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Antonio Ríos Rojas
Domingo, 7 de enero de 2018

Un héroe inesperado

Guardar en Mis Noticias.

[Img #13047]Los seres humanos podrían dividirse de múltiples maneras: los pesimistas y los optimistas, los guapos y los feos, sensibles e insensibles, los de ciencias y los de letras, los de izquierda y los de derecha, etc, etc.


Hoy quiero proponerles esta división: el hombre que gusta de alejarse de los seres humanos -ya sean estos “reales” o “virtuales” a través de la red-, y los que no pueden vivir sin el contacto con seres humanos –insisto-, “reales” o “virtuales”. No se trata meramente de una división entre introvertidos y extrovertidos, sino de algo más.


Los pertenecientes al primer grupo son pocos, y salen muy mal parados ante el derroche de energía social, de artificial alegría de diseño que caracteriza al segundo grupo, poblado generalmente por seres de fácil y complaciente adaptación a todo nuevo grito del progreso. Pertenecer al primer grupo significa estar relegado al ostracismo, cuando no a la sospecha o al recelo. Someter a sus pocos miembros a integradoras terapias de grupo, ponerlos en manos de psicólogos papanatas, es lo más suave que se puede hacer con los “inadaptados” miembros de este primer grupo humano. Sin duda hablamos del carácter melancólico, antaño visto como enfermedad, incluso como un pecado en el marco cristiano -la acedia-.


Pero, al menos en épocas de salud espiritual y artística, a los melancólicos se les permitía el refugio del arte, desde cuyo cobijo -y en consonancia con los defensores guerreros- dieron forma a nuestra cultura, comenzando por los monasterios. Muerto hoy el arte, asesinado por los administradores del nihilismo que son nuestros políticos demócratas, convertido el arte en campo de reciclaje de basura y transformado lo que antaño fuera un bendito refugio en casa de ocupas, de psicodélicos tarados, de mierda progre subvencionada por alcaldías, comunidades autónomas, Estado, y “Europa”, al hombre que no gusta de excesiva compañía humana, “real” o “virtual”, se le arrincona hasta quedar empotrado en la consulta del terapeuta. La muerte del cristianismo en Europa es también la muerte del carácter melancólico. Y es que ya insinuaba Chateaubriand que al cristianismo le pasa como al hombre melancólico, que no rechaza a sus congéneres, pero prefiere las ruinas y los bosques a la excesiva compañía humana.
 

Pero este mundo contemporáneo, donde el triunfo social está reservado a estúpidos integrales carentes del más mínimo olfato espiritual, se ve necesitado de nuevos redentores, y éstos habrán de estar imbuidos de buena dosis de melancolía. El melancólico no se mezcla con frecuencia con los hombres, pero su alma es caritativa, espiritual, se sitúa en ese punto intermedio entre la euforia y el abatimiento. Es experto en apreciar la soledad sonora, la música callada. Sabiendo la vanidad de los afanes humanos, no se aferra a muchas verdades, pero de una no tiene la menor duda: que este mundo contemporáneo occidental marcha por un camino de autodestrucción, de ahí que le resulta insoportable el progreso, que es el aire que infecta a este mundo. Su carácter tiene algo de cetáceo. Vive en las profundidades oceánicas, acompañado preferentemente de “los pocos sabios que en el mundo han sido”, para muy de cuando en cuando salir a la superficie, no para respirar, sino para, ensuciándose las manos con lo que ve, los ojos con lo que lee, los oídos con lo que oye, escribir algunas líneas de desprecio o lanzar algún grito de esperanza, para volver poco después a sumergirse en sus aguas profundas.
 

Sabedor de que el progreso imparable es el principio de todos los males, reconoce a Internet como el brazo armado de ese progreso, por lo tanto, sabe que Internet es la peste. No se engaña diciéndose con la tolerancia contemporánea: “también tiene muchas cosas buenas”. No. Desde lo más hondo de su corazón y de su mente sale su convencimiento: Internet es la peste. Por cada línea interesante y edificante que se lee en la “red”, serán leídas miles, millones de líneas basura, serán perpetrados o ideados los crímenes más atroces, y sobre todo, el espíritu del hombre se contamina por una oferta sin límite, por un mundo abierto aparentemente a todo, abierto en realidad hacia la nada, hacia el vacío. Caída libre. Se abre una web y otra y otra más, y no se puede parar de absorber una y otra noticia, una y otra novedad, una y otra opinión. Una máquina sin freno de lavado de cerebro, de atontamiento de cerebro. Un generador de ruido, un mecanismo que profana el silencio, lo rapta y lo asesina. La misma mente tolerante se dirá: “siempre ha habido lavado y atontamiento de cerebro”. Sí, pero nunca para la autodestrucción del hombre, nunca para la desaparición del alma, nunca para convertir el cerebro en recipiente de cableado. De todas las quejas que Leon Bloy profiere en “En tinieblas” hay una que quiero traer: “el espanto” –decía Bloy- “de tener que estar siempre al día”.
 

Internet ha llevado ese espanto a una tensión máxima: el espanto de estar a la hora, al minuto, al segundo. Que medios de comunicación permitan una crítica a Internet y al progreso, permitiendo incluso un elogio del melancólico, es algo que encumbra a dichos medios. Y en el fondo, aunque estos medios utilicen también el progreso y la “red”, depuran, lavan las redes, y acaban pareciéndose a aquellas de Galilea, restituidoras, sanadoras. Se ven obligados a luchar contra el enemigo con sus mismas armas. Tienen que pisar suelo enemigo, tienen que elevarse a una tarima virtual rodeada de chusma, pues las montañas ya no son tarima sino para Zaratustra. Para combatir al enemigo implacable, insaciable, se tiene que encaramar al territorio en el que éste es experto. Pero nunca ha de perder de vista la verdad de que el progreso es la peste e Internet es la fiesta eterna de la peste. Jamás un conservador será entusiasta del progreso ni de su brazo armado. Lo utilizará, pero sólo para restituir antiguos valores que actúan como el agua bendita en los endemoniados por la técnica y el progreso. Si alguien que se tiene a sí mismo por conservador, se muestra a la vez como entusiasta incondicional del progreso y de Internet, ha de vigilar si en su corazón no se esconde un progre, habiéndose de dar con un canto en los dientes si lo que descubre dentro de sí es “tan sólo” el germen corrosivo del innato hombre de negocios.
 

El tener que estar al minuto, al segundo -ley fundamental del progreso- crea un torbellino que se lleva consigo a todo ser humano, convirtiéndolo en un gregario del mundo, en el fondo, en un siervo de los inútiles que copan hoy los primeros puestos de la sociedad, los palcos del poder. El hombre de la superficie es hoy un hombre atrapado en la “red” que cada segundo vende su alma al demonio. No lo pagará en un más allá, sino en el aquí y en el ahora. El no parar, el no detenerse, acaba fragmentándole. Eso es precisamente perder el alma. Eso es condenarse en vida. Y, sin embargo, muchos hombres de la superficie, muchos hombres amantes del progreso, saben en el fondo que, si pueden confiar en algún ser humano, no será en los de su grupo, cuyos ojos brillantes y felinos les avisa de la competencia, sino en el hombre melancólico, en el que bucea y huye de los hombres para sólo muy raras veces dejarse contagiar con esta realidad robótica y virtual.
 

Sabe que puede confiar en este tipo de hombres de ojos entristecidos, pues estos son fósiles vivientes que le recuerdan a un hogar perdido. Ya apenas quedan ojos así sino en ancianos o en trasnochadores resacosos. Y en los políticos, reflejo de la sociedad, tampoco se encuentran unos ojos que reflejen algo de esto. Los de Rajoy se acercan, aunque me temo que no sea nada espiritual la causa de ello, sino una vulgar pereza. Sin embargo, sí veíamos ojos melancólicos en tantos hombres de tiempos lejanos. Me vienen a la mente los ojos de Carlos V, quien con su porte riguroso, defendiendo por doquier la fe católica, hace caso a esos sus ojos melancólicos que sus retratistas no obviaron, para retirarse a las soledades de Yuste en el cénit de su poder.
 

El progreso sin límite, ese es el corazón de las tinieblas, el torbellino, el tornado que ha enroscado nuestro cuerpo y nuestra alma y nos hace ir de aquí para allá sin querer mirar cuál es el fin que se nos tienen preparados.  El mismo profesor ha de ir de este alumno a aquel otro, adaptándose, desgajándose, integrando e integrándose, es decir, desintegrándose, para acabar desintegrando también su enseñanza. Metidos todos en el mismo torbellino, asistimos todos a la frenética fiesta de la peste. Un torbellino que no sólo barre el alma y asola el espíritu, sino que esparce paro allá por donde sopla. Jóvenes que estudian carreras que el tornado ha barrido -y no me refiero sólo a la Filosofía, a la Literatura, me refiero a las matemáticas, a Económicas, a estudios de contabilidad- se ven amenazados por la máquina y la robótica. La inteligencia artificial hace que la mayoría de las carreras se queden obsoletas en pocos años. El robot amenaza. Si quiere sobrevivir, más le valdrá al contable hacerse experto en redes internáuticas, al matemático, tecnólogo, y al periodista, animador social. Pero como el progreso es adaptación, no habrá problemas. Adiós querida vocación.
 

Es ese el mismo torbellino que ha envuelto a un profesor de Filosofía de instituto que desde hace semanas ha ascendido al olimpo de la fama por enseñarles a sus “chicos” la “filo” a través de Twitter. Lo escuché en la COPE hace unos días. Les hace ver a los “muchachos”, por ejemplo, Star Wars para que a través de Twitter escriban qué palabras filosóficas han salido en la película. Cuando el entrevistador le pregunta si no son pocas las palabras que se permiten en Twitter, el profesor contesta esta porquería: “El mejor profesor que yo tuve” –decía el exitoso y premiado docente- “nos hacía escribir un texto, para luego reducirlo más, y luego más. El texto no estaba terminado hasta que se redujera a una sola frase. Fue el profesor de quien más aprendí”. Y yo les pregunto: ¿No es para vomitar? ¿Qué bebida adormecedora se nos sirve en esta fiesta de la peste? Yo le preguntaría al exitoso pedagogo ¿quién obtiene la mayor nota, el que escribe en su ejercicio: “la libertad es el mayor peligro para el hombre” o el que escribe: “debe haber unidad en la diversidad”, “la tolerancia es la base de la democracia”? Ustedes pueden imaginarse quién suspende y quién no. Aunque probablemente el profe me conteste: “Retrasado retrógrado, ¿no te has enterado que la nota no importa”?

 

No sólo la Filosofía ha entrado en Twitter, sino que también existen exitosos “novelistas twitteros”. Van escribiendo frases cortas, y cuanto más cortas más dinero va entrando en sus arcas virtuales. Dickens y tantos otros escribían muchas novelas por capítulos en periódicos, pero esto de ir escribiendo frases, ¡tiene mandanga! El tornado imparable del progreso, también se ha llevado en volandas a un autoproclamado “poetaweb” –que está vendiendo su poesía con un éxito insólito en la red- y al que le escuché decir en el Canal 24 horas: “Internet y los nuevos medios ofrecen el terreno perfecto para la poesía, pues los nuevos medios exigen pocas palabras, como la poesía”. Sí señores. “Poetas web”. ¿No es nauseabundo?
 

Se acabaron los grandes relatos. Estos sólo se permiten cuando están llenos de ruidos, de sentimentalismo pueril, de prosa adolescente o de galimatías indescifrable. Todo queda reducido a esquema, todo es simplificado, y cuando no, todo es obtuso. Pero sobre todo, fíjense, “todo es opinable”. Y la opinión que vale no es la de hace dos mil años, ni la de hace trescientos, es la de ayer, la de hoy, la de hace una hora. El periodismo, que ha colaborado en convertir a la política en un espectáculo, tiene buena parte de culpa. El espíritu del periodismo es la actualidad, la noticia, la exclusiva, el titular. ¿Qué importa un artículo de opinión de hace un mes, si tenemos este de ahora? El otro ya se quedó sin valor. Es la dictadura de la novedad, uno de “los ocho pecados capitales del arte contemporáneo”,  que señala J. J. Esparza en su valiosísima y desatendida obra. Es el nihilismo, que sólo espera ser vencido por hombres de profundidades, por hombres espirituales que salgan a la superficie para denunciar el hedor de las almas que se están pudriendo y que hieden. Propongo subvenciones para cursos urgentes: enseñar cómo huele la pudrición, porque el hombre de a pie ha perdido entre otras cosas el sentido del olfato.
 

No hay alma porque todo es fragmento. La posmodernidad trituró toda esencia, y con ello, toda profundidad. Sí, la posmodernidad, de la que se nutrió la social-democracia y que sedujo también a tantos liberales. De la esencia al fragmento y de éste al polvo que será dispersado con una sola ráfaga de viento. ¿Quieren ustedes una traducción de este imperio de la nada en la política española? De España a las comunidades autónomas, de estas a nación de naciones, y de ahí a la nada, al polvo. El viento se encargará de barrer el polvo de España. Al fin y al cabo, ya lo dijo Zapatero, “la tierra pertenece al viento”.
 

Hubo un tiempo en el que el color, la luz, los accidentes, estaban al servicio de la esencia. Hoy están al servicio de la nada. Al quedarse sin esencia vagan por el mundo como vagan las opiniones de los necios por Internet.
 

El que los progres adoren el progreso muestra que el capitalismo y la progresía son la misma porquería. Ninguna coleta, ningún cuello sin corbata, ninguna rasta en el Parlamento puede ocultar que desde el interior de estas figuras progres exhala la peste del capitalismo salvaje y del progreso.
 

Me pregunto si las nulidades que hoy nos rigen y que nosotros  -todos en mayor o menor medida nos encargamos de promover-, serían algo si el hombre aprendiera lo que en otro tiempo le fue propio: el arte de cuidar el alma, o dicho más prosaicamente, si el hombre se esforzara en adiestrarse en el arte de quedarse quieto. Quedarse quieto, a eso teme el progreso, a eso temen los políticos. Presos del miedo, a eso tememos nosotros mismos.  No temen a la actividad contestataria, lo que temen es la quietud, temen que les dejen de oír, temen que se huya de ellos, que deje de encenderse el televisor, que no abran el periódico. Temen la huida de los súbditos, temen quedarse sin súbditos, pues esa huida es el mayor deprecio hacia ellos. El día que uno consuma sólo lo que necesita o lea sólo lo que aprovecha a su crecimiento espiritual, ese día temblarán los mediocres. Quedarse quieto, y en caso necesario, huir. El gran espíritu ruso es experto en mostrarnos el camino. Napoleón a las puertas de una Moscú abandonada e incendiada por los propios rusos. Qué bien nos describe Tolstoi en Guerra y paz ese momento del absurdo, ese desprecio para cuya digestión no estaba preparado Napoleón ¿Qué sería de Rufián, de Pablo Iglesias, de Rajoy, si dejáramos como un páramo los medios de comunicación? ¿No sentirían la misma derrota moral que Napoleón a las puertas de Moscú?
 

He aquí la tarea heroica de nuestro tiempo, la de frenar ese torbellino imparable. Sólo podrán hacerlo hombres espirituales, hombres que con un afinado sentido del olfato, recelen del progreso. Un hombre así es necesariamente un hombre melancólico. La melancolía no es debilidad, ella contiene una gran dosis de valentía, la que lleva a abandonar para vencer, la de retirarse para nutrirse de alimento espiritual. Le cabe a la melancolía, además, el privilegio que desprecia sin ruborizarse al hacerlo, asestando un golpe letal cada vez que desenvaina el espíritu. Sólo cuando se proyecten ministerios para la regulación y control del progreso y de Internet, cuando las armas de destrucción moral sean tan tenidas en cuenta como las armas de destrucción químicas, y cuando el progreso sea estimulado para la salud del cuerpo, sin vacilar en reprimirlo cuando amenace la salud del alma, sólo entonces, podrá el hombre restituirse como hombre.
 

Bajo el aplauso de todo el foro proclaman muchos parlamentarios su orgullo de ser gay o lesbiana, de ser comunista o republicano. El día que oigamos a alguien proclamar su orgulloso de ser un hombre melancólico y de despreciar al progreso, no se escucharán aplausos sino más bien risas, y sin embargo, cuando eso ocurra los cimientos del Parlamento temblarán porque este mundo volvería a embellecerse y con ello a redimirse; y quizás algún ignorante sabelotodo agacharía su googlecabeza ante tan insólita proclamación, y en ese gesto de humildad, apreciaría que su mente de diseño y el disfraz progre que le cubre, no son sino sus auténticas ruinas, y estas les mostrarán su propia fragilidad, su pequeñez, la brevedad de la vida, de su vida. El hombre contemplaría sus ruinas, polvo y nada. Sólo entonces renacería la  esperanza.

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