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Pablo Mosquera
Domingo, 12 de noviembre de 2017

Nacionalismo o progresismo

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La crisis que se está viviendo en Cataluña pone sobre el mundo de las ideas políticas viejas cuestiones pendientes de resolver. ¿Es compatible defender la desigualdad desde vertientes progresistas?. ¿Sería una España Federal un proceso aceptado por los Territorios Históricos, en la medida que haya un reparto de competencias y capacidades para igualar derechos en torno al ejercicio de la ciudadanía?. ¿Por qué se ha dejado en manos de la derecha la defensa del concepto patria española?. ¿Qué clase de complejo sufre la izquierda para caer siempre en las "garras" del nacionalismo y así lograr carta de naturaleza en las denominadas "nacionalidades"?.


Debo recordar, por haberlo vivido en primera persona que, el "contencioso vasco" empezó a resolverse cuando los socialistas descubren que el nacionalismo no puede ser parte de la solución por ser parte del problema. Tal descubrimiento es lo que defendíamos en Unidad Alavesa, algo parecido a los que defienden los militantes de Ciudadanos. En Euskadi tiene su momento álgido cuando tras elecciones municipales y forales de 1999, forjamos un acuerdo de Gobierno para las instituciones públicas del Territorio Foral de Álava, que permite una coalición PP-PSE-UA, en Juntas Generales y Diputación, así como en el Ayuntamiento de Vitoria. De tal suerte que hacemos virtud de la necesidad, consolidando aquel eslogan de "Álava, frontera al Nacionalismo".


Será más adelante, cuando se logre un Lehendakari cocialista, gracias al acuerdo entre PP y PSE. Será la primera vez que los nacionalistas y su proyecto de construcción nacional de un Estado, se vean abocado al fracaso. Evidentemente, también cuenta la pérdida de influencia que ejercía ETA, en la medida que la colaboración policial internacional les quita poder y se disuelve como azucarillo la "leyenda" asumida, sobre la necesidad para resolver el conflicto vasco, en una mesa de negociación entre Estado y la vanguardia nacionalista radical.


Hace unos días, los dirigentes socialistas más veteranos, volvían a preguntarse y hacer autocrítica, sobre la "enfermiza manía" de la izquierda española para buscar tesis nacionalistas y así ser aceptados en esa Cataluña tendente al secesionismo. Todavía los "gurús" del socialismo catalán no han descubierto que el nacionalismo no se para en los Estatutos, pues para sus viejas aspiraciones, tal legislación resulta insuficiente, han demostrado por activa y pasiva, que sólo sirve, el referido Estatuto "mejorado" como instrumento coyuntural para avanzar hacia la soberanía total y propia, es decir, la creación de un Estado-República como fin último.


De tales actitudes acomplejadas se deriva el colaboracionismo de Montilla, uno de los personajes más nefastos que ocupó el sillón de Presidente de la Generalitat. Y es que al inefable cordobés se le hacía muy complicado ejercer como español y ciudadano catalán. Le pesaba que descubrieran su procedencia "charnega", de ahí su entusiasmo en acercar sus posiciones políticas y ser el mejor cónsul ante Madrid, de Ezquerra Republicana, dónde siempre ha primado el independentismo sobre el progresismo social, o lo que es peor, ha vendido que ser defensor de la autodeterminación es la quinta esencia del progresismo social; eso y mirar hacia otro lado, a sabiendas del saqueo ejercitado por la dinastía de los Pujol.  


Esto nos lleva más allá de la declaración de independencia y sus consecuencias jurídicas y legislativas -artículo 155 de la Constitución Española-. Nos lleva a preguntarnos hasta dónde están dispuestos los denominados partidos constitucionalistas que operan en Cataluña a construir un gran acuerdo para curar las profundas heridas provocadas en la sociedad catalana por la última asonada con Puigdemont y Junqueras a la cabeza. En Cataluña tras las elecciones del 21-D se hace indispensable un cambio; un acuerdo de Estado para terminar con el primer gran problema que tiene el Estado español.


Hemos descubierto que la nueva izquierda, la de Podemos, tampoco ha sido capaz de evitar la trampa del nacionalismo. Y mucho menos con personajes tan "emocionables" y tan poco cultos como la alcaldesa de Barcelona, que como decimos en mi Galicia: es de las que "van con los del mercado y regresa con los de la feria". Ni ella misma sabe dónde va. Es un torrente de palabrería que busca ser protagonista y la guinda de todos los pasteles, aunque estén envenenados.


Mientras, deberían escuchar a un hombre de Estado. José Borrell; siempre tiene la frase adecuada y el análisis oportuno para llegar al fondo de la cuestión y no quedarse en formas inservibles, tolerantes, inmovilistas, propias del colaboracionismo. "Urge combatir con más fuerza desde la izquierda al nacionalismo tras décadas de connivencia. El trasfondo es claro: izquierda y nacionalismo son incompatibles porque la izquierda es en esencia internacionalista y solidaria".


Y es que todavía perdura la vieja razón. Izquierda y nacionalismo por la complicidad frente al franquismo.  Ahora estamos en democracia, lo que no es óbice para que se hagan las reformas necesarias al siglo XXI y para las demandas de la ciudadanía, pero sin derechos histéricos basados en mitología o asimetrías para la comodidad de ciertos pueblos que llevan demasiados años viviendo a costa del resto de los españoles, y encima señalando que "España les roba", cuando los que nos debemos sentir desposeídos de lo nuestro, somos la España periférica, la que en vez de protestar, opta por hacer la maleta y emigrar.  

     
Y mucho ojo. Los que han salido a las calles con banderas de España y defendiendo la unidad de la vieja nación creada en el siglo XV, no son todos del PP. Son mucha gente que cuando hablan de derechos sociales, igualdad de oportunidades, sanidad pública, educación pública, justicia fiscal, seguridad y dignidad ciudadana, son de izquierdas y votarían a un socialismo que dejara de disfrazarse de nacionalismo. 

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