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Carlos X. Blanco
Sábado, 2 de diciembre de 2017

Prevaricación pedagógica

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En el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua busco “prevaricación” y leo:

 

“Delito consistente en que una autoridad, un juez o un funcionario dicte a sabiendas una resolución injusta”. 

 

Llevo muchos años en la docencia planteándome una cuestión grave: el sistema educativo español, ¿no será intrínsecamente prevaricador?.

 

Ciertamente, por acatar una ley, violamos otra, acaso de mayor rango. Y acatando un enjambre de leyes y normas, violamos un derecho natural, siendo así buenos funcionarios pero pésimos educadores. Las leyes educativas de la democracia española, hijuelas de ese desastre magno que fue la LOGSE, estampan en la cara de cada alumno, padre y profesor este principio: “igualdad”.


El principio de igualdad, en sí, puede ser el más noble o el más nefando y junto con su hermano, el principio de libertad, ha servido –desde 1789- como excusa y coartada para miles de tropelías. Si dice tal principio “igualdad de oportunidades”, sea bien venido, pero con el añadido de “oportunidades no desaprovechadas”. Yo pregunto a los legisladores y a mis superiores jerárquicos qué diablos significa respetar la igualdad de oportunidades (en materia educativa) de un muchacho crecidito, gañán entre doce y dieciséis años, que se ríe de sus maestros en la cara y que se toma el terrible castigo de una expulsión como unas vacaciones que duran entre tres y quince días.

 

Yo pregunto a los legisladores y a la superioridad qué pretenden hacer con ese porcentaje nada desdeñable de la juventud que promociona (pasa de curso) “por imperativo legal”, con docenas (no exagero) de asignaturas suspensas. Y yo pregunto a mis legisladores y políticos, a mis gobiernos y sindicatos, a mis pedagogos e inspectores, si no es prevaricar y mil veces prevaricar el acto de “respetar el derecho a la educación” de un menor inadaptado, contumaz, obstruccionista y objetor a costa del “derecho a la educación” del resto de la clase, clase que observa que por culpa de uno o pocos, y por culpa de la autoridad maniatada y cuestionada del maestro, en ella nada se explica, nada se aprende, nada se avanza.

 

Hay un fanatismo de los derechos y de la igualdad, como hay una tirria congénita al sentido común y al derecho natural en esta presunta democracia nacida tras la muerte de Franco.

 

Fanatismo siempre me parecerá que en clase se soporte a un gamberro o a un gañán “desmotivado” en contra de los derechos de treinta chicos que sí se están ganando el derecho a aprender. Los derechos se ganan, y se pueden perder tras las oportunidades perdidas. La vida nos da sus “aprobados” y “suspensos”, aunque el Instituto sólo quiera dar aprobados.

 

El poner como nota mínima un uno, sólo por existir, pues el cero traumatiza, la promoción automática con ocho suspensos, la “diversificación curricular”, esto es, exigir a unos mucho y a otros poco, pero el caso es que aprueben, así como la reclamación de notas generalizada, son todos ellos “logros” de la LOGSE que se han perpetuado, que nadie los va a tocar en décadas. Son locuras que están aquí para quedarse. Son prevaricaciones disfrazadas de legalidad.
Y al enseñante le obligan a participar en tamaña maquinaria de decisiones injustas: aprobar al que no sabe, apoyar a quien no lo merece, castigar a quien cumple. Señores legisladores: así España se va a la M….

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