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Antonio Ríos Rojas
Sábado, 2 de diciembre de 2017
Mahler. Tercera Sinfonía. Haitink, Bernstein, Abbado

La eterna esencia sufriente del hombre

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Comenzamos aquí la que espero sea una larga relación entre un modesto melómano, que soy yo, y ustedes, lectores, que serán con toda probabilidad tan melómanos como yo, si no más. Espero escribirles cada diez días aproximadamente, para no abrumarles.

 

Lo que encontrarán en esta mi sección de crítica musical será un poco de todo. Desde reseñas discográficas, no necesariamente actuales, hasta comentarios musicales de inspiración filosófica, literaria, teológica, histórica o meramente musical. Unas veces me extenderé más, otras menos, y  otras, incluso, me limitaré simplemente a recomendar  alguna pieza musical, algún disco, o a comparar varias versiones, sin invadir con comentarios excesivos la audición del lector, pues espero que ustedes tras leer mis líneas se conviertan en oyentes de lo reseñado, recomendado, comentado. Casi todo lo que recomiendo será de fácil acceso en Internet.


España es un país singular en su pasión hacia todo. No sólo hacia el fútbol o la política. También los más apasionados y a veces furibundos melómanos son españoles. Lo sé por experiencia, y el haber vivido los últimos seis  años de mi vida en Viena, me ha confirmado con creces esa impresión. Por ello quiero expresar en todo lo que escriba un profundo respeto por todos los músicos y por el valor –en general- de toda interpretación. No obstante, hay que mojarse, y lo haré, espero, con una modestia que no incordie a nadie. Pido al lector que regale confianza a su crítico, en este caso a mí, confianza  en que lo que yo escriba será bien meditado, sentido, vivido, ya pueda el lector estar finalmente de acuerdo o no con mis artículos.


Sepan también que quien les escribe no recibió la música clásica por tradición familiar, la recibí por revelación directa, un buen día, en el que contando yo con ocho años, sentado ante el televisor, y decepcionado por haberse suspendido el partido de fútbol que esperaba ver, cambié de canal y al hacerlo me encontré a un violinista y a un pianista interpretando algo que a mis oídos les parecía divino; sentía que se abrían las puertas de un mundo misterioso, aunque no desconocido del todo. De alguna forma yo ya creía conocer aquel mundo, o mejor dicho, aquellos mundos tan diversos. ¿Dónde los había oído? ¿Dónde y cuándo había hecho yo ese peregrinaje? Treinta y cinco años después, trato aún de dar respuesta a esas preguntas.


Y tras esta introducción que quisiera tuviera siempre presente el lector, vamos por fin a nuestro primer artículo, dedicado a la tercera sinfonía de Gustav Mahler en las versiones en vídeo de Haitink, Bernstein y Abbado.


La tercera sinfonía de Gustav Mahler ofrece una alternancia continua entre dolor, sarcasmo, placer, ingenuidad, en definitiva, una alternancia entre casi todas las disposiciones anímicas del ser humano.

 

Pero en el cuarto movimiento, que lleva la indicación de “Muy lento. Misterioso”, Mahler nos congela la sangre. Este movimiento incluye un texto del Zaratustra de Nietzsche, a ser cantado por una mezzo o contralto. El texto dice que “El mundo es profundo, profundo es el dolor… pero el placer es aún más profundo… el placer anhela eternidad”. Esa eternidad nos deja desamparados, pues el individuo no roza la eternidad. Y justo después de este desamparo, o yo diría de este “desesperanzada esperanza”, Mahler  parece querer vencer ese dolor profundo, este placer imposible y eterno en el quinto movimiento, donde deja cantar a un alegre coro de niños que amulan ángeles y prometen una eternidad celestial y feliz para las almas que han creído en Cristo. Pero la suerte de la relación dolor-alegría, no se decide hasta el último movimiento -el adagio- que lleva por indicación “Lento. Lleno de serenidad. Hondamente sentido”, en el que Mahler quiere convertir al superhombre nietzschano, fluctuante entre el dolor, la soledad y la danzarina despreocupación, nuevamente en hombre a través del amor como liberación del dolor. No le interesa a Mahler la decadencia que Nietzsche asignaba al hombre, sino la eterna esencia sufriente de este, que si bien no puede ser vencida por la fe ingenua expresada en el coro ángeles, sí puede ser vencida por el amor.   


Toda la tarde de ayer la pasé escuchando y viendo tres versiones en vídeo de esta sinfonía, que siempre ha sido una de mis predilectas del repertorio sinfónico. Y de esas tres versiones -todas ellas pueden verse en internet- y no de otras, me dispongo a hablarles. Son las dirigidas por Haitink, Bernstein y Abbado. Manos a la obra.

 

En el último movimiento, Bernard Haitink deja que todo transcurra lenta, muy lentamente. En él, los cellos apenas vibran. Bernstein, quien dirige esta sinfonía con casi el mismo tempo lento de Haitink, hace a los cellos vibrar. ¿Qué me dice esto? Que la versión de Haitink, no se ha soltado del todo del cabrestante nietzscheano, sea el director holandés consciente de ello o no. En el último movimiento dirigido por Haitink, el amor parece diluirse, disolverse, en la eternidad de Nietzsche, y oyendo este último movimiento por Haitink, me parece percibir también la influencia de Schopenhauer desde la que el amor es un intento fallido e inútil de redimir al ser humano. El amor parece en esta brumosa versión de Haitink, sólo un espejismo, una droga.  El dolor tiene casi la misma presencia que el amor. El mayor uso del vibrato y del forte en los instrumentos de cuerda por parte de Leonard Bernstein parece insinuar una mayor fuerza y tensión liberadora de las cadenas del dolor. Con Bernstein uno tiene la impresión de que Nietzsche y Schopenhauer han sido felizmente superados por el amor, y uno desea abrazar al prójimo mucho más de lo que siente con la apesadumbrada visión de Haitink.   


¿Es más aburrida la versión de Haitink? Quizás, pero su interpretación ha desatado pensamientos y sentimientos intensos en mí. Su interpretación parece menos profunda que la de Bernstein o la de Abbado, y sin embargo, puede resultar muy profunda si uno se deja llevar por lo que a mí me sugiere esta interpretación: el amor no puede tampoco liberar al ser humano del dolor. En Bernstein, en cambio, el amor parece salir más triunfante. Sin euforias, con las dudas necesarias, el amor alcanza un triunfo dulce a través de la esperanza. Es altamente interesante lo que el intelectual Leonard Bernstein hace en este último movimiento, dejando tantas cosas abiertas -dulcemente abiertas- y dándonos la sensación de que el sufrimiento ha merecido la pena, pues tras él asoma eso que tantos poetas cantaron como un mal: la esperanza.

 

En Haitink veo una mayor, una progresiva extinción del yo, y la única esperanza para encarnarse en el deseo de la muerte. ¿Y Abbado? El último movimiento le dura al director de Bolonia unos cuatro minutos menos que a Haitink y Bernstein, y pese a ello, Abbado me ofrece más paz, más sosiego que amor, o quizás me ofrezca al amor en estado de paz. Un sueño, una contradicción quizás, pues amor y paz casi siempre están en eterno combate. Pero ¡qué divina paz sale de la batuta de Abbado!, quien ya sabía de su cáncer terminal cuando dirigió esta versión inolvidable en Lucerna.


Disfrute, pues el lector, el oyente, de estas tres mágicas interpretaciones  de la tercera de Mahler, especialmente, de sus tres movimientos finales y muy especialmente del adagio conclusivo. Hasta la próxima.

 

 

 

 

 

 

 

 


    
 

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