le guarda estima. La perversa naturaleza del Estado mundialista zombificado se contempla hoy en el rostro del pobre bufón de aula, el docente. El Estado se hincha de autoridad, quizá por última vez en su ciclo vital, exigiendo la obligatoridad del secuestro legal de menores en los institutos, y para ello paga sueldos no a carceleros, sino a bufones bajo permanente sospecha, cuya misma respiración, tos y parpadeo están bajo la mirada de todo Cristo: padres, alumnos, jefes, inspectores, compañeros. Los resultados están a la vista.

 

Miles de niños malcriados de este Estado zombi, al crecer, votan a Podemos, reclaman "derechos de bragueta", se suman festivamente a un movimiento "indignado", mientras anhelan la tarjeta (un marcaje de reses) de subsitencia social o aceptan un empleo a tercio de jornada y preparan su lengua para abrillantar salivarmente las botas de su empleador. Los docentes bufonescos de hoy preparamos los esclavos de mañana.

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1 Comentario
Fecha: Martes, 5 de septiembre de 2017 a las 20:00
Mikel
Añadiría, con cierto rubor, el empeño, sistemático, de quitar de en medio, toda referencia moral, católica, pretendiendo sustituirla por verborrea-bienqueda que, a la postre todo vale o no vale nada, en beneficio de los instintos de bragueta para la risa babosa del personal;así, tenemos al animal-cipayo- que acepta todo, sin criterio, como soldado urbano chusquero.

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