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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 4 de diciembre de 2017

El adoctrinamiento como síntoma (Acto V y Final)

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Con este son cinco artículos cuyo objeto es un análisis del por qué se ha producido el nefasto resultado de un socialnacionalismo montaraz y decimonónico en comunidades que en su tiempo fueron modelo de desarrollo cultural, económico y social. Podríamos valorar el factor desencadenante desde el plano sociológico de los procesos de adoctrinamiento, que es incuestionable, pero en esta serie de artículos nos hemos centrado en el adoctrinamiento como síntoma. ¿Síntoma de qué? Pues síntoma de una enfermedad social, de un totalitarismo que genera el fenómeno y la perversión de manipular descaradamente a la infancia. Curiosamente   ese fenómeno y perversión es negado por los socialistas,  porque si reconocieran su existencia tendrían que revisar sus propios parámetros ideológicos, ya que en su genética también se encuentra el propósito adoctrinador porque su concepción de la educación tiene como punto de partida la finalidad de la transformación social al efecto de configurar un modelo de organización social y cultural de signo colectivista donde la individualidad  personal tiene poco sentido y valor.  Por eso se niegan a aceptarlo. Mientras que otros, con unos parámetros teóricamente liberales hacen suyos los planteamientos socialdemócratas, y por tanto se niegan a enmendar la plana a esta situación anómala en la que los sistemas educativos (no hay un sistema nacional en España) tienen como finalidad principal pastorear a las futuras generaciones hacia prototipos sociales pergeñados por una sibilina ingeniería social, entre la que está con todos sus efectos y connotaciones evidentes la nacionalista en las comunidades gobernadas por tendencias secesionistas o populistas.

 

En 2001 publiqué un artículo en Papeles de Ermua nº 2, cuyo contenido es de plena actualidad. Por eso lo reproduzco a continuación.                                                                                 

 

La educación... ¿para qué?                                                                         

 

Una incursión crítica por los libros de texto de "Conocimiento del Medio", "Ciencias Sociales" o "Geografía e Historia" utilizados en los centros educativos de la Comunidad Autónoma del País Vasco nos desvela una realidad espeluznante: los epígrafes lo dicen todo: El pasado de Euskal Herria, Los transportes en Euskal Herria, Un viaje por Euskal Herria, Los trabajos en Euskal Herria..., todo ello plagado de infinidad de mapas donde se incorpora el territorio francés y Navarra como si nada pasara. En esos libros el mundo se acaba al sur del Ebro o al norte de Bayona. Y esto lo hacen hasta editoriales controladas por uno de los grupos de comunicación social más influyentes de España, al que parece que le importa un bledo qué vaya a ser no sólo de España sino de Europa si progresan los nacionalismos étnicos, más allá de su propia cuenta de resultados. Al respecto habría que preguntarse por qué se están produciendo éstos en todo Europa, con guerras incluidas, en el entorno de lo que fue el imperio austrohúngaro y el prusiano: la Padania y la Liga del norte en Italia, que preconiza el dominio del sur por el norte con la ayuda inestimable de la mafia, el movimiento ultranacionalista albanés, la desestabilización de los Balcanes por el independentismo croata entre otros, el movimiento corso, el problema de enfrentamiento entre dos comunidades en Bélgica, Haider en Austria, etc, etc, basadas en diferencias religiosas, lingüísticas o supuestamente étnicas, que amenazan con fragmentar y enfrentar entre sí a amplios territorios de una Europa desmenuzada poco a poco en piezas difícilmente recomponibles; y que atentan gravemente a la unificación social y política del viejo continente, cada vez más que lejos de conseguirse. No estoy de acuerdo con quien afirma que cualquier ideología es respetable. Tendremos que asumir que existan ideologías xenófobas y de signo totalitario, pero ello no quiere decir que debamos pagar el peaje de dar carácter de honorables y ni tan siquiera de respetables a algunos planteamientos ideológicos que destilan odio y pestilencia. Y todo esto nos lleva a preguntarnos sobre el papel de la educación en los sistemas nacionalistas y en contraposición al papel que ésta debe desempeñar en las sociedades modernas y progresistas desde un plano humanístico.   

 

El profesor José Luis García Garrido afirma con acierto que "El futuro puede y debe caminar hacia la eliminación de los nacionalismos culturales creando sistemas educativos de vocación mundialista y, a la vez, profundamente arraigados en áreas regionales o subnacionales de personalidad cultural definida y de dimensiones más ajustadas a las posibilidades comunicativas del ser humano" (Problemas mundiales de la educación:1986). Asimismo, afirma que los sistemas educativos deben reducir su aparatosidad y su potencial coactivo para favorecer la colaboración entre ciudadanos y grupos, al objeto de permitir que los procesos educativos sean cada vez más libres y voluntariamente asumidos y protagonizados por la persona humana. Otros enfoques que orientan la educación hacia la concienciación nacional colectiva, hacia la construcción nacional, y que ponen en el orden de prioridades en primer lugar a la lengua autóctona y a la aculturación que posibilita dar cuerpo a la construcción nacional, como es en el caso del sistema educativo vasco, adolecen de principios filosóficos que den fundamento al objeto principal del hecho educativo que es el de formar sujetos libres y autónomos, dotados de mecanismos de autoperfeccionamiento y con un proyecto personal de vida. Es el modelo más próximo al que parte de la manipulación y el adoctrinamiento como objeto de su existencia.

 

Además, observamos con demasiada frecuencia la justificación de la educación en base a un objeto exclusivamente orientado al desarrollo económico, que parte de la lucha por la competitividad fría y deshumanizada como fundamento casi único de su existencia. En función de este modelo que ha impregnado en exceso la sociedad industrializada, la persona no es más que un engranaje en los procesos económicos y sólo tiene sentido en función de los mismos, vaciando la taxonomía de objetivos educativos que atiende la dimensión humana del sujeto educando; tal como ya vislumbraron los ilustrados a comienzos del siglo XIX cuando concebían la instrucción como una manera de formar ciudadanos y por tanto de mejorar las sociedades y hacerlas libres, más cultas y morales. En este orden habría que ir despojando a la educación de una de sus funciones más clásicas en el mundo occidental cual es el de ser mecanismo de selección para el sistema económico, para orientarla hacia el desarrollo multifactorial e integral de la perspectiva unitaria de la personalidad humana, para conseguir individuos felices, solidarios, con visión universalista y con un enfoque de su vida individual y colectiva más ética, rica y humanista. Desde esta perspectiva podrán desarmarse fácilmente las tentaciones totalitarias que tienen como vértice el concepto de territorio, pueblo o nación, el gregarismo social, el exclusivismo y la intolerancia. Una de las excusas más recurrentes para dar legitimidad a los gobiernos nacionalistas es aquello de que... "la economía va bien", aunque existan aberraciones como una estratificación social basada en la desigualdad o marginaciones de colectivos o grupos sociales realizadas en base a supuestos derechos de dudosa justificación desde el plano del derecho natural; o que determinados cargos públicos o personas que no renuncian a serlo tengan que llevar escoltas. Para ello debe darse más sentido a los sistemas educativos que superan la concepción del sistema escolar como único contexto de educación. En definitiva, se ha de posibilitar la dualidad educación formal/educación informal haciendo que los medios de comunicación, entre otros, asuman un compromiso activo a favor de la difusión de los valores universales. Hay estudios que demuestran que lo que hacen los centros educativos en una jornada escolar lo puede deshacer fácilmente un programa televisivo en cinco minutos. En ese sentido, un cambio de mentalidad del profesorado;  para que transformen su consideración de "enseñantes" o simplemente  "docentes" por la de educadores, con  todo lo que ello implica de abandonar de la asepsia y el imposible neutralismo ante determinados compromisos de formación en valores y principios mora les universales, es absolutamente necesario para conseguir una sociedad más humanizada y comprometida con los valores de la solidaridad, de la tolerancia y del respeto hacia los demás.

 

De la misma manera, se hace urgente no confundir actividad educativa con actividad política, aunque la mejor política es aquella que se convierte en pedagogía. Los modos educacionales deben adoptar formas propias y no someterse a los tópicos de los ideales democráticos, lo cual no significa necesariamente que se adopten modalidades autoritarias ni que se desprecien los rasgos típicos del funcionamiento democrático. La organización escolar y la administración educativas tienen en sus manos personas inmaduras que deben ser guiadas en su proceso de desarrollo, y esa guía es más una conducción que una adopción de decisiones, lo que implica pautas, normas de disciplina, formación de hábitos, corrección de conductas indeseadas etc. Durante demasiado tiempo se ha tenido como horizonte un modelo basado en "dejar hacer", "no intervenir", hacer supuestamente "felices" a los educandos; cuando la vida es lucha, sentido del deber, esfuerzo, superación personal, conductas adquiridas por modelación o habituación, etc. para posibilitar la socialización y los comportamientos cívicos y responsables Ciertas tendencias pedagogistas que no pedagógicas han creado demasiada confusión y han derivado hacia el "sálvese quien pueda" no dotando de los suficientes y necesarios recursos de supervivencia personal a muchos escolares egresados del sistema, confundiendo gravemente "progresismol' con responsabilidad, que implica el formar personas autosuficientes.

 

Una de las categorizaciones que introduce el profesor García Garrido es el de "Sistema educativo versus función elitista”. Si observamos la segregación que se está produciendo en los centros escolares en función de los niveles socioeconómicos y socioculturales en zonas geográficas del territorio español y más específicamente en el País Vasco y Cataluña, cada vez estamos más cerca   de generar grupos sociales diferenciados en función del modelo educativo y del tipo de centro en el que se imparta la enseñanza-aprendizaje, factor cada vez más acusado de la insolidaridad y de división social en castas.

 

En Testimonio sobre el futuro, Aurelio Percel propone que la humanidad debería dar tres pasos para salvarse:

 

1.- La revolución humanos que coloque al individuo en el centro de todo el desarrollo, incrementando en él la calidad, la capacidad y la percepción de sus responsabilidades.

     

2.- La evolución político-estructural de la sociedad y de los sistemas humanos para asegurar su gobernabilidad,  y    3.- La adopción de políticas y estrategias globales por mediación de coaliciones voluntarias de naciones, establecidas sin esperar a que puedan ser sistemáticas o generalizadas.

 

Lo que nos llevaría indefectiblemente a dos efectos prácticos: el desarrollo de la conciencia de los gobiernos y de las sociedades en la importancia del individuo y de sus derechos y libertades, y, como requisito previo a los mismos, de una educación desprovista de manipulaciones.    Y, también, el de concebir un enfoque universalista de la educación, cada vez más vaciado de chominismos y de criptoendogamias que dejan sin sentido el valor fundamental de la educación: formar personas libres en un mundo cada vez más interdependiente.

 

Y, por último, a valorar la realidad científica, cultural y moral como punto de referencia para el desarrollo del conocimiento y de la dignificación del hombre, por encima de las sociedades a las que pertenezcan

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