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Carlos X. Blanco
Domingo, 10 de septiembre de 2017

El Estado que mata antes de morir: la muerte de la Autoridad

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Algunos profesores, especialmente en la Enseñanza Media, nos preguntamos de dónde procede esta oleada feroz de "crisis de Autoridad" en los institutos. No es un fenómeno privativo de España. En realidad, se detecta en todo el Occidente. Forma parte de la decadencia que, en palabras del filósofo alemán Spengler, tiene por fuerza que ser natural y cíclica.


Todas las civilizaciones, como las personas, llegadas a un momento senil, decaen. Decaer significa muchas cosas: a las civilizaciones y a los organismos vivos cuando declinan les falta flexibilidad, disposición para el cambio, rapidez de reflejos ante los peligros: crisis de instituciones, pacifismo, degradación moral. Es lógico que la Escuela, el Instituto y la Universidad caigan en franca decadencia, junto con las demás instituciones de una civilización occidental que se muestra senil.


La gran institución en decadencia, de la que derivan las otras fundamentales del Estado, es la Autoridad. Si no hay Autoridad en la Corona, en el Ejército, en el Gobierno y la Administración, en el Clero, en los Municipios y Comunidades, y, muy fundamentalmente, en la Familia, no hay nada que hacer. Y que conste que el Principio de Autoridad no significa necesariamente "autoritarismo".

 

El Principio de Autoridad significa que no todos los hombres servimos para lo mismo, y que ciertas tareas complejas en la sociedad civilizada deben ser acometidas por jefes y entendidos en las materias dadas. Ese Principio de Autoridad permite comandar naves, ejércitos, empresas, escuelas, granjas, municipios. Sin ese Principio, el hombre se sume en la barbarie más absoluta.


El Estado moderno, como ya indiqué en un artículo anterior, ha venido desactivando este principio en algunas de las instituciones que, sin embargo, le habían dado vida e insuflado toda posible legitimación: la familia, y, después, la escuela, hicieron posible el Estado. En realidad es la familia la célula de la sociedad, y el seno en donde un niño aprende a reconocer la Autoridad. Que unos padres no quieran hacerse obedecer, abdiquen, renuncien, esquiven, deleguen en esa tarea fundamental cual es mandar, obligar, hacerse obedecer, no puede ser otra cosa que el orígen de un cáncer con metástasis. Si los padres no mandan, malamente podrán corregir esto los sargentos "chusqueros", los jueces o maestros duros, los agentes del orden.

 

Todas las demás instituciones sólo pueden complementar la autoridad de los padres sobre los niños en las familias, pero ésta autoridad paterna es la esencia del Principio de Autoridad, sobre cuya base se alza una Civilización.
 

Pero ya he comentado en otra ocasión que el Estado actual se infla, como un pavo, para arrogarse cada vez más funciones, arrebatándoselas a los "cuerpos intermedios" que siempre hicieron aquello que naturalmente les compete. El maestro educa, el capitán de barco gobierna la nave, el oficial manda a la tropa…Y si el maestro o profesor debe educar, tiene que contar con autoridad. Sin embargo, el Estado, desde la famosa LOGSE (1990), hasta la LOMCE (2013) actual, no ha hecho otra cosa que legislar en contra de la autoridad de los docentes, en consonancia perfecta con sus intromisiones en el seno familiar.

 

Estas intromisiones en la potestad de los padres abarcan desde la obligatoriedad de enviar a los niños a un centro escolar oficial, hasta la admisión a trámite de denuncias de los hijos hacia los padres por los asuntos domésticos más peregrinos (retirarle el móvil a un menor, prohibirle llegar tarde, espiar sus mensajes electrónicos…). El padre o la madre se han convertido, por arte de birlibirloque, en unos pobres diablos, funcionarios mediopensionistas de un Estado ante el que rinden cuentas como súbditos, meros agentes interinos que ya no disponen de medios para educar a sus hijos sin que un juez o un vigilante social no se inmiscuyan alguna vez en casa. A cambio, el Estado postmoderno otorga, de manera fraudulenta o inflacionista, más y más derechos y prerrogativas a esos pobres padres "pringados", como quien reparte limosnas a los oprimidos y da caramelos a los embobados, haciéndoles felices por muy poco.


Esos mismos padres que han visto perder, una y otra vez, su verdadera potestad, su "soberanía" educativa, su intimidad convivencial, se crecen a la hora de pedir explicaciones y justificaciones al profesor de sus niños. No es que ya no consientan a que se le ponga la mano encima de un niño (hoy, los niños son tan frágiles que no se les puede ni siquiera vocear, pues se rompen "emocionalmente"). Es que el profesor, hoy, desde la LOGSE, es un pelele sin autoridad que, a la más mínima queja paterna, ha de ponerse firme ante unos padres que, estúpidamente, creen disfrutar de su "derecho como consumidores" y como "pagadores de impuestos". Me consta que la famosa libertad de cátedra está pasando sus horas más bajas en los Institutos de Secundaria, y esto es una catástrofe que a nadie le parece importar un rábano. Lo "políticamente correcto" se impone en manuales y en explicaciones, y a un docente le puede salir muy caro eso de "salirse del guión".


Debo señalar que en pocas partes se ve esta conexión postmoderna, esta doble maniobra:  entre un Estado que desautoriza a los padres en su seno –la familia- para darles, orinando fuera del tiesto, a cambio, plenos poderes en otro terreno distinto, la Escuela y el Instituto. A la vez, con estos trasvases propios de la Ingeniería Social, buscando un "hombre nuevo", más plegado a la Globalización y a su pérdida de autonomía, identidad y raíces (algo que persigue el capitalismo salvaje últimamente), el Estado se hincha como lo hacen algunos tipos de estrellas en el cosmos, justo para reventar y morir poco después, desvaneciéndose en el negro espacio, y dejándose absorber su sustancia por entes multi o supranacionales, por arriba o por fuerzas meramente locales o regionales, por debajo.

 

A corto plazo, el Estado, participando de esta Ingeniería social mundialista, cree recuperar fuerza y vida, con su intromisión judicial, legislativa, con la humillación de sus agentes, aliados, miembros naturales, como son los padres y los maestros. Pero a medio plazo, el Estado cava su tumba, y el proceso entrópico de nuestra Civilización no hará más que acelerarse. Porque estos trasvases de la ingeniería social es lo que traen: una tendencia creciente e irreversible al desorden.


Aunque existen precedentes, fue el filósofo marxista italiano Antonio Gramsci quien puso negro sobre blanco la necesidad de que el Estado debía asumir una función pedagógica esencial. Según la doctrina marxista anterior a Gramsci, el Estado había sido visto, por lo general, como una "superestructura", una realidad social secundaria y poco interesante de por sí. Lo crucial, para el materialismo histórico clásico (la doctrina de los padres fundadores, Marx, Engels, Kautsky, Lenin…), era el análisis de la base económica de la sociedad. A partir de las contradicciones entre esta base económica y las superestructuras que ella genera, entre las que se cuenta el Estado mismo, surgirán formaciones sociales diferentes. El Estado, por su parte, "engrasará" mejor o peor la forma fundamental de dominación del hombre sobre el hombre. Como es bien sabido, para el marxismo hay, en el mundo moderno, una forma fundamental de dominación: la económica.


Pero Gramsci inaugura, en gran medida, una mutación explosiva dentro del marxismo. Y no sólo dentro del marxismo, sino más allá de él, llegando a formar parte esencial de esa especie de Pensamiento Único que, de forma poco exacta, se ha denominado "marxismo cultural".  En esta corriente, en la que todo el globo está inmerso, especialmente Occidente, el Estado no sólo es un Padre que socorre al necesitado ("rescate ciudadano", "salario o renta básica", "estado del bienestar") sino también tutor, educador, agente ético transformador del hombre y la sociedad. He aquí lo que reivindicaba Gramsci: un Estado ético, una maquinaria transformadora del Hombre. Un hombre nuevo. Se podrían ganar batallas al capitalismo, podrían estallar revoluciones una y otra vez, pero el demonio reaccionario que habita dentro de cada hombre haría que estas revoluciones fracasaran al cabo de un tiempo. Había que modificar al hombre para que triunfara la Revolución de manera definitiva. El Palacio de Invierno está en el alma de cada hombre o mujer.


Deberíamos retroceder, y pensar seriamente si queremos un "Hombre nuevo". Deberíamos poner coto al estatalismo educativo y defender la soberanía absoluta de la familia en esta materia. Ni somos todos iguales, ni queremos todos lo mismo. Son los padres los que deben entrar en escena, asumir el mando en su hogar. Y no meter sus narices en instituciones o cuerpos sociales ajenos. Padres peleles en casa y déspotas en la Escuela ¿No se dan cuenta? Esto es Ingenería Social de la peor especie. A mayor gloria de un Estado que se despide, que se difumina en la noche del Globalismo.


Muchos docentes que me leen conocerán el epítome de todo lo que aquí estoy diciendo. Un profesor llama a un hogar de un niño varias veces por curso. Manda cartas. Envía mensajes: "su hijo no va bien, su hijo no se comporta, su hijo falta al respeto… desearía hablar con Vd." No hay respuesta, nadie contesta, nadie viene al Centro. El padre no colabora con el profesor, como si no existiese. Al final del curso, ese mismo padre dimisionario, abdicante, cobarde y esquivo de sus funciones naturales, acude al Centro e interpone una reclamación contra el profesor. Le sale gratis, tenga razones o no para ello. Disfruta de un "derecho" y lo ejerce. Esta pequeña historia que conocemos todos los docentes ejemplifica lo que vengo diciendo en el artículo. El Estado judicialista e incontinente en materia legislativa es el Estado que mata antes de morir: mata al padre y mata al profesor.
 

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