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Jueves, 10 de mayo de 2018
Escándalo en el museo

El Guggenheim se convierte en un zoológico, dice que exponer un terrario con reptiles e insectos es “libertad de creación” y afirma estar a favor de “los derechos de todos los seres vivos”

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Según el Museo Guggenheim de Bilbao, la muestra "Arte y China después de 1989: El teatro del mundo" que acaba de acoger “es una exploración de la creación artística en China durante el período comprendido entre los disturbios de la plaza de Tiananmén de 1989 y la celebración de los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008”. En la exposición, según la dirección de la pinacoteca, “a través de 120 obras de 60 artistas y colectivos artísticos, se ponen de manifiesto diferentes ideas, experiencias y visiones del mundo en un país que ha adquirido un papel fundamental en la conversación global”.

 

Esto afirman los portavoces del Guggenheim, pero según diferentes organizaciones ecologistas y animalistas, la instalación “artística” que se presenta en el museo consiste principalmente “en un gran terrario donde numerosos animales (reptiles e insectos) se irán devorando a diario ante el público”.


Para los organizadores, esta afirmación es falsa, aunque reconocen que “en la instalación que conforman las obras ‘El teatro del mundo’ y ‘El puente’ se incluyen insectos y reptiles vivos. ‘El puente’ es una jaula sinuosa en forma de arco en cuyo interior se mueven serpientes y tortugas entre esculturas chinas de bronce que representan animales mitológicos. Bajo ‘El puente’ se halla ‘El teatro del mundo’, una estructura semejante a un caparazón de tortuga que contiene reptiles e insectos. Esta instalación alude a las dinámicas de poder y a las tradiciones culturales chinas”.

 

Y el Guggenheim Bilbao, ya lanzado hacia su conversión en un zoológico de lujo, añade que “todos los reptiles e insectos que se incluyen en las mencionadas obras han sido criados en cautividad y trasladados al museo previa confirmación de sus óptimas condiciones sanitarias por un informe veterinario y la obtención de los pertinentes permisos. El Museo cuenta con el asesoramiento y servicios de un equipo de especialistas que se encargan diariamente de la alimentación, limpieza y cuidados sanitarios de estos reptiles e insectos, así como del mantenimiento de los terrarios. Los terrarios contienen un sustrato especial, mantas térmicas, pantallas de luz y calor, así como bebederos, bañeras y depósitos de hidrogel para generar las condiciones y el hábitat adecuados para estas especies”.


Según ha explicado el propio museo, la muestra “Arte y China después de 1989: El teatro del mundo" también incluye, como expresión artística, “un vídeo que documenta una performance realizada en 1994 en la que aparecen dos cerdos apareándose en una granja. Concebida como una alegoría cultural, la pieza explora la relación entre el ser humano, la naturaleza y la cultura. Uno de los cerdos lleva en su piel estampados en tinta caracteres occidentales inventados y el otro caracteres chinos ficticios”. Y, por si hubiera alguna duda, el Guggenheim concluye: “El museo está a favor de los derechos de todos los seres vivos (¿?), por lo que ha puesto el mayor empeño en asegurar las mejores condiciones para ellos”.

 

Luis Racionero, autor de “Los tiburones del arte”, a quien este periódico entrevistó hace algunos meses, puede despejar alguna duda en todo este desaguisado ecológico-zoológico-artístico. “Hay que tener en cuenta”, dice el escritor, que “en vez de elevar el nivel moral de la sociedad o de refinar la sensibilidad o crear emociones,  el objetivo de las vanguardias artísticas es obtener ingentes cantidades de dinero. Así fue cómo murió la concepción del arte que se había mantenido durante siglos y comenzó esta nueva época, alrededor de 1900, a partir de la cual la obra artística tiene como único fin dejar muchos beneficios económicos a unos cuantos. Y esto es patético y pernicioso”.

 

Y añade:


“Cuando ya no hay criterios es imposible decidir qué es y qué no es arte, basándose en la obra de arte en sí. Por eso son los ‘marchands’ y los propios artísticas quienes confieren valor a las obras por medio de campañas publicitarias o técnicas de relaciones públicas: si se expone en la galería X, el crítico Y dice que aquello es arte, y el millonario Z lo compra a un alto precio, lo presentado es arte, aunque sea un urinario vuelto del revés”.


“Los tres criterios que acabo de enunciar para convertir cualquier cosa en obra de arte: galería, crítico y dinero, no tienen nada que ver con el objeto en sí, sino con hábiles movimientos de relaciones públicas. El taimado Damien Hirst reconoce con toda candidez que su maestro no es el macabro Dr. Moreau que intenta hacer arte con los cromosomas, sino el mago de las relaciones públicas Mr. Saatchi. En vez de criterios estéticos, lo que hay es un entramado de galeristas, exposiciones y museos por medio del cual se otorgan prestigios, se sostienen famas, se fomentan carreras y se alzan precios, sea cual sea lo que se vende: tanto da un urinario al revés como una tela en blanco, como una vaca en formol”.

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