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Antonio Ríos Rojas
Lunes, 9 de abril de 2018

"La luz del norte", de Carlos X. Blanco

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Es un tópico, pero de los verdaderos, el que la mejor crítica y el mejor honor que se pueden hacer a una obra y al trabajo de su autor es mostrar a este que se han pasado horas y días con su obra, y que ese tiempo ajeno a toda pantalla de ordenador o dispositivo moderno, horas frente a su libro en silencio, no han sido sólo de provecho y deleite, sino también  de diálogo crítico, de conformidad y disconformidad con el autor. Dicho lo cual, abordamos una crítica literaria de la obra La luz del norte (EAS, 2016) de Carlos X. Blanco.


“La luz del norte” nos relata el que fue el germen de la Reconquista española, por lo tanto el germen de España misma, de la España católica e imperial, base de la posterior nación española. Don Pelayo es el protagonista sobre el que gira esta novela. Pelayo es el espatario del rey Rodrigo, junto al que sufrió en 711 la derrota en Guadalete, aunque la novela arranca ya pasado este hecho histórico. Pelayo es un noble de estirpe goda y astur –así es presentado en el libro siguiendo o mezclando algunas de las Crónicas, desconocidas por mí- que comenzó a unir a godos, astures, cántabros e hispanos en las montañas de Asturias iniciando la resistencia y la reconquista ante una península ibérica invadida por el islam.

 

De todos modos, no sólo Pelayo es el protagonista de esta -llamémosle por el momento- novela, sino que tanto o más protagonismo que Pelayo tienen otros personajes: así el joven Teud, compañero de armas de Don Pelayo, que debe huir de Toledo, la capital del reino visigodo asolada por la invasión musulmana; Álvaro, hispano-godo que compartirá en Toledo y Córdoba cautiverio y penalidades con Brunhilda, hermana de Teud. Igual protagonismo que Brunhilda adquiere en el relato la noble y guerrera Adalsinda, hermana de Don Pelayo. Muy conseguido está en esta novela el entrecruzamiento de estos personajes que fundamentalmente se mueven de dos a dos. Pelayo-Teud, Álvaro-Brunhilda, Adalsinda-Teud, Pelayo-Adalsina, etc… Este continuo acompañamiento de los personajes libra a este relato del individualismo, de la introspección que suele caracterizar a los personajes de relatos modernos, incluso en relatos de aventuras actuales. Ni siquiera el ermitaño Bartolomé deja de estar acompañado, pues parece estar siempre “conectado” a su esfera mágica, con la que se comunica con los hermanos de la Orden. Y como todos estos personajes, presentados como modelos ideales, necesitan para su realización la existencia de personajes pérfidos, la novela está transida de estos últimos. El triunfo del bien sobre el mal no es sólo en esta novela el triunfo del cristianismo sobre el islam, sino que por encima de todo, es el triunfo de la nobleza de espíritu, de la fidelidad a un bien que, eso sí, parece habitar innato en un orden jerárquico, tal cual este: astures-cántabros, visigodos, hispanos, etc…


A través de “La luz del norte” nos insertarnos en una península ibérica devastada por la invasión musulmana y por la traición de los visigodos  partidarios de Witiza, y recorremos con sus protagonistas ciudades como Toledo, Emérita Augusta, Córdoba. Aunque la descripción, ya sea paisajística, de costumbres, de variedad de caracteres no está demasiado presente en la novela –esta carencia ayuda a que sea un relato muy apto para jóvenes- nos hacemos una idea bastante buena de lo distintas que eran las costumbres en los diversos territorios. El autor maneja muy bien el cruce de casualidades, de encuentros entre personajes y el componente de sorpresa que no ha de faltar en un relato de aventuras, aunque estos encuentros son a veces tan inverosímiles como los del Persiles cervantino.


“La luz del norte” es un relato de aventuras. Pero no me atrevería a llamarla “novela histórica”, pues creo que este género, tan sobrevalorado en la actualidad, no atina a plasmar con lo que es este libro. “Novela histórica” es un término de por sí confuso, pues todo relato que se salga del tiempo presente y en el que haya personajes importantes de la historia podría ser considerado novela histórica, y así novelas como “La flecha negra” de Stevenson o “La cartuja de Parma” de Stendhal podrían ser consideradas “novelas históricas”, cuando gracias al cielo, no lo son.


Aunque la madeja narrativa de esta obra de Carlos X. Blanco es unitaria y con empaque, la división de la obra en tantos capítulos, los continuos y drásticos cambios de lugar, de personajes, etc… desposeen a la obra del carácter de novela –que es un género moderno-, otorgándole más bien un carácter de literatura épica clásica, por un lado, y de relato moral y religioso miniaturista del estilo de las Cantigas de Alfonso X, por el otro (quizás también –aunque esto lo desconozco y tendría que juzgarlo un historiador-  al estilo de las Crónicas sobre la vida de Don Pelayo).


Ensamblar estas características épicas y de miniaturismo religioso con el relato de aventuras para jóvenes es el reto que, más allá de la voluntad del autor, tiene esta obra en sí. Y creo que la obra sale muy bien parada de este reto… si no estuviéramos en 2018 y el mundo no estuviera lleno de jóvenes atontados planificadamente por adultos. Este pensamiento lo matizaré al final de esta crítica. Sigamos.


La novela, pues, es un género moderno, y “La luz del Norte” no es un libro moderno. No intenta atraer con las argucias de la modernidad, de ahí que tenga por ello un carácter anacrónico que puede atraer y seducir a tantos lectores como espantar a otros. Está claro, al lector y al crítico que se sienta a gusto en la modernidad le espantará esta obra, al lector y al crítico que ya ha olido el hedor de la modernidad y la posmodernidad, le atraerá “La luz del Norte”, si bien podrá estar en desacuerdo en algunos aspectos de la obra.


Es una obra de atmósfera positiva, es decir, es muy adecueda para jóvenes o adultos que quieren reavivar su espíritu joven. No encontramos en la obra ni una complaciente autodestrucción, ni una destrucción autocomplaciente. No hay el más mínimo olor a nihilismo en esta obra. A mis ojos, literariamente, esto juega tanto a favor como en contra de la obra, pues mostrar el nihilismo, tener cierta tendencia a la negrura -más allá de los personajes tan pérfidos de la novela- es importante como advertencia y mostración de peligros que asedian al hombre desde la ilustración. La negrura de Kafka o la de Céline es por ello fundamental, y el nihilismo mostrado por Dostoievski es esencial para mostrar después el efecto de una luz brillantísima.

 

El problema es que en nuestros días la literatura ha hecho del nihilismo su base, traspasando toda frontera de advertencia, y esto hasta tal punto que el nihilismo se ha disfrazado de alegría y positividad. De esto último no peca  “La luz del Norte”, que es una obra clara y positiva, sin disfraz, aunque hay ropajes antiguos. ¿Quién no recuerda un poco a Homero la primera vez que Álvaro asesta un golpe mortal a un enemigo (p.135) o Adalsinda al suyo (p.210)? Pese a estos destellos homéricos, “La luz del Norte”, tiene un aire menos trágico, pues no son los dioses los que al albur determinan un destino. Aquí se sabe de qué lado caerá la victoria.

 

Dios lo ha trazado con esa Orden de los hermanos ocultos -tan presente en el libro-, pero los hombres deberán certificarlo con sus esfuerzos. Donde asoma el cristianismo no puede respirar el fatídico destino griego.
Pese al anacronismo de la obra, “La luz del Norte” es, por encima de todo, insisto, relato de aventuras. Aventura “pura”, y “pura” en el sentido moral y religioso del término, la aventura que tiene como fin el triunfo del bien sobre el mal. La obra es evidentemente maniquea, sin que esto sea dicho peyorativamente. No se trata de aventura moderna al estilo de Stevenson, por ejemplo, pues la época casi mítica, o al menos fundacional, que trata la novela, así como el contenido y objeto fundamental de la misma, se separan de la aventura moderna, más prosaica. Aquí no hay un tesoro escondido en una isla, aquí hay un mensaje moral y religioso que presentar y defender.


“La luz del norte” deja al lector el sabor al medievo visto desde un romanticismo de corte germánico, en el que la pureza está quizás demasiado unida a la raza. Obsesivamente los astures y los visigodos parecen mirar en algunos hispanos, rasgos raciales o de carácter que puedan hacer pensar que también el hispano tiene sangre goda o astur, aunque es menester decir que no siempre es la raza la portadora de la pureza en esta obra; recordemos los personajes de Ikko y Alfakai, los bereberes esclavos que liberan a Teud y Adalsinda, y de los que se dice: “Que el cielo os bendiga, por siempre sabré que no todos los miembros de vuestra raza son gente de corazón duro, cruel, bárbaros, hambrientos de oro, tierras, esclavos y placeres” (p.185), o el mismo judío Bartolomé, que aparece enjuto, pequeño, encorvado frente a la poderosa figura de Pelayo, y que sin embargo es grande en espíritu y en nobleza, a la postre, las virtudes más importantes que destellan en este relato. No olvidemos que uno de los seres más depravados que aparecen en la novela es el hermano de Witiza, el obispo Oppas, evidentemente un godo. Pese a este ideal moral que está por encima de la raza y que revela el orden católico del mundo, el relato se debate internamente entre esa visión y la visión racial romántica alemana. Lo moreno, las “dentaduras caballunas”, los labios de enorme fealdad árabes, demasiado caricaturescos, contrastan con los cabellos dorados, lo blanquecino, que son como un resplandor ideal y divino.


Para el lector medio actual, es decir para el hombre teledirigido, estas características raciales y maniqueas se le puede hacer incomprensibles; sin embargo, creo que en esto consiste el atractivo de este relato, en que el autor se introduce perfectamente en otro modo de pensar, un modo de pensar arcaico, que quizás el romanticismo supo ver con nostalgia contra el triunfo creciente de lo políticamente correcto, de la burocracia. Por eso “La luz del norte” no debería espantar a nadie por su maniqueísmo, pues casi hasta la posmodernidad el maniqueísmo era la forma desde la que se interpretaba la realidad. Sí, había épocas en las que todos sabíamos qué eran el bien y el mal, qué era un hombre y qué era una mujer.


Por otro lado, la novela está transida por un componente erótico que se cruza y se funde también con el componente ideal. Quizás este componente erótico tan manifiesto sea lo más moderno de la novela. Recordemos a Brunilda desnuda y con la espada en la mano ante su amado Álvaro, o Adalsinda, declarándose igualmente desnuda, en destello de blancura ante Teud (el autor recoge aquí la tradición -que yo desconozco- de que las muchachas astures se declaraban ante los muchachos y no al revés). Cada lector habrá de dilucidar si hay algo más que erotismo en la forma en la que los árabes y el obispo Oppas satisfacen su lujuria. Pero el autor no tiene miedo a incluir esto en su libro. “Así fue”, dijo Benedicto XVI al ver “La pasión de Cristo” de Mel Gibson. Y que aquella época de conquista árabe fue una conquista de venta de esclavos, de trata de niños y de bellas muchachas carne de harenes, está fuera de duda para todo aquel que sepa un mínimo de la época, de la conquista árabe y del islam.


Al ideal de “La luz del Norte” se le suma un componente mágico que traspasa toda la obra. Ya el primer capítulo es el rito iniciático de Pelayo en Jerusalén, y todo lo que acontece en la obra es visto en esferas mágicas por los miembros de la Orden de los hermanos ocultos, miembro de la cual es el judío converso Bartolomé, celoso primer guardián de la Cueva de Covadonga. Una Orden que pretende ir más allá del cristianismo, pues tiene como fin una unión de todas las religiones en el ideal de pureza y nobleza de espíritu. Muy bien hilado nos presenta el autor al pastor de Liébana que ayuda a Bartolomé, quizás el futuro beato de Liébana, que acabará propagando la fe en la presencia del Apóstol Santiago en España.


Esta novela, este relato épico o moral, tiene además de no pocas virtudes literarias, una virtud incuestionable que, desgraciadamente, pocos sabrán ver, y es que este libro no debe nada a nadie, no busca complacer, no busca lectores al precio que sea. Es por vivir en una sociedad donde la lengua y el pensamiento están amordazados, una sociedad que pretende en pocos años aniquilar las tradiciones de milenios, por lo que este libro puede ahuyentar a muchos más que a los que ahuyenta el enseñar en las escuelas que hay niños con pene y sin pene y niñas con clítoris y sin clítoris. Cuando libros como este sean leídos por jóvenes en la ESO, nuestra sociedad habrá frenado en seco la caída en picado que padece. Me temo que eso, de momento, es un sueño.   

 

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