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Albert Rivera, presidente de Ciudadanos (C's)
Miércoles, 6 de diciembre de 2017
Artículo de Albert Rivera en "The New York Times"

Los catalanes debemos darle una explicación al mundo

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Muchos lectores quizá tengan una vaga noción del conflicto que ha experimentado recientemente la región autónoma española de Cataluña. Habrán visto noticias sobre las manifestaciones tanto de separatistas como de unionistas. Es posible que también sepan que, tras el referéndum ilegal sobre la independencia, los políticos separatistas catalanes, con el 47 por ciento de los votos y una mayoría en el parlamento catalán, decidieron suspender la ley que rige la relación de la región con el gobierno central. Además, aprobaron de manera fraudulenta una constitución transitoria y una ley que convocaba un plebiscito ilegal para elaborar un plan de secesión.

 

Semanas después, el presidente destituido de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, declaró la independencia de forma unilateral, ante lo cual el gobierno español se vio obligado a intervenir para restaurar el orden constitucional y programar elecciones regionales. Puigdemont huyó del país y ahora se encuentra en Bélgica, desde donde intenta ganar el apoyo de otros países europeos; España emitió una orden internacional para su arresto. Convencido de que ningún país europeo apoyará sus demandas, Puigdemont declaró la semana pasada que los catalanes deberían decidir si Cataluña quiere abandonar la Unión Europea.

 

Sin embargo, los lectores quizá no comprendan del todo cómo es posible que esto haya ocurrido en una democracia europea próspera, conocida por su libertad y tolerancia, donde la mayoría de las regiones son autónomas y cuentan con su propio gobierno. Los catalanes debemos darle una explicación al mundo.

 

Nací en Barcelona en 1979. Mi padre es catalán, de una familia de comerciantes, y mi madre, originaria de Andalucía, proviene de una familia humilde y trabajadora. Al igual que otros millones de andaluces, a principios de la década de los setenta se mudaron a Cataluña en busca de oportunidades para alcanzar sus sueños. Mis padres se conocieron en Barcelona, donde se casaron. En 1989, crearon su propia empresa, lo que les permitió vivir con ciertas comodidades. Hace tres años, la crisis económica acabó con la empresa familiar, y en la actualidad mi madre y mi tía abren todos los días un local más pequeño donde venden alimentos caseros. En semanas recientes, el negocio de mis padres ha sido blanco de ataques por parte de radicales separatistas.

 

El lugar de origen y el nivel socioeconómico son las variables que mejor explican el secesionismo en mi región: aquellos con ingresos más elevados y raíces catalanas más profundas apoyan de manera más decidida a los separatistas; quienes perciben ingresos menores, en particular si tienen vínculos fuertes con el resto de España, prefieren una España unida. Este fenómeno transforma el nacionalismo catalán, que por tradición ha sido conservador y oligárquico, en un movimiento que aprovechan los que tienen más para emanciparse del resto.

 

No es trivial que un catalán como yo tenga el honor de ser candidato a la presidencia del gobierno de España, en contraste con la caricatura franquista y represiva que los separatistas intentan vender de España. De hecho, la Constitución española, aprobada en 1978, contó con un respaldo del 91 por ciento en Cataluña y dos de sus siete fundadores fueron catalanes.

 

En 1979, España era una joven monarquía constitucional que buscaba integrarse a Europa Occidental. Ahora es una de las economías más importantes de la Unión Europea, así como uno de los países más descentralizados y con los estándares más altos de democracia, también con las mayores libertades y prestaciones de seguridad social del mundo.

 

Sin embargo, en Cataluña enfrentamos una fractura social seria. Varios fenómenos, como la crisis económica que hemos sufrido durante una década y algunos escándalos de corrupción que generaron desconfianza hacia las instituciones políticas, reforzaron notablemente el nacionalismo catalán en años recientes. El movimiento separatista sigue la misma dirección que los movimientos populistas de otros países occidentales en respuesta a la globalización y sus retos económicos y políticos. El partido político de Puigdemont utilizó este eslogan electoral en un cartel: “La España subsidiada vive a costa de la Cataluña productiva”; los separatistas también utilizan un eslogan todavía más desafiante: “España nos roba”.

 

De cualquier forma, los separatistas catalanes han actuado con astucia. El movimiento ha tomado el antiguo nacionalismo excluyente —fundamentado en la tesis de las diferencias culturales, económicas y lingüísticas— y lo ha transformado para presentarse como democrático y pacífico.

 

Detrás de esta transformación, lo que define al movimiento es una sensación de supremacía. Es evidente en la forma en la que ha utilizado —durante treinta años— propaganda en los medios de comunicación públicos y en el sistema educativo como una máquina de adoctrinamiento a favor del movimiento separatista iniciado hace cinco años.

 

Los gobiernos socialista y conservador de Madrid exacerbaron esta situación. Para obtener el apoyo de los partidos nacionalistas en el Congreso de los Diputados de España, fueron cediendo gradualmente privilegios y autoridad a los gobiernos nacionalistas de Cataluña sin supervisión ni coordinación.

 

Los nacionalistas catalanes también han promovido con insistencia la idea de un referéndum. Los que nos oponemos a él creemos que no es posible someter todos los principios democráticos a votación popular: no se puede negociar con los derechos civiles, no es posible privar a millones de catalanes de su ciudadanía española y europea por querer disolver la soberanía nacional y, con ella, el derecho de todos los españoles a decidir juntos qué futuro quieren para España.

 

En algunas ocasiones, el gobierno federal de Estados Unidos también ha tenido que intervenir para salvaguardar los derechos que han sido maltratados de algunos grupos minoritarios. El presidente John Kennedy declaró en 1962 —también dentro de un contexto de desobediencia y violaciones de derechos por parte del gobierno local— que los ciudadanos son “libres de disentir con la ley, pero no pueden desobedecerla”, pues en cualquier país que niegue la autoridad de sus tribunales y su constitución, “ninguna ley estará libre de dudas, ningún juez estará seguro de sus decisiones y ningún ciudadano podrá protegerse de sus vecinos”.

 

Esto es lo que ocurre en Cataluña.

 

Los líderes separatistas están dispuestos a remplazar la Constitución de manera arbitraria, los jueces están bajo presión por hacer su trabajo y el clima social se ha deteriorado a tal punto que existe división entre familiares y amigos. La inestabilidad política también ha provocado el éxodo de miles de negocios y una caída en el flujo de turistas en Barcelona, una de las ciudades más visitadas del mundo.

 

Por fortuna, la Constitución faculta al gobierno nacional para celebrar elecciones democráticas el 21 de diciembre. Los catalanes podremos votar en elecciones legales para ponerle fin a esta locura. Ningún gobierno regional ha causado tanto daño económico, social y moral a Cataluña como el que encabezaron Puigdemont y Oriol Junqueras, el vicepresidente depuesto.

 

Ciudadanos, el partido que dirijo, se originó a partir de una plataforma cívica que representaba a una mayoría de catalanes silenciados por el nacionalismo catalán. Ahora somos el principal partido de oposición en Cataluña, así como un partido nacional y europeo que aspira a gobernar España.

 

Al igual que un gran número de los españoles, la mayoría de los catalanes desean participar en un proyecto común a favor del futuro de España. No puedo resignarme a ver una Cataluña aislada en un mundo globalizado y tampoco puedo resignarme a ver más fronteras en la era de las sociedades abiertas.

 

Frente a quienes promueven la ruptura, exijo diálogo. Frente a la exclusión, pido coexistencia. Pido federalismo y unión en vez de provincialismo y división; Estado de derecho en vez de arbitrariedad, y el fomento del pluralismo y la libertad para acabar con el dogma y la imposición.

 

Nací en Barcelona. Cataluña es mi patria, España es mi país y Europa es nuestro futuro.

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