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Javier Salaberria
Martes, 15 de mayo de 2018

Círculos viciosos en las tutelas administrativas

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En 1980  - ¡ya ha llovido desde entonces! - Joaquín Sabina lanzó su disco “Malas Compañías”. Uno de sus temas, el que más éxito tuvo, fue “Círculos Viciosos”. Volviéndolo a escuchar casi 40 años después, uno descubre que es un clásico que no pasará nunca de moda, no sólo por su ritmo alegre, salsero, pegadizo y bacilón, sino por su genial letra que ahora reproduzco:

 

Quisiera hacer lo de ayer, pero introduciendo un cambio.
No metas cambio Silario que está el jefe por ahí.
¿Por qué está de jefe? Porque va a caballo.
¿Por qué va a caballo? Porque no se baja.
¿Por qué no se baja? Porque vale mucho.
¿Y cómo lo sabe? Porque está muy claro.
¿Por qué está tan claro? Porque está de jefe.
Eso mismo fue lo que yo le pregunté: ¿Por qué esta de jefe?

 

Yo quiero bailar un son y no me deja Lucía.
Yo que tú no bailaría porque está triste Ramón.
¿Por qué está tan triste? Porque está malito.
¿Por qué está malito? Porque está muy flaco.
¿Por qué está tan flaco? Porque tiene anemia.
¿Por qué tiene anemia? Porque come poco.
¿Por qué come poco? Porque está muy triste.
Eso mismo fue lo que yo le pregunté: ¿Por qué está tan triste?

 

Quisiera formar sociedad con el vecino de abajo.
Ese no tiene trabajo, no te fíes Sebastián.
¿Por qué no trabaja? Porque no lo cogen.
¿Por qué no lo cogen? Porque esta fichado.
¿Por qué está fichado? Porque estuvo preso.
¿Por qué lo metieron? Porque roba mucho.
¿Por qué roba tanto? Porque no trabaja.
Eso mismo fue lo que yo le pregunté: ¿Por qué no trabaja?

 

Quiero conocer aquel, hablarle y decirle hola.
¿No le has visto la pistola? Deja esa vaina Javier.
¿Por qué la pistola? Porque tiene miedo.
¿Por qué tiene miedo? Porque no se fía.
¿Por qué no se fía? Porque no se entera.
¿Por qué no se entera? Porque no le hablan.
¿Por qué no le hablan? Por llevar pistola.
Eso mismo fue lo que yo le pregunté: ¿Por qué la pistola?
Eso mismo fue lo que yo le pregunté: ¿Por qué no trabaja?
Eso mismo fue lo que yo le pregunté: ¿Por qué está tan triste?
Eso mismo fue lo que yo le pregunté: ¿Por qué esta de jefe?

 

En la vida a menudo sin comerlo ni beberlo nos vemos atrapados en muchos círculos viciosos. La canción de Sabina describe con socarronería algunos ejemplos, pero hay muchos más.

 

¿Por qué no trabaja? Porque no lo encuentra.
¿Por qué no lo encuentra? Porque no lo busca.
¿Por qué no lo busca? Porque le subsidian.
¿Por qué le subsidian? Porque está excluido.
¿Por qué está excluido? Porque no trabaja.
Eso mismo fue lo que yo le pregunté. ¿Por qué no trabaja?

 

En el caso que nos ocupa, las tutelas administrativas de menores este círculo vicioso se reproduce con mucha más frecuencia de lo que sería razonable.

 

¿Por qué los tutelan? Porque los maltratan.
¿Por qué los maltratan? Porque están dañados.
¿Por qué están dañados? Porque están muy locos.
¿Por qué están muy locos? Porque desesperan.
¿Por qué desesperan? Porque los tutelan.
Es mismo fue lo que yo le pregunté. ¿Por qué los tutelan?

 

A menudo, en este mundo de las tutelas administrativas de menores, las administraciones realizan profecías que se cumplen a sí mismas. El término “profecía que se autorrealiza” fue acuñado por el sociólogo Robert K. Merton en 1949 en su ensayo "Teoría social y estructura social", basándose a su vez en el también sociólogo W.I. Thomas, que creía que si los individuos percibían una situación como real -aunque fuera falsa- sus consecuencias sí serían reales.


Según la definición de Merton, “la profecía que se autorrealiza” es, al principio, una percepción falsa de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva verdadera. En otras palabras, una profecía positiva o negativa, independientemente de que sea verdadera o falsa, puede ser lo suficientemente influyente como para que sus expectativas condicionen las reacciones que se deriven de ella.


El ejemplo clásico que refiere Merton serviría para explicar el miércoles negro de 1932. Después de que corriera el rumor de que algunos bancos eran insolventes, mucha gente quiso recuperar su dinero. Como consecuencia, cuando los depósitos fueron requeridos en masa, los bancos, en efecto, resultaron insolventes. De la misma manera, la percepción de que es necesario prepararse para la guerra y de que ésta es inevitable, puede hacer que en algún momento llegue a producirse entre varias naciones. O la sensación de un estudiante de que está destinado al fracaso, puede generarle una angustia –ésta real- que le impedirá prepararse bien un examen y le llevará a suspenderlo.


Todos ellos son resultados negativos. No obstante, como señaló el filósofo William James, la profecía que se autorrealiza también puede funcionar en la dirección contraria y desencadenar consecuencias para bien. Puede que ahí radique la clave para cambiar las cosas en positivo: lanzar profecías positivas en vez de negativas.


El proceso de la profecía que se cumple a sí misma requiere de unos ingredientes esenciales: los prejuicios y estereotipos. La idea preconcebida que tenemos de la realidad, sea verdadera o falsa, puede condicionar y mucho dicha realidad.


La alarma social, por ejemplo, es una enorme olla a presión donde se cocinan prejuicios y estereotipos que dan de comer a las administraciones públicas.


Los informes de intervención familiar están llenos de “profecías” y son muy deficitarios en investigación o trabajo de campo y cuando lo hay, está exclusivamente enfocado a sostener las profecías. Parten de la idea preconcebida de que si una familia tiene problemas es porque se los ha buscado ella misma, así que siempre vamos a encontrar maltrato y desatención en el origen de cualquier problema, como si los progenitores fueran sistemáticamente incapaces de hacerse cargo de su prole. Los padres están destinados a desatender y maltratar y las madres a ser unas desequilibradas con las emociones como una jaula de grillos. Si la familia no tiene recursos entonces se produce la tormenta perfecta. Si se trabaja y hay recursos, entonces no hay tiempo para dedicarse a los menores.

 

¿Para qué los querían si no tienen tiempo de calidad para ellos?
 

Una vez hay intervención siempre se encuentra un problema, porque el problema es la propia intervención.
 

Imaginen un conductor con más de 200.000 kilómetros a sus espaldas. Si le colocamos un examinador de tráfico en el asiento de atrás seguro que le retiran el permiso de conducir. Para empezar, del teórico ya no se acuerda de lo más mínimo -Ningún profesional en ejercicio aprobaría un examen de primero de su propia carrera-. Pero es que, además, en la conducción diaria cometemos cientos de infracciones: pasamos un semáforo en ámbar, no respetamos el ceda el paso, adelantamos sin señalizar, vamos a 70 km/h en tramos señalizados a 50 km/h, aparcamos en doble fila, no nos paramos en los "stop" porque hay visibilidad –cuando es perceptivo aunque no venga nadie-, no reducimos la velocidad con lluvia, no facilitamos la incorporación del transporte público, no respetamos la distancia de seguridad, etc., etc., etc.


Algo similar ocurre con una intervención de los Servicios Sociales a una familia, que es como una inspección de Hacienda a una empresa: siempre encuentra algo.
 

No se va buscando lo que se hace bien sino lo que se hace mal. Y el que busca, encuentra.
 

No se respeta el mandato legal que es la prevención, evitar el desamparo de los menores, sino que lo que se hace es buscar una razón para decretarlo.


No se realiza una detección temprana, como se aconseja en cualquier política preventiva sanitaria, por lo que cuando se interviene es en situaciones que se han cronificado y degenerado.


No se gastan recursos en evitar situaciones de riesgo sino en cuidados paliativos de enfermos terminales.
 

Se dedica todo el esfuerzo de recursos y personal en la improvisación de medidas en intervención post-traumática, en vez de planificar y actuar antes de que se produzca el trauma.
 

No se desarrollan políticas de atención primaria a las familias que pasan por una situación de conflicto o necesidad, lo que resultaría mucho menos costoso en términos humanos y económicos.


El resultado es que creamos un mecanismo caro, ineficaz y que añade más dolor a menores y familias ya de por sí doloridas y dañadas por una situación de crisis familiar.
 

Madres maltratadas a las que en vez de dar consuelo y protección la administración remata arrebatándoles sus hijos.
 

Padres falsamente acusados de maltratadores a los que la Administración acaba de rematar condenándolos sin juicio ni posibilidad de defensa alguna.


Niños que han soportado el divorcio conflictivo de sus padres y que ahora se ven privados de libertad y derechos, separados de su familia y amigos, de sus antiguos colegios, de sus casas, de sus actividades extraescolares, sometidos a un régimen carcelario y acompañados de otros niños que nada tienen que ver ni con su cultura ni con sus círculos vitales.

 

Niños a los que se les va a tratar de romper el apego a sus progenitores y que al cumplir la mayoría de edad se quedan en la calle sin una red social que los proteja o regresan a un hogar cargados con piedras en su mochila y hielo en su corazón.


¿Dónde está el “Interés superior del menor”?
 

¿En los Servicios Sociales?
 

¿En las administraciones públicas?
 

¿En los juzgados?

 

La ley de 2015 del Sistema de Protección de la Infancia y Adolescencia lo deja muy claro:

 

Artículo 25.2 “El acogimiento residencial en estos centros se realizará exclusivamente cuando no sea posible la intervención a través de otras medidas de protección, y tendrá como finalidad proporcionar al menor un marco adecuado para su educación, la normalización de su conducta, su reintegración familiar cuando sea posible, y el libre y armónico desarrollo de su personalidad, en un contexto estructurado y con programas específicos en el marco de un proyecto educativo. Así pues, el ingreso del menor en estos centros y las medidas de seguridad que se apliquen en el mismo se utilizarán como último recurso y tendrán siempre carácter educativo”.

 

Es decir: la retirada de custodias a los progenitores es el “último recurso” y en todo caso un recurso provisional que debe estar orientado a la reunificación familiar.
 

Desgraciadamente la interpretación que hacen las administraciones públicas de las leyes de las que ellas mismas se dotan es la contraria. La retirada de custodia es un fin en sí mismo y una medida definitiva tal y como demuestran las estadísticas de reunificación tras una intervención.

 

Es hora de invertir esta tendencia haciendo “profecías” positivas.
Los progenitores quieren a sus hijos y siempre tienden a protegerlos. El maltrato es una rara excepción. No todos disponen de los mismos recursos. No todos los matrimonios son felices. Pero no todos los divorcios son guerras inevitables en los que los menores son la moneda de cambio. Trabajemos las soluciones realistas, pragmáticas.

 

Conservemos el vínculo familiar. Actuemos cuando el problema empieza a surgir, no cuando está cronificado y es irreversible. No actuemos desde el prejuicio o el estereotipo. Cada familia es un mundo nuevo y como tal hemos de explorarlo esterilizando nuestro método para no contaminarlo con nuestras ideas preconcebidas.
 

No caigamos en círculos viciosos.
 

Seamos capaces de innovar e imaginar una realidad mejor de lo que es en realidad.
 

“Seamos realistas: pidamos lo imposible”.

 

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