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Claudia Martínez Toledo
Miércoles, 5 de agosto de 2015
Crónicas de Verano. El lobby nacionalista vasco de Idaho

El agente NY-507-S (4)

 

Ricardo de la Cierva es uno de los historiadores españoles más prolíficos. También de los más polémicos. Sus muchos detractores le tildan de “profranquista”. Sus no pocos incondicionales consideran a De la Cierva uno de los mejores historiadores contemporáneos, libre del nefando gen de la vacua e insulsa corrección política, tan en boga hoy en día.

 

Su pluma es ágil, certera, cortante cual bisturí. Destripa con precisión de cirujano, los hechos históricos que han devenido en esto que llamamos España. De la Cierva es, además de historiador, militante en la defensa de la nación española. Ha dedicado, desde la trinchera dialéctica, su vida a ello. Su legado bibliográfico es ingente e imprescindible para conocer la historia de España.

 

A pesar de su edad, continúa inmerso en su labor historiográfica. Una de sus últimas obras es una trilogía llamada “Los Vascos: Hijos de la Gloria y la Mentira” (Editorial Fénix, 2005) que recorre el devenir histórico de los vascongados.

 

De especial relevancia es el segundo volumen de la citada obra. En él, De la Cierva documenta la innegable pertenencia de José Antonio Aguirre –primer presidente del Gobierno vasco, exiliado a Estados Unidos tras la Guerra Civil Española (1936-1939) y protegido del Presidente Franklin D. Roosevelt- al F.B.I. Durante los últimos años, De la Cierva ha investigado en los archivos de esta oficina federal norteamericana, sus relaciones existentes con el Partido Nacionalista Vasco (PNV).

 

A pesar de las apariencias, Estados Unidos ha ignorado efectivamente al PNV. En 1942, el F.B.I. consideraba a la delegación de este partido en Nueva York como proclive a los países del Eje. La génesis racista y prototalitaria de la formación creada por Sabino Arana nunca ha casado bien con la tradición liberal norteamericana. El PNV siempre ha deseado entablar relaciones políticas con Washington y erigirse en único portavoz internacional –oficial y oficioso- de los vascos.

 

En 1898, los últimos vestigios del Imperio Español -Cuba, Filipinas y Puerto Rico- lograron la independencia con la ayuda de los Estados Unidos. Sabino Arana remitió un telegrama al Presidente Theodore Roosevelt felicitándole por tal suceso y por el cual fue encarcelado. Huelga decir que –por diversas razones-, el fundador del nacionalismo vasco no recibió respuesta alguna.

 

Desde ese momento, el deseo devino en obsesión. La colaboración de José Antonio Aguirre –cuyo nombre en clave era NY-507-S- y otros destacados miembros del PNV en la búsqueda de comunistas en el seno de la comunidad vasca norteamericana es una prueba palpable de ello. La llamada “caza de brujas” abierta por el senador McCarthy alrededor de 1950 favoreció los intereses del PNV que, si bien en teoría era anticomunista, en la praxis no dudó en pactar con el Frente Popular –la coalición marxista y socialista- durante la Guerra de España.

 

Algunas fuentes –incluso-, señalan a Aguirre como miembro del complot organizado para que el dirigente nacionalista Jesús Galíndez Suárez fuera detenido, torturado y asesinado en 1956 por la dictadura dominicana de Leónidas Trujillo. No pocos miembros del PNV consideraban que Galíndez empezaba a simpatizar con los regímenes marxistas, como posibles apoyos a su causa secesionista. A pesar de las declaraciones de históricos militantes del partido fundado por Sabino Arana acusando a la dictadura española del General Franco, jamás quedó esclarecido del todo el llamado “Asunto Galíndez” y muchos nacionalistas mostraron sus sospechas hacia Aguirre y su entorno.

 

La muerte en 1960 del agente NY-507-S, es decir, del exiliado presidente José Antonio Aguirre –protegido de Franklin Delano Roosevelt y bien relacionado con las altas esferas de la política norteamericana-, así como el nacimiento de la organización terrorista separatista ETA limitó, en gran medida, las conspiraciones del nacionalismo vasco en Estados Unidos.

 

El cada vez más evidente marxismo de la banda ETA –surgida a raíz de una escisión producida en las juventudes del partido fundado por Sabino Arana- generó un estado de desconfianza en Washington para con la militancia nacionalista a la que consideraban infectada del virus comunista.

 

Como explicaba anteriormente, el nacionalismo vasco en Norteamérica optó entonces por desarrollar una nueva estrategia. Esta se basó esencialmente en la creación de redes camufladas bajo actividades de tipo cultural –como el ya mencionado Festival Vasco del Oeste celebrado en Sparks (Nevada)-, pero cuyos fines oscilaban entre el proselitismo y la creación ex profeso de una identidad vasca en Estados Unidos.

 

Durante los últimos veinte años y bajo esta apariencia cultural, los nacionalistas vascos han logrado ganar una serie de pequeñas victorias.

 

En julio de 2005, el presidente del gobierno autonómico vasco, Juan José Ibarretxe fue recibido y agasajado por el Gobernador de Idaho, Dick Kempthrone, y el alcalde de Boise, su capital, David Bieter. A pesar de las protestas del gobierno español, Kempthrone ha mostrado en repetidas ocasiones sus simpatías hacia los secesionistas, sirviendo como altavoz internacional del ejecutivo autonómico ocupado, desde hace más de veinte años, por el Partido Nacionalista Vasco.

 

Un año después, en 2006, a iniciativa del diputado de Idaho Carlos Bilbao –otro activo miembro del lobby pronacionalista vasco en Estados Unidos-, se puso en marcha una matrícula de automóvil con el distintivo “Basque” y que puede ser solicitada por todos los vascos residentes en el mencionado estado. Además de contar con el aplauso y beneplácito de los nacionalistas vascos –que veían conseguido en parte su anhelado sueño de generar una comunidad diferenciada-, el ex secretario de Estado Pete Cenarrusa también apoyo esta medida a través de su fundación –curiosamente- también de carácter cultural y dedicada a los estudios vascos en Estados Unidos. La matrícula dejó de imprimirse en 2011 al no alcanzar los niveles de solicitud y ventas requeridos para su continuación.

 

El pasado verano, el ex presidente Jimmy Carter, se ofreció -según ya apuntó Diario de América- como mediador para solucionar el mal llamado “conflicto vasco”. Carter –cuya gestión al frente de Estados Unidos fue lamentable en todos los ámbitos- no dudó en denominar a los terroristas de ETA como “miembros responsables de la comunidad vasca”. Así, un antiguo presidente norteamericano, suscribía las tesis sostenidas tanto por los nacionalistas vascos –que paternalmente contemplan a ETA como “hijos descarriados”- y concede a esta organización terrorista un carácter representativo del pueblo vasco.

 

A pesar de sus esfuerzos, es un hecho objetivo que los herederos políticos de Sabino Arana en Estados Unidos representan a una exigua minoría -incluso dentro de la propia comunidad vasca- y sus conspiraciones han obtenido un éxito más bien parco. Esta se siente profunda y orgullosamente de ser estadounidense, sin olvidar sus raíces.

 

A diferencia de los que se quedaron en el viejo continente, los vascos que emigraron a Norteamérica encontraron una tierra de acogida que les permitió prosperar, integrarse y formar parte de esa gran nación. No obstante, la evidencia y la realidad no deben ser óbice para denunciar aquellas y nuevas maniobras que busquen quebrar una convivencia ciertamente beneficiosa para ambas partes, tanto vascos como estadounidenses. Porque, a fin de cuentas, hablar de unos es hablar de todos.

 

Siguiente capítulo: Pete Cenarrusa, la marioneta de Ibarretxe

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