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Pablo Mosquera
Domingo, 11 de febrero de 2018

Euskadi no debe copiar a Cataluña

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Recuerdo tiempos de máxima competencia entre Barcelona y Madrid. En los despachos del centralismo se referían al resto de España, como provincias. Para cualquier asunto de interés económico, laboral o deportivo, había que desplazarse a "los madriles". Todavía me tiemblan las piernas al recordar aquel final del verano de 1975 en que pasé el primer ejercicio oral de la oposición a Inspector Médico del INP, en un salón verde en la Calle Alcalá, sentado a modo de banquillo ante un jurado que parecía dormido mientras yo desgranaba, con reloj marcando tiempos, los temas que el bombo me había asignado. Madrid era Chicote. Madrid era el Santiago Bernabéu. Madrid era la Plaza Mayor y el Arco de Cuchilleros. Madrid era - con la vista de hoy- una ciudad hortera, pero dónde se asentaba el poder total.


Cuando llegué a Barcelona me di cuenta que era un paleto. Haber sido alumno de la Complutense me había enseñado a luchar contra la dictadura y por la libertad. Pero  Barcelona, a pesar del Gobierno Civil y la Capitanía cerca de Colon, era el sur de Europa, una ciudad dándole la espalda al Mediterráneo, que desprendía libertad, buen gusto y cultura. Barcelona era la capital del seny.


Luego, al trasladarme a Vitoria, allá por 1976, descubrí el norte vasco, y digo así para reivindicar de una vez por todas que el norte está en la Galicia Mindoniense, dónde ruge el Cantábrico y se habla gallego, un idioma tan viejo como las raíces de nuestro pueblo, eso sí, hijo legítimo del latín. Nada que ver con la lengua prerromana vascuence. También descubrí Bilbao. Sucio, decadente, mal encarado, con otra chulería distinta a la de Madrid, pero en cualquier caso, chulería con bravuconería. Tenían a los alaveses por aldeanos y a la Vitoria creciente por un barrio del "bocho".


Todo esto viene a cuento de cómo los españoles hemos desarrollado varios complejos. Puede ser consecuencia del aislamiento por la dictadura. Puede ser por la todavía influencia del sur en la capital del Estado. Puede ser por la grandeza y complicación que supone un país dónde las regiones son tan diversas que casi no nos perecemos en nada, salvo en el idioma castellano y la pasión  por el futbol. Nos ha costado tiempo y viajar, entender lo que supone ejercer como europeos, más allá de la emigración o el turismo.


Los españoles estuvimos media vida odiando a los ingleses, y admirando a los marines yanquis. No éramos capaces de valorar que hay pocos países en el mundo que disfruten el patrimonio histórico-cultural de nuestro suelo hispano, incluida la gran aventura de la Hispanidad. Aquí siempre el humor lo producían tipos como Paco Martínez Soria o damiselas como Lina Morgan.   

   
Y llegó la democracia, tras la muerte del dictador en su cama. Y llegaron la Constitución y los Estatutos. Nació el Estado de las autonomías. Pero se consolidó lo que ye era hecho constatable. Había dos Españas, y no me refiero a vencedores y vencidos tras la contienda civil. Me refiero al trato que desde Madrid se venía dando a Cataluña y Euskadi, en comparación con Galicia, Extremadura y Castilla.


¿Qué pretenden los vasquitos y nesquitas de ahora, tras haber pasado diez años del Plan Ibarretxe?. Pues parece que entrar en otra fase del contencioso por un nuevo Estatuto. Y dentro del nuevo marco legal, se contemple el derecho de los vascos a decidir. Algo así como volver a otra "carlistada".


Ni es el momento, ni es necesario, ni es lo que necesitan los sujetos del derecho a ser españoles. Bastante tenemos con Cataluña. Bastante tienen los vascos con los privilegios de la Disposición Adicional en la actual Constitución. Bastante complicado resulta explicar en la UE lo del Concierto Económico. Mejor sería dejarlo como está. O en todo caso volver al periodo de reformas constituyente. Es decir, primero reformar la Carta Magna, y después repartir juego entre tierras y gentes de España para conformar un Estado moderno, simétrico y garante de la igualdad de oportunidades.


El primero que debe poner orden en la representación del ciudadano español es el PSOE. Estos días comprobé cómo un viejo socialista, el ex presidente de Extremadura Rodríguez Ibarra, explicaba sus relaciones con Cataluña y su incomprensión para con los vaivenes de sus colegas del partido socialista en Cataluña. Ser socialista es defender la igualdad del derecho a ser y recibir. Hacer guiños a privilegios y asimetrías o derechos histéricos, va más con las derechas y menos con la solidaridad organizada desde un Estado socialista, por tanto no liberal.


Pero tras la ocurrencia de Montoro, sobre la quita a la deuda contraída por los que se pasan las instrucciones del control por el arco del triunfo, y ahí están las cifras de Galicia y Cataluña, como español, como constitucionalista, como progresista, me resisto a seguir aguantando la España de las dos velocidades. La que emigra en silencio, y la que protesta o llega a declarar la República de Cataluña.


Es el momento de ejercer el poder constitucional, sin complejos. La Ley se cumple o se cambia. Lo que no podemos es hacer leyes al gusto de unos cuantos que siempre tienen algo que pedir a costa del sacrificio de los demás, que les importamos un bledo.


Y a los vasquitos... no les conviene sumarse al conflicto con el Estado a modo de la Cataluña de los Mosos de Escuadra. ¡Valiente policía!. Y encima, los mejor pagados. Si hubiera vergüenza, se procedería a su disolución, así como al cierre de las TV3. 

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