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Íñigo Caballero
Viernes, 5 de enero de 2018

Tiburón

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No se han equivocado de crónica y esta no alude al tiburón de Spielberg sino a los tiburones de bolsa que antes devoraban a los pececitos de colores esos colorados de pecera y ahora son tragados por otros más fieros.


Siempre es cierto eso que el pez grande se come al chico y en esta era de Trump parece más real que nunca.


Viene a cuento lo de los pescados de pecera con aire alegre e inocente porque cuando aparecen en las bolsas estos rara avis es porque algo trascendental se avecina.
 

Los lectores conocerán algunas páginas web que proporcionan las transacciones de acciones y el número de estas por casa de valores vendedora y compradora.
 

Esta información tiene su trascendencia para los viejos del lugar ya que siempre se ha dicho que cuando entran los pequeños salen los grandes.
 

Desde hace más de un año aparecen innumerables pequeños nuevos accionistas con compras de 100 acciones – más o menos – que en Estados Unidos y Canadá es casi casi una tradición.
 

La bolsa es un casino donde al menor descuido te quitan la cartera. Los carteristas se llamaban antes tiburones. Ahora estos casi virginales peces son sustituidos por otros más grandes como hedge funds que algunos llaman fondos buitres. No vemos relación alguna entre buitres y tiburones, pero estos británicos son originales al calificar realidades.
 

Las compras de inocentes pececillos anticipan un cataclismo. Mientras que los grandes se frotan las manos y engordan sus bolsillos ya que no necesitan meter dinero para subir las cotizaciones, los diminutos accionistas comenzarán a poner cara de tontos.


No se trata de exponer un pesimismo en momentos de vino y rosas y subidas constantes que proporcionan enormes satisfacciones a todo bicho viviente.
 

Hasta la bolsa española sonreía en estos primeros compases del recién estrenado año. Las americanas, sobre todo el Nasdaq subían con enorme fuerza y, solo el alza del dólar ponía una sombra de duda para esa inmensa mayoría de analistas que pronosticaban precisamente la postura contraria.
 

En esta crónica somos firmes creyentes que el dólar seguirá su senda bajista este curso 2018 sin que las subidas de tipos de interés – ya previstas y anunciadas – puedan impedirla.
 

Cuando se anuncia una medida las bolsas reaccionan al alza o a la baja sin que a posteriori cuando se confirma la noticia – o se lleva a cabo – tenga ninguna repercusión.
 

El dólar como cualquier activo sube o baja en función de la oferta y la demanda, lo cual parece una perogrullada, y en nuestra siempre humilde opinión, en 2018 se verá afectado por las consecuencias de un mayor protagonismo de otras divisas como el yuan, el rublo y sobre todo por el interés de chinos y rusos en quitar protagonismo al dólar en el mercado del petróleo.
 

El oro negro en la primera jornada de 2018 se movía con suavidad hacia arriba siguiendo esa ley no escrita que hace lo contrario que el dólar.
Esta norma etérea confirma el pronóstico de que el crudo subirá, más o menos en la misma proporción que baje el dólar.

 

Deducimos que será un buen año para petroleras y refinerías y malo para consumidores de combustibles y países occidentales que sufrirán las consecuencias del alza del oro negro. Recordamos que cada dólar que sube el petróleo afecta de forma notable al crecimiento económico de las naciones consumidoras y drenan de los balances de sus bancos y reservas de divisas cifras equivalentes al valor de sus importaciones.
 

Los analistas de bolsa y materias primas raras veces aluden a este hecho que es trascendental en las previsiones económicas y financieras.
La bola de cristal nos dice con la mejor de las sonrisas que el alza del petróleo puede trastocar las previsiones optimistas de crecimiento económico más allá del segundo semestre del nuevo curso.

 

 

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