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Antonio Ríos Rojas
Lunes, 30 de octubre de 2017

¿Bendita juventud?

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[Img #12552]No suele ser infrecuente en la prensa española que, con muy buen gusto y aún mejor criterio, los más tradicionalistas echen mano de Chesterton como motivo inspirador para sus escritos, así como con igual gusto y criterio, los liberales y europeístas se acojan a Zweig como su fuente inspiradora.

 

Yo quiero hoy valerme también de un escritor que junto a los dos ya mencionados es de mis predilectos, Robert Louis Stevenson. Su obra supone sobre todo la perfección en el relato de aventuras, y es que aunque Zweig y Chesterton trataron también la aventura, Stevenson lo hizo más ajeno que los otros a la política, y es por ello que lo traigo porque quiero hablarles de juventud y de aventuras. Y quiero valerme hoy sobre todo no de una de sus novelas sino de un ensayo, el titulado “La gruñona vejez y la juventud”. En sus ensayos es Stevenson siempre ponderado, extraordinariamente sensible, atinado, pero en el citado he de discrepar con quien me ha regalado tantas horas de felicidad con sus novelas, cuentos, libros de viaje y ensayos. ¿Discrepar? Mejor decir matizar.


Se queja Stevenson de que a las ilusiones de la juventud se le hacen “toda suerte de restricciones, mientras ninguna o casi ninguna se hace a los desengaños de la vejez”. Y a esa sabiduría prudente de la vejez, fruto de la experiencia y del saber acumulado que otrora fuera respetada la califica Stevenson de un conjunto de “proverbios pusilánimes”.


Bien, al ver la semana pasada a miles, decenas de miles de adolescentes catalanes manifestarse contra la “represora y franquista España” y al oír la sensatez con la que muchos viejos –especialmente del PSOE- apelan a la unidad de España y a la igualdad de todos los españoles, no tengo sino que comenzar a analizar y a matizar los pensamientos de Stevenson y su glorificación de la juventud.


Es cierto que la adolescencia -hoy extendida a veces hasta los 40 años o más- suele ser la etapa de la vida en la que uno busca romper con lo establecido, desasirse de lo dado; se vive anhelando la aventura, se sueña con ella, hay en el adolescente algo felino, tanto cuando mira como cuando esquiva la mirada. Pero también esta alma felina adolescente sabe reposar y al acostarse por la noche abraza la almohada pensando en su amor que verá a la mañana siguiente en la escuela y al que apenas se atreverá a hablarle –aún quedan muchos de esos-. Sí, el adolescente necesita creer, soñar, en eso tiene razón Stevenson. Y en eso es la adolescencia una bendición. El arrojo y el apasionamiento de un joven por la aventura es loable y con los años ese joven –como bien dice Stevenson en el ensayo citado- no tendría por qué arrepentirse de aquellos impulsos que movieron sus entrañas en la bendita juventud. Pero mi primera pregunta está cantada: ¿es la juventud, la adolescencia de hoy igual que la de ayer? No. La juventud de la que habla Stevenson muy poco tiene que ver con lo que hoy llamamos “juventud”, como tampoco la madurez de hoy tiene que ver con la de ayer, ni tan siquiera la vejez. 

 

¿Son acaso los sueños de aventura de esas turbas, de esa masa de adolescentes catalanes iguales o parecidos a los personajes adolescentes de Stevenson? La mayoría de esos adolescentes (no los llamo estudiantes por respeto a la palabra y al estatus que otrora tuvo el término estudiante)  que inundaban con esteladas y al grito de “libertad” las calles de Barcelona eran en su mayoría niños de papá, pijos rebeldes que lo tienen absolutamente todo. Esa juventud no es la juventud que recorría enormes distancias para ir a las escuelas rurales en la Inglaterra de Stevenson, ni es tampoco esa juventud esclava del capitalismo voraz que les hacía trabajar doce horas al día en las fábricas inglesas –y de la que Dickens, más que Stevenson dejó constancia-. Ningún miembro de esa masa adolescente que no ha conocido la pobreza ni la carencia ni la miseria sería fuente inspiradora de los jóvenes de las novelas de aventuras de Stevenson, pues esta masa adolescente no clama por justicia, sino que armados con su ignorancia y levitando en su sobreabundancia, claman por una aventura sin sentido que se inserta en el corazón más profundo de la injusticia. En su ceguera, no son capaces de darse cuenta.


Así pues –como decía Ortega en sus pensamientos sobre las generaciones-, un adolescente de hoy tiene más que ver con un adulto de hoy que un adolescente de ayer. Pero sí que hay algo estable, duradero y permanente  en la adolescencia y en la madurez de todas las épocas históricas, y es que la edad tiende a hacer que reestructuremos o rehabilitemos nuestro pasado, pues no somos sino gracias a lo que hemos sido, y en ese mirar atrás no nos habríamos de arrepentir –como recuerda Stevenson- de las aventuras dignas de tal nombre ni de los sueños necesarios, ni de la torpeza con la que intentamos seducir a aquella chica, que evidentemente optó por otro, sino que nos arrepentiremos de las imbecilidades y de las injusticias cometidas, no por inconscientes, menos soeces y repugnantes. Y no pocos de estos jóvenes que gritaban “España fascista”, o “Cataluña libre” en la Cataluña más próspera de la historia de esta región española, sentirán vergüenza cuando dentro de cincuenta años se vean en esos videos, una vergüenza que les hará no sólo sonrojarse sino martirizarse; sentirán una vergüenza como la que Stevenson no podía imaginar en su tan alabada juventud, pues no se trata sólo de un pensamiento equivocado del que uno se purga sanamente con la edad, aquí se trata de ser redil, de ser ovejas.  Y siento pena por ellos. A mayor grado de imbecilidad cometida o gritada mayor será no sólo el arrepentimiento sino el malestar y la discordia interior de uno consigo mismo.

 

No mirará a su pasado juvenil como debe mirarlo un adulto, como fuente de salud, nostalgia e inocencia que renueve sueños e ilusiones en la edad adulta. Como dice Stevenson, el joven no ha de mantener siempre el espíritu en un ponderado equilibrio, ha de creer intensamente en algo, pero en lo que cree la mayoría de esos adolescentes que inundaban las calles de Cataluña es en el absurdo, claman por una libertad que ya tienen, y que además no ganaron ellos sino otros con su sangre la ganaron para ellos; y las leyes que desprecian son las leyes que les protegen y le sirven, hasta el punto ridículo  que les protegen de que sus propios padres les propicien a veces una bofetada, o de que le prohíban asistir a esa manifestación, o de que un profesor les increpe. ¡Y aun así desprecian a la ley!

 

Pero mucho más despreciable son los políticos y profesores adultos que les han educado en esas corruptas ideas, que son fundamentalmente dos, ideas que hace siglos eran con justicia sagrados y que hoy han alcanzado su mayor grado de corruptela: la libertad y la democracia. Una libertad para hacer o pensar lo que a uno le venga en gana y una democracia garante de ese hacer lo que a uno le venga en gana. Y es que, así como el progreso es imparable, y en no parar radica su esencia, la democracia y la libertad, secuaces instrumentos del progreso, no pueden parar, y no pararán hasta que lo destrocen todo, hasta que lo pudran todo siendo lo primero a pudrir el rigor del pensamiento, el orden de los conceptos. Esto es así porque el progreso de la democracia y la libertad no es un progreso sencillamente lineal –el progreso sí lo parece, pero tampoco lo es-, sino un camino con tres etapas, una primera parte cuesta arriba, una segunda de camino llano y una tercera cuesta abajo, y es esta última la que hace a los cuerpos, a las sociedades acelerar, precipitarse en caída libre. Es tan incontrolable la caída que unos caerán de un modo y otros de otro, en caos que se asemeja a los infiernos  de El Bosco. En Cataluña, pretendida falange del progreso, la libertad y la democracia, la locura de esa caída libre irrefrenable ha derivado en lo inesperado, en algo que empieza a parecerse a un infierno, en un auténtico totalitarismo sin fundamento, que sigue disfrazado con esas túnicas de libertad y democracia. Caída libre, pudrición, devastación. Y no pararán en su caída libre hasta que otros miembros de esa sociedad que hayan tenido la heroicidad de frenar su precipicio al vacío les pare, hasta que una sociedad que ha empezado a afinar el olfato y sentir que el progreso, la libertad y la democracia a todo precio son hediondas, les diga ¡Basta!


Esos jóvenes de esas manifestaciones antiespañolas que espumean epilépticamente en sus bocas la palabra libertad y democracia, son los menos libres, son un rebaño de borregos guiados por falsos pastores, por falsos profetas: la banda de políticos catalanes, egoístas ladrones que han ideado un sueño falso e imbécil pudriendo a la juventud. Pudriéndola y sirviéndose de ella, de la forma más vil, pues en un mundo donde se tiene de todo menos protagonismo y momentos de “gloria” a los que instigan la Televisión, el fútbol y el cine, estos pastores alimentan al redil con sueños de grandeza, que son sueños de miseria e injusticia. ¡Si esa juventud fuera libre de verdad! Si fuera libre y consciente se levantaría contra sus pastores, por haberles robado, por estar robándoles su más preciado tesoro: su juventud, y el sueño puro de la aventura del individuo joven y de la masa bovina. ¡Y qué Sócrates fuera condenado por corromper a la juventud con sus discursos mientras que a esa horda de políticos catalanes no se les dé ni a oler la cicuta, muestra la locura del ser humano! Uno condenado por enseñar a pensar, los otros impunes por corromper el pensar. Uno condenado por defender la libertad, otros, intocables por haber usado la libertad para imponer una dictadura, en la que han caído estos niños de papá que esos adolescentes catalanes.


Si algunos entre esas decenas de miles de jóvenes quisieran gozar del tesoro que despilfarran, su juventud, habrían de hacer añicos su teléfono móvil, estrellándolo contra el suelo; tras esa primera hazaña verdaderamente juvenil habrían de ponerse a leer a Stevenson. Aprenderían mucho del arrojo de adolescentes como ellos, aprenderían de Jim Hawkins en La isla del tesoro o de Dick Shelton en la Flecha negra. Aprenderían que la mayor aventura es la que forja al individuo en valentía y en altura moral. Y eso no se hace al calor de la masa, sino en la inflamada llama de la soledad. No hago aquí apología del solitario, pues creo que la esencia de un hombre no se da sin comunidad, pero defiendo que la adolescencia es la lucha contra la comunidad y hoy más que nunca contra la masa, pues ser masa es ser chusma. Sí, que arrojen el móvil, que lo hagan mil pedazos, que desencallen el bote y vayan a salvar al barco como Jim Hawkins, pues ese barco que desencallarán será el de su propia vida. Y de paso que aprendan a ver cuáles son las banderas de los piratas, la calavera sobre fondo negro y… ¡la bandera blanca con la que pretendían pactar para acabar asesinándolos!  Sí, que lean La isla del tesoro y que busquen también la compañía de gente experimentada, que busquen a los mayores, como lo hizo Jim Hawkins y como lo hizo Dick Shelton. Que miren también a David Balfour, protagonista de una novela grandiosa, desgraciadamente no tan conocida como las otras, y que viene ni que al pelo para los catalanes pues en ella David conoce a un escocés “martirizado” por la “tiránica” Inglaterra –contra la que Stevenson carga muy partidistamente-. David siente simpatía por el llamémosle “independentista”, pero va aprendiendo a ver  que este está enfermo de ira y odio, y en este ver el odio del escocés consiste su madurez.


No quiero que un adolescente aprenda la prudencia de un Séneca a tan temprana edad, pero algo senequiano habrá que enseñarles a los jóvenes  en las escuelas para que aprendan así que no importa que no alcancen el éxito al que esta voraz sociedad les conmina, que aprendan que el éxito está dentro de uno mismo. No han de dejar de soñar, pero que ese sueño sea como el de Hawkins, sueños de adolescentes con verdadera valentía y aspiración moral.


Hay un escritor, un pensador que es para mí indispensable en la educación de un adolescente. No se sorprendan demasiado cuando lean que un conservador como yo les dice que ese escritor es Rousseau. Aparte de lo nefasto de su "Contrato social", Rousseau escribe, entre otras, una auténtica maravilla, "El Emilio". Tan criticado como poco leído por conservadores. Curiosamente una feminista profesora de universidad da a leer varios capítulos de El Emilio como ejemplo de un “intolerable machismo”. Esto nos da pistas de que al menos esa detestable feminista ha leído muy bien la obra. Emilio, nos enseña Rousseau, tendrá solo un tutor, como los maestros en la Edad Media, y aprenderá a vivir en la carencia, en la dureza, no dormirá en colchones blandos, sino en tablas de madera y en la tierra del campo. ¿hay algo más sanador, más bello? Olor a monasterio al dormir en tablas y olor a Tierra, a madre tierra al dormir a la sombra de un árbol? Además de Stevenson, este estoicismo roussoniano, que es en el fondo el aprendizaje de la vida, no les vendría mal a estos adolescentes que claman “Viva Cataluña libre” “Basta de represión franquista”.
   
  

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