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Antonio Ríos Rojas
Sábado, 2 de diciembre de 2017

Sencillamente... Una historia de amor

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[Img #12795]La política es el terreno en el que la bajeza se pone tacones. Todas las pestilencias, todos los hedores que harían vomitar a un cerdo se destapan en la política, contaminando el aire y con ello las almas de quienes, como seres humanos, estaríamos destinados a más altos quehaceres que el oler tanta peste. Cualquier hombre sensato y sensible huiría de ese mundo,  pero, pese a todo,  a quienes no podemos huir por las razones que sean,  nos caben algunas soluciones, o bien la de expresar nuestro desprecio, o bien la de recubrir la política y a los políticos con cierta ironía.

 

Esto último trataré en las líneas que siguen.
   

Últimamente ha habido un hecho rastrero, bajo, hediondo. Se trata de los flirteos, más aún, de los morreos, que la derecha populista y euroescéptica se ha dado con el movimiento de naturaleza más multicultural y más progre de los que habitan en Europa, el independentismo catalán.  Hay quien tiene un estómago lo suficientemente fuerte como para mirar y analizar estos groseros manoseos mutuos desde un ámbito estrictamente político. Quien les escribe, tiene un estómago delicado, de manera que tengo que hablarles de esta historia transformándola en una historia de amor, de desamor si lo prefieren.

 

Una ingenua y delicada joven buscaba un príncipe azul. La joven dominaba varios idiomas, tocaba el clavicordio y tañía el laúd, en los que interpretaba magistralmente piezas como "Els segadors" y el "Cant dels ocells". Para descontento de feministas actuales, también sabía bordar y tejer, sobre todo las ilusiones quiméricas que en sus noches solitarias se iban apoderando del virginal corazón de la muchacha. Los poetas y los cantautores, sobre todo los de su tierra, eran alimento continuo para ella, y aunque en sus pocos años no había podido leer a Voltaire, cierto espíritu ilustrado no le era ajeno.

 

La pretendía un joven de su vecindad, (“E” de… Ernesto) de buena estirpe, aunque venida a menos con el paso del tiempo. Siempre habían jugado juntos de niños, pero la joven creía que su antiguo compañero de juegos se había quedado muy atrás en el desarrollo que les sería propio a los hombres modernos y cultos. El joven, según ella, era de modales rudos, groseros y  soeces. En realidad, no podía decirse que E... Ernesto no tuviera gustos literarios ni artísticos, sino que estos eran muy distintos de los de la joven. Ambos parecían predestinados a compartir juntos el resto de sus días, pero la muchacha aspiraba a otra cosa. Tenía puestos sus ojos en otro joven, más apuesto, moderno, demócrata, multicultural. Su nombre U.E (que no tenía nada que ver con Umberto Eco, aunque le llamaremos Umberto).

 

El recato y las buenas costumbres de la joven no le permitían declarar ostensiblemente su amor a Umberto, pero “qué demonios” –se dijo, recordando algún libro-, “es de mentalidad machista esperar que sea mi amado el que venga a mí. Le amo y por eso iré yo hacia él, cueste lo que cueste”. Y la joven perdió su recato, fue proclamando su amor por todas las tierras de Umberto, sin recibir apenas la atención de este. ¿Cómo era posible? Una joven tan delicada y culta, tan demócrata y liberal, despechada por aquel por quien ella había perdido su recato y abandonado  la casa paterna. Desde luego, hay quien tiene el gusto en el….trapero.

 

Mancillada por la indiferencia y por el escarnio, amada solo por aquel que no creía digno de ella, pensó si no juntar su destino al de la cervantina Marcela, y abandonar a los hombres por las cabras, los frescos arroyos, las suaves colinas y las altas cumbres. Retirarse a la soledad de los campestres desiertos, pero finalmente decidió no hacerlo, pues temió que ni siquiera un Crisóstomo llevara a cabo el mayor acto de amor que un hombre puede hacer por una mujer, morir por ella; sacrificio del cual ella  se consideraba digna. Humillada en su orgullo, apesadumbrada, paseaba cabizbaja una noche de luna llena mientras leía una novela de amor y libertad, cuando unos ojos de varón, claros y leoninos la miraron. La joven, desconfiada al principio por las  palabras del extraño, fue viendo que éste la hacía partícipe de las cuitas de su corazón, y que sorprendentemente, estas coincidían con las suyas.

 

Sentados, cogidos de la mano, a la luz de la luna, la muchacha percibía qué distinto era este misterioso príncipe de aquel rudo vecino que la pretendía, y de aquel presumido y altanero que la despechó. Los ojos de la joven cobraban un insólito brillo ante las palabras, mezcla de virilidad y modernidad del apuesto extranjero, cuyo nombre, Sigfried, sonaba a nuestra joven a melodías expansivas de libertad. Cuando  el príncipe este pronunció las palabras “democracia” y “libertad”, ella le miró con tan manifiesto entusiasmo que, como corresponde a una joven de su educación, quiso ocultar su euforia  agachando con gesto avergonzado su cabeza y girándola con una confiada –y ya amorosa- sonrisa hacia el lado opuesto del príncipe. Y el felino, que sabe reconocer que el instante de pudor es la señal propicia para el ataque, no desperdició la ocasión, justo en ese instante la cogió por el cuello y… la besó. Y ella descubrió que el tacto, el sabor de sus besos eran los que siempre había anhelado en sus sueños, los secretos gozosos que había visto expresados en sus novelas y partituras. Cerró por completo sus ojos y adormeció su voluntad ante su príncipe, abriéndole las puertas de las delicias de su cuerpo.   


Al día siguiente, la joven rebosaba de gozo. “Por fin lo encontré, por fin hay un futuro en compañía para mí”, -pensaba-. Mientras la joven, en soledad y tañendo suavemente su laúd, pensaba en su deliciosa vida futura, el extranjero se jactaba ante sus amigos de haber encontrado a una ilusa y delicada criatura que serviría de perfecto cebo para sus planes. Entre jarras de cerveza sus amigos oían con contento el relato del conquistador.


 -¿Era hermosa la doncella? –le preguntaban sus compadres-.


 - No diría yo que aventajara a otras féminas de sus latitudes en hermosura. Era extraño, pero a veces me pareció que su flequillo era demasiado  masculino, en otra ocasión, mientras la besaba, noté –creedme- cierta pelusilla en sus mejillas, topándome además con más carne –¡qué digo!, ¡barriga!- de la esperada, y sus ojos, a la luz de la luna, me parecieron a veces idos, como los de un enajenado.


-(Entre risas le decían los compadres): Todo eso son ventajas Sigfried, y si es gorda mejor para parir hijos sanos, europeos libres y demócratas. (risas irónicas). Pero dinos, ¿y sus ademanes?


-De verdad que no me pareció tan delicada como pensaba. En donaire y gracia no aventajaba a otras de su mismo género. Más bien –volved a creedme, por favor-  me pareció atolondrada y neurótica, sobre todo cuando me leía como posesa con sus enormes gafas, fragmentos de una vomitiva novela, sobre cuyas páginas dejaba caer sus poco agraciados rizos.
 

- Pero… exhalaría al menos la fragancia de frescas flores, ¿no?
 

- No quiero desilusionaros pero, por Wotan que hubo veces en que me llegaba a la nariz cierto tufillo a sudor seco, notando además que portaba como una especie de gancho en la nariz.
 

-Pero, ¿vale para lo que vale o no? (risas irónicas)
 

- Eso sin dudarlo, jamás vi a nadie emplear la palabra “libertad” y “democracia” con tanta versatilidad y soltura, con tan melodiosa y virginal ignorancia, con tanto convencimiento. En poesía –aunque de la mala- no la aventajaba otra fémina. Amigos, es perfecta para lo que la queremos. Nos ayudará, y mucho, a realizar nuestros fines.
   

¡Canallas desalmados! ¡Bárbaros! ¡Reírse a sí de tan distinguida joven! ¡Aprovecharse de tan delicada criatura! No hay vergüenza en el mundo. La ira de Dios, o la lanza de Wotan, -o quien quiera en quien creáis- caiga sobre vosotros. Buscabais un mero noviazgo de conveniencia, fingisteis el amor que no le teníais. ¿Por qué no fuiste sincero con ella y le dijiste que no soportabas su progresía, su ingenuidad, su inclinación mahometana? ¿Por qué no le dijiste que sólo tapándote la nariz pudiste acercarte a ella y oler su multiculturalismo?  ¿Por qué?... ¿Pur qué? ¡Siempre “negatifo”, nunca “positifo”!
   

Más allá de la actitud zascandil, golfa, de estos gamberros, me pregunto yo porqué fue nuestra joven objeto de tanta malicia. Quien les escribe estas líneas devoraba en su juventud libros de Erich Fromm, y en alguno de ellos –creo que en “El arte de amar”-, creo encontrar la más acertada respuesta. Quien se enamora con tanta facilidad –viene a decir Fromm- no da entender lo mucho que ama, sino lo solo y desamparado que se encuentra-. Y en efecto, puede que muchos hombres -o mujeres-, paseando en soledad  por tristes y lluviosas ciudades europeas, o mirando entre los barrotes de sus ventanas hayan caído en los brazos del primero -o la primera- que les susurra al oído palabras de amor.  
  

Unos días después, campesinos de alrededor le contaron a nuestra dulce muchacha quién era en realidad el príncipe Sigfried, su reputación y fines, sus conquistas y sus duelos. Ella lloraba, ultrajada, sin ganas siquiera de tañer Els segadors en su laúd. Qué le dirían ustedes, queridos lectores, si la tuvieran ahí, delante. Quizás no tengan ustedes el ánimo para dirigirse a ella con la prosa de Erich Fromm, y más bien pudieran decirle como amigo, consejero o padre: “No supiste reconocer quién te quiere, y te fuiste con quien fingió amor, con quien sólo por un instante se aprovechó de ti, para una vez utilizada, escupirte a la cara, y eso te hubiera dolido más que otras cosas de las que tanto te has quejado como pija caprichosa. Eres ingenua, una adolescente descarriada. No sabes nada, y te crees que lo sabes todo. No sabes ver que el pobre Ernesto te ama más y te cuidará mejor que esos príncipes extranjeros a cuyas falsas caricias cedes, hasta el punto de renegar del mismo Umberto, que aunque presumido e imperfecto, es el amor que tu corazón ansía (tu gusto, no es desde luego de mi complacencia). No te quejes porque de niña, Ernesto te diera una vez un mamporro, merecido, por tu insolencia e ingratitud, pues no sabes las vejaciones que aquel con quien yaciste te hubiera hecho por tu multiculturalidad e inclinación mora, por tu anticatolicismo y por la deslealtad a tu historia y a los tuyos, a los que siempre fueron tuyos. Si en lugar de tus baratos poetas hubieras aprendido algo de historia, sabrías que aquella noche de pasión no se pareció a los cuentos que lees en tus libros de amor acaramelado, más bien en aquella noche sellaste algo parecido al pacto Ribbentrop- Molotov, un pacto de no agresión, por el que terminarías devorada más pronto que tarde, ingenua malcriada. Más te valdría volver al sitio de dónde viniste y, ya que tu desagradecida forma de ser no te hace amar a Ernesto, al menos teniéndolo a él cerca, podrás ver cada día a quién es y será siempre el objeto de tu amor, de tus sueños, Umberto. Y dicho esto, no te fustigues demasiado diciéndote ¡qué puta soy que con cualquiera me voy! No permitiré que te digas eso, primero, porque estarías pensando “a lo machista” y eso no te lo tolero, pues ¿es que no hay hombres putos?, pero, segundo, -y aún más importante- porque sólo has sido víctima de tu propia ignorancia, y en eso no sólo tú eres culpable. Reconozco mi responsabilidad en ello y entono también un “mea culpa”.
    
 

 

 

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