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Claudia Martínez Toledo
Sábado, 8 de agosto de 2015 | Leída 252 veces
Crónicas de Verano. El lobby nacionalista vasco de Idaho

Jimmy Carter y los Bieter: David, Mark y John (y 7)

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Existe un tácito consenso en considerar a Ronald Reagan como uno de los líderes políticos más admirados y respetados del siglo XX; la leyenda de Reagan, además, se ve acrecentada por mero contraste con su antecesor en el cargo, es decir, Jimmy Carter. No obstante, huelga decir que, al igual que el campeón contra el comunismo, Carter también suscita unanimidad con respecto a su gestión entre los analistas políticos. Negativa, desde luego.

 

Jimmy Carter dejó un legado peligroso e incierto a su sucesor en el cargo de presidente de Estados Unidos. En consonancia con la progresía europea, el líder del Partido Demócrata consideraba al comunismo como un mal invencible. Por ello, su estrategia política internacional osciló entre el apaciguamiento y la contención, que tan desastrosos resultados han ofrecido a lo largo de la historia. Además, la presidencia de Carter sumergió a la nación en una crisis económica de imprevisibles consecuencias. El desempleo mostraba unos niveles parejos a los alcanzados durante el crack de 1929, la inflación baremaba estratosféricamente y la carga impositiva que soportaba el ciudadano estadounidense frenó, en seco, la actividad comercial. Por si no fuera poco, había que sumar la pésima gestión –y, por consiguiente, irresoluta- de la crisis de los rehenes en Teherán que enrarecía –aún más si cabe- la ya de por sí irrespirable situación que el triunfo del chiísmo iraní había generado en Oriente Medio.

 

Sería lógico y razonable intuir que la gestión presidencial de Jimmy Carter lo invalidaría políticamente de por vida. Parafraseando a Enrique de Diego, Carter debiera haberse “recluido, voluntariamente, en la burgalesa Cartuja de Miraflores, con voto de silencio”. Sin embargo, en los últimos años, Jimmy Carter ha compaginado su pasión por el cultivo del cacahuete con el retorno a la arena política como asesor de cuestiones geoestratégicas.

 

Además de sus actividades agrícolas –en las que confío haya demostrado más y mejores cualidades que en las políticas-, Carter ha encontrado en el mal llamado conflicto vasco un filón de oportunidades. En agosto de este mismo año, el demócrata mostró su “esperanza” y “preferencia” en que ETA –a la que, estulticiamente, Jimmy Carter considera como un “movimiento vasco”- finalice su actividad terrorista “a través de la negociación directa” entre la banda terrorista y el gobierno español y ofreció su participación como “mediador”. Decía Schumpeter de Hayek que, éste, no atribuía a sus adversarios otra cosa que el error intelectual. En el caso de Carter, no puedo ser tan generosa, lamentablemente.

 

Obviamente, las actividades de Carter a nivel de portavocía oficiosa del separatismo vasco son aplaudidas con fruición desde el PNV y otros grupos minoritarios de carácter nacionalista. No es descartable que Jimmy Carter reciba, en un futuro, un sonrojante premio del gobierno autonómico en pago de sus servicios o de la nacionalista y racista Fundación Sabino Arana. Desde luego, Carter se lo está ganando a pulso.

 

Desde noviembre de 2003, el demócrata David H. Bieter es el alcalde de Boise, la capital y mayor concentración urbano de Idaho. Este descendiente de vascos es, por tanto, una de las figuras políticas más importantes del estado.

 

La filiación demócrata de Bieter no ha impedido para que éste sea una pieza de innegable importancia en la constitución y actividades desarrolladas por el lobby nacionalista de Idaho. De hecho, la participación del Mayor de Boise fue esencial para que el congreso del Estado aprobase, en marzo de 2002, una declaración institucional favorable a una teórica autodeterminación de la anteriormente citada entelequia nacionalista denominada Euskal Herria.

 

A diferencia de Jimmy Carter, es preciso reconocer que Bieter es un buen conocedor de la realidad política vasca. Hijo de Patrick Bieter –un profesor de Historia de la Universidad de Idaho-, su familia procede de la localidad guipuzcoana de Oñate. Como él mismo explicó en una entrevista concedida a un medio de comunicación secesionista, ha disfrutado de largas temporadas en la mencionada población. A pesar de su innegable experiencia personal, al promover y apoyar la declaración del 2002, el alcalde de Boise demostró un inequívoco sesgo nacionalista favoreciendo una ambición política –el reconocimiento internacional del supuesto conflicto vasco- perseguida insistentemente por el PNV y demás formaciones independentistas.

 

No debe desdeñarse la colaboración que David H. Bieter ha obtenido del seno de su propia familia, como los hermanos John y Mark Bieter. Ambos han compaginado sus labores educativas con las históricas. En el año 2000, la Universidad de Reno (Nevada) publicó su obra titulada An Enduring Legacy: The Story of Basques in Idaho que estudia la llegada, asentamiento y desarrollo de la comunidad vasca en tal estado. Este texto viene a confirmar los postulados sostenidos por los nacionalistas en Estados Unidos en el sentido de considerar a los vascos como una comunidad denominada “de la diáspora” y “romper las barreras regionales de la Madre Patria y no tener en cuenta la comunidad estadounidense de la que se procede”.

 

A pesar de ser una familia adscrita al Partido Demócrata, Mark Bieter no ha sufrido ningún dilema ideológico a la hora de aceptar responsabilidades en el Basque Center de Boise, muy vinculado con la Cenarrusa Foundation for Basque Culture del octogenario republicano Pete Cenarrusa que, como hemos analizado en anteriores artículos interpreta un papel esencial en el lobby naciolista de Idaho.

 

El Basque Center es una organización presidida por Patty Miller con el objetivo de “ofrecer información sobre los vascos en el Oeste americano”. Además de la realización de todo tipo de actos con un marcado regusto nacionalista –véase la celebración del Aberri Eguna o Día de la Patria Vasca, festividad creada por Sabino Arana, el compulsivo racista fundador del PNV-, el Basque Center inauguró en 1998 una ikastola –colegio que imparte sus enseñanzas íntegramente en vascuence- que contó con el homologado y bendición de la alcaldía de Boise. A cambio de participar en la confección del programa educativo del centro, el gobierno autónomo vasco –cuya presidencia ostentan, desde 1981, y salvo un pequeño paréntesis, los nacionalistas- concedió una generosa subvención al mismo.

 

No contentos con implantar un sistema educativo lingüísticamente impositivo en las Provincias Vascongadas, los nacionalistas conseguían influir en los temarios de un centro escolar de los Estados Unidos. Ciertamente, se antojaba como un objetivo complicado, más contaron con la inefable ayuda del lobby nacionalista de Idaho.

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