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Lunes, 16 de abril de 2018

La función del pensamiento conservador

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España está perdida, sin un pensamiento que la guíe, que la ayude a hallar su camino, también.


Es paradójico. En el siglo XX hemos vivido una "Edad de oro de la filosofía española", pero éste venero de ideas, propuestas y pensadores no ha incidido con eficacia y pulso en la política de la nación. Muy especialmente no ha incidido en la política cultural y educativa de un Estado como el nuestro, carente de proyecto, sin misión. España lleva, desde los malhadados tiempos del ministro Maravall, copiando métodos ya fracasados en el extranjero, adoptando fórmulas inanes epistemológicamente, aplicando leyes muy aptas para la ingeniería social.


El Estado surgido del régimen de 1978 (en adelante, R-78) bloqueó el paso y el influjo a los auténticos pensadores, y rindió honores y erigió podios a los sofistas y a los embaucadores. Con el ministro Maravall y las políticas educativas y culturales socialistas, el pensamiento, y muy justamente el pensamiento español, quedó proscrito en la medida en que la tecnocracia y la oligarquía, entonces anidada en la política de "izquierdas", vieron que la filosofía podía ser, para ellos, una selva impenetrable en la cual podrían refugiarse los guerrilleros del pensamiento y anidar allí la resistencia intelectual a la Ingeniería de las masas.


La pedagogía gozó entonces, a raíz de la nefasta L.O.G.S.E, de una estima desmesurada, teniendo en cuenta sus débiles fundamentos epistémicos, sus contradictorios y escasos éxitos sociales, la dudosa cuando no escandalosa sumisión a ideologías tecnocráticas e imposiciones globalistas. No es exagerado decir que la pedagogía del R-78 ha sido la sofística sustituta de la auténtica filosofía, y que significó el bloqueo burocrático necesario para que el pensamiento crítico, racional, un verdadero pensamiento español, quedara anulado.


Porque ese pensamiento existía, pero era un pensamiento al que se le tenía miedo. Había miedo a que el proyecto de control de masas dejara de ser monopólico. El remedo de filosofía auténtica que la llamada "Transición" consintió, más allá de las estúpidas recetas de la pedagogía L.O.G.S.E ("aprender a aprender", "aprender por descubrimiento", "conectar los contenidos con la realidad"), fue controlado férreamente por las oligarquías socialdemócratas. Junto a un exceso de pedagogía, el R-78 nos trajo la filosofía analítica y el neomarxismo habermasiano.


[Img #13747]Para los menos comprometidos políticamente, la filosofía analítica vino como traje hecho a medida del imperialismo atlántico anglosajón. El "análisis del lenguaje" permitió a muchos profesores de filosofía eludir el "análisis de la realidad". El colonialismo anglosajón no dejó de actuar durante esos años en que "OTAN de entrada NO", pasó a ser "OTAN y bases yanquis sí". La filosofía castiza fue completamente arrojada al desván de los trastos viejos: zubirianos, neotomistas, orteguianos… Lo moderno era dominar el inglés y la lógica formal. El futuro consistía en ignorar la tradición (y lo que ello implicaba, como filón de textos escritos en griego, latín o alemán) y citar a Wittgenstein y a otros supinos ignorantes de la tradición. Grandes figuras del "franquismo", pero grandes en lo filosófico al margen de su participación en el Régimen, pasaron a una especie de marginalidad: Gonzalo Fernández de la Mora, Eugenio D´Ors, Xavier Zubiri…


Muy machacona y omnipresente fue la recepción del pensamiento de Jürgen Habermas. Los libros de texto de "Educación para la ciudadanía", "Ética y ciudadanía" y, actualmente, "Valores éticos", rezumaron pensamiento habermasiano. La errónea estrategia de no hablar de España como nación o como patria, ante el acoso etarra y, en general, separatista, fue una estrategia habermasiana: "patriotismo constitucional" en lugar de "España" fue la consigna frente a aquellos que negaban la propia realidad histórica de la nación española.


La idea, básicamente una vulgarización de la ideología imperante en la socialdemocracia alemana de postguerra, era era ésta: "no tenemos por qué amar España, a fin de cuentas una idea 'discutida y discutible' (Zapatero dixit). Basta con ser leal con la Constitución". Hablando de esa manera, nuestros habermasianos zapateriles y socialistas eran (y son) unos nominalistas en realidad. "España - que por un lado es nación de naciones, viene a ser una entelequia, un ente para el cual acuño un término y yo no estoy dispuesto a morir o matar por un término".


La filosofía política del PSOE y de la izquierda española en general se degradó hasta tal punto que el problema de la violencia anti-española representada por ETA y otros grupúsculos varios fue vista no tanto como un problema de Estado sino como un "error del lenguaje" (concepción analítica de la filosofía) o un "estrechamiento en los canales de diálogo" (concepción neomarxista o habermasiana de la filosofía). Frente a la venerable tradición intelectual española que se cuestionaba patrióticamente las raíces de nuestro fracaso, raíces lejanas que proceden de la pérdida de un Imperio universal y la inacabada reconversión de ese Imperio en un "Estado-nación", la izquierda pensante de nuestro país ha querido hacer borrón y cuenta nueva, reduciendo las grandes cuestiones (¿qué es España? ¿Qué debemos ser en el mundo?) al estatus de meras cuestiones terminológicas: "no importa que no te sientas español, cosa vaga e imprecisable, lo que importa es que cumplas con los preceptos constitucionales", o bien tratando de sacar adelante las discordias por medio de un diálogo infinito.


Esto del "diálogo y más diálogo" es el habermasianismo de pacotilla que ha hecho que la democracia española pierda nada menos que tres décadas en su pulso con el terrorismo y con el separatismo. Ningún pensador serio, ni siquiera uno que figure entre los más "pacifistas" y "filántropos", ha admitido que se pueda entablar diálogo con quien te apunta con una pistola, ni siquiera con quien te insulta verbalmente. Y esta situación no se deja definir simplemente por una "obstrucción de los canales de diálogo", como quien sufre de obstrucción intestinal y es incapaz de aflojar lastre en el excusado. Las "condiciones ideales" para un diálogo racional son presupuestos tan utópicos como hablar de "un mundo sin guerras" o "una sociedad en la que nadie sea más que nadie". Pedir los supuestos, conceder aquello que todavía debe ser demostrado, es signo evidente de una mala filosofía. Hablar de "obstrucciones" al diálogo es, como presuposición del principio, una impostura intelectual. Pues se quiere obviar aquello que precisamente tiene enjundia en el asunto: quién obstruye, por qué, con qué fin y con cuáles medios, quién se le resiste, cómo responde.


Hablar de diálogos y de posibles obstrucciones a los mismos es como resumir el contenido de una conferencia con comentarios sobre la corbata o el peinado de quien conferencia. Es quedarse en lo superficial, en aquello sin sustancia. Y el "democratismo" liderado por el PSOE, pero estultamente seguido y copiado por la derecha española, siempre acomplejada y siempre a remolque de la socialdemocracia, ha consistido en obviar y neutralizar el conocimiento y la acometida política de la propia situación dialéctica. No es importante que haya o no diálogo, sino la estructura política misma que obliga a los contendientes a elegir medios (diálogo negociado, o diálogo de "puños y pistolas", entre otras alternativas). Pero España sufre el doble con su "dialogismo" porque nadie quiere analizar estructuras dialécticas, y ante cualquier herida, ataque, problema u obstáculo, se rinde culto a San Jürgen Habermas como si el diálogo fuera panacea.


[Img #13746]Hay estructuras dialécticas objetivas que, antes que nada, necesitan ser comprendidas. Y es en este momento en que yo afirmo, y reitero, con Ortega y Gasset, que España (y Europa) no podrá ser una realidad a salvo en tanto que no posea (y en ella se aplique) una verdadera filosofía. España (y Europa toda) padece muchas enfermedades, y muy graves. Pero una patología principal es la de la sofistería. Nuestra cultura está llena, qué digo llena, atiborrada de sofistas. Como aquellos contra quienes nuestro viejo Sócrates arremetió por mercachifles, por prostitutos del espíritu, por vendedores de humo, por corruptores de menores. A nuestra cultura le sobran ideólogos, doctrinarios de partidos y de causas decimonónicas. Estos adoctrinadores y envenenadores de almas se han infiltrado en las escuelas y en las universidades, llenan los escaparates de "valores constitucionales" como si fueran pastelillos de dulce aspecto, para que niños y mentes infantiles en cuerpos grandes consuman y engorden mientras a sus espaldas se les malvende la patria, la nación, la dignidad y el orgullo. España necesita muchas dosis de orgullo que contrarreste tanta "educación para la ciudadanía". España requiere evacuar "politiquería" y liberarse de ideologías. Es un país que necesita volver a hacerse una auténtica y vigorizante filosofía. En el siglo XX hemos gozado de grandes luminarias, de soles que brillaron entre la negrura: Ortega, Trías, Bueno.


Otro importante pensador español, Gonzalo Fernández de la Mora, escribió, de forma temprana y visionaria, sobre "el fin de las ideologías". Clarividente y anticipador a los tiempos, el autor de El crepúsculo de las ideologías expuso de forma concisa el proceso de muerte de estos subproductos de filosofías políticas y sociales del siglo XIX y, en parte, del XX. La socialdemocracia abandona el marxismo y acepta principios liberales. El liberalismo se vuelve, en parte, intervencionista y, por medio de un cierto keynesianismo, adopta posturas socialistas. Incluso el comunismo de la URSS y del desaparecido bloque del Este convergían hacia formas racionales y tecnocráticas de planificación socioeconómica muy próximas a las de Occidente, salvando la retórica marxista-leninista y la ausencia de libertades propia de las dictaduras rojas.


Con alegría, el pensador conservador español, ex ministro de Franco, saludaba una nueva época, forjada en parte a la manera de Augusto Comte, una época positivista, un Estado positivo en el cual la ciencia, la planificación racional, el cálculo, el gobierno de los expertos dejará atrás las disputas "metafísicas" y doctrinarias. Las pugnas ideológicas, que acaban muchas veces en baños de sangre, tendrán su fin. La propia democracia, más allá de un sistema de representación o una cierta fiscalización corporativa de quienes toman decisiones, dejará de ser una diosa omnímoda, pues el Estado "de obras" mantiene el orden y el progreso con mano firme, suave y sabia si el Estado es nave que pilotan buenos marinos con dotes de mando y saber hacer. Esta coincidencia entre Ortega y Fernández de la Mora, la necesidad de superar las ideologías y las hemiplejias (izquierdismo y derechismo) en aras de una mayor racionalidad y cientificidad de la vida pública, ajena a disputas partidistas y liberada de la "casta", no debería engañarnos. También se divisan hondas diferencias entre ambos maestros. En Ortega, creo, pesa mucho más la realidad histórica del hombre. Late en Ortega un rico historicismo, una conciencia de las realidades sociales como realidades en devenir abierto, que en modo alguno parecen converger en un "fin de la Historia". Porque el tecnocratismo, que es el preconizado por Fernández de la Mora, parece apuntar justamente en esa dirección, en la dirección de una convergencia de los sistemas político-sociales del mundo occidental hacia un gobierno aséptico, descargado de la metafísica ideologizante, preocupado por el bienestar y la eficiencia.

 

Ambos filósofos representan una filosofía conservadora que hoy, ante la hegemonía rampante de la izquierda, y la supuesta superioridad moral que exhiben engendros del tipo "Podemos", debería rescatarse. Y no digo rescate por vía de desesperada búsqueda de tabla donde agarrarse, ante el naufragio y espantada de los conservadores españoles. Lo digo aunque nada más sea para contrarrestar el pensamiento único, tan único que puede hacer de nuestro mundo, de aquí en cuatro días, una enorme y siniestra cárcel.


Alain de Benoist lleva un tiempo recordándonos que la izquierda traicionó al Pueblo, y la derecha abandonó la Nación. Ambos desaires y felonías tienen una raíz común: el sometimiento de todos los partidos importantes, y de muchos de los políticos y filósofos de la política. Un sometimiento a poderes financieros, a un "Señor Saurón" plutocrático que posee miles de tentáculos y vías de soborno y cooptación.


Hay veneros donde beber. El pensamiento tradicionalista español (Vázquez de Mella, Elías de Tejada, Gambra), con su apoyo aristotélico-tomista, con sus principios de subsidiariedad y personalismo, con la defensa de una monarquía "federativa", foral, católica y netamente hispana, es el contrapunto a la concepción más laica, aséptica en el sentido religioso, y "comteana" de Ortega y Fernández de la Mora.


Pero no son los únicos. En tiempos más recientes, la filosofía de Gustavo Bueno, pese a sus inicios marxistas (nunca expurgados del todo), tiende a aproximarse a este positivismo comteano, algo jacobino y aconfesional, a un modo de filosofar racional-conservador en torno al Estado. De Bueno echamos en falta su escasa consideración al carácter histórico-diferencial de los pueblos de "Las Españas", la conciencia de la diversidad en la unidad, y siempre hemos lamentado su brocha gorda en materia política ante problemas muy graves de nuestra patria. Sus propuestas de "meter los tanques en Bilbao" o de "fusilar a Ibarretxe" no figurarán nunca en los anales dorados de la filosofía política española. No obstante, es cierto que también Gustavo Bueno, maestro inigualable en muchos aspectos, se adelantó a procesos que estamos ahora viendo con mayor claridad. El tiempo le está dando la razón en muchos temas. Basta estar al tanto de las andanzas "europeístas" del rebelde Puigdemont, sus conexiones internacionales, y los indicios cada vez más evidentes de una conspiración "europeísta" contra la unidad de España. Cuando Bueno hablaba de estos temas en sus clases, años ha, y nadie tenía ni idea todavía de quién podía ser un tal Carlos Puigdemont, podíamos pensar que lo de Bueno era una fácil mentalidad conspiranoica y una inquina anti-europeísta, semejante a la retórica franquista de la "conspiración judeo-masónica". Pero llevaba razón mi profesor, y el tiempo se la da a quien de veras la posee.


No hay, ahora mismo, una filosofía conservadora. Y sin embargo hay mimbres, hay piezas, hay maestros para alzarla. No se trata de una cosa vieja. Nada de nostalgia y oropeles de imperios fenecidos. Una filosofía conservadora de veras es, hoy, una filosofía de veras revolucionaria. Es toda una revolución del pensamiento plantar cara a "Podemos" y a sus mil franquicias y tentáculos. Es una revolución poner freno a la hegemonía cultural de una izquierda trasnochada incluso en ese vestirse de izquierdas, cuando en realidad son marionetas de la OTAN, que han aplaudido el bombardeo de Libia, o juguetes de Soros, de los árabes, de los hebreos, de los yanquis o de los alemanes. Saludaré una filosofía conservadora no porque embalsame momias (distingo conservar de embalsamar) y añore cruzadas. La saludaré con espíritu dialéctico: porque la verdadera filosofía es oposición a las fuerzas de la hegemonía casi orwelliana que encarnan las izquierdas y también las derechas (especialmente las derechas atlantistas y "liberales"). A esas fuerzas hegemónicas se opone la filosofía, que es resistencia y rebeldía. La verdadera filosofía dará a luz, con parto lento y doloroso, una España nueva.

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2 Comentarios
Fecha: Miércoles, 18 de abril de 2018 a las 23:29
Carlos X. Blanco
A don Santiago Molina García:
Lamento que le parezca lamentable, y lamento decirle que, además de profesor de Filosofía, soy licenciado tanto en Psicología como en Pedagogía. Y lamento decirle que la Psicología de la Educación es una de las "ciencias" auxiliares de la Pedagogía y que por tanto los conceptos que aquella disciplina ha impuesto, la Pedagogía los ha hecho suyos, y así también los ha impuesto. No veo fundamento crítico alguno a su comentario, pues lo que achacamos al lacayo también hemos de achacárselo al señor.
Lamento, don Santiago, tener que decirle igualmente que la Filosofía EN MODO ALGUNO, BAJO NINGÚN CONCEPTO es ideología, sino más bien una crítica implacable e incesante de las ideologías, y que su función y razón de ser en la sociedad es destruirlas, triturarlas. Las ideologías fueron, en un comienzo, filosofías, pero al vulgarizarse e incorporarse a partidos y movimientos sociales, se dogmatizan y se "fosilizan".
Lamentándolo mucho, atentamente.
Carlos X. Blanco.
Fecha: Miércoles, 18 de abril de 2018 a las 20:08
Santiago Molina García
Confieso que hacía mucho tiempo que no había leído un artículo con tanta confusión mental y plagado de contradicciones como éste. En un momento dice que España necesita liberarse de ideologías y a continuación reivindica una auténtica y vigorizante filosofía (es decir, la que el autor defiende). ¿Es que hay alguna filosofía que no sea ideología? También echa la culpa del fracaso de nuestro actual sistema educativo a las pedagogías del aprender a aprender o del aprendizaje por descubrimiento, siendo que esos principios son deudores de la Psicología de la Educación, pero no de la Pedagogía. En resumen: sencillamente lamentable.

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