Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Pablo Mosquera
Lunes, 11 de julio de 2016

El miedo, siempre el miedo

De la dictadura a la democracia, la distancia la establece el miedo. Durante muchos años en España hubo miedo a la brigadilla, a los falangistas, al TOP, a ser señalado como enemigo del régimen que se había impuesto al legítimo gobierno de la República tras una cruenta guerra civil en la que las potencias militares fascistas pusieron a prueba las herramientas para matar y que luego usaron en la segunda gran guerra del siglo XX.

 

En Euskadi también se implantó el miedo. Tuvimos que refundar la democracia para terminar con las conductas asesinas de quienes imponían sus credos y mitos, a golpe de terror integral. Me tocó vivir en una sociedad fragmentada en tres: los que aprovechaban el miedo para ser los amos; los que se escapaban del miedo pagando diezmos y primicias al régimen descendiente de Aitor; los que nos sublevamos contra el miedo y poníamos en peligro nuestras vidas por la más noble de las causas: libertad y dignidad ciudadana.

 

Un domingo por la noche, en plena calle Dato de Vitoria, el hijo de un alavés, presidente de una federación deportiva alavesa, miembro de un partido devoto del iluminado Sabino Arana, le pegó una paliza a mi hijo Antón y después, ante sus correligionarios, le orinó encima. Tal ejemplo de "valentía y civismo" no me fue comunicado hasta pasado un tiempo, ya que por aquellas fechas mi seguridad aconsejaba que me desplazara continuamente fuera de Vitoria. Casi fue mejor. Seguramente de haberlo sabido en el momento, padre e hijo de... habrían conocido la reacción de un paisano gallego y mariñano. Tenemos fama de ser duros y trabajadores.

 

Un sábado de invierno tras una manifestación en Donostia, un grupo de fanáticos rodearon a mi amigo el gran artista vasco, Agustín Ibarrola y su esposa Mari Luz. Al ver la situación de los dos, con antecedentes de persecución y cárceles franquistas, mis escoltas y yo mismo, la emprendimos a puñetazos con aquellos gudaris "do carallo". La foto de mi actuación la usaron para señalarme como elemento violento.

 

Una tarde de Reyes, al regresar a mi domicilio en el centro de Vitoria, un grupo de jóvenes "alegres y combativos" nos prepararon una emboscada. Lo que menos podían imaginar es que tanto mis escoltas como yo mismo éramos gente mentalizada y preparada para la autodefensa. Algunos terminaron en el Hospital con fracturas de nariz. Hubo juicio y tuve que explicar a su señoría que no estaba dispuesto a ser un conejo.

 

Tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, toda Euskadi se sintió convulsionada por el llamado "espíritu de Ermua". En Vitoria, tal espíritu callejero lo movilizábamos los de Unidad Alavesa. En una manifestación, que comenzó en la Virgen Blanca, nos fuimos hacía la ‘herriko taberna’ (bares de la antigua Herri Batasuna)… Al pasar las fechas, un parlamentario por Álava perteneciente a HB, presentó una denuncia contra mi persona, por disturbios callejeros y promover el asalto a la sede de su organización. Hube de comparecer ante su señoría. Me acusaban de hechos acontecidos el 14, 15 y 16 de julio de 1997. Le dije a su señoría que efectivamente estaba en el lío los días 14 y 15, no así el 16 -festividad del Carmen- ya que tenía por costumbre desde niño, celebrarlo en mi pueblo marinero; pero que de no ser por tal efeméride, seguro que habría estado allí, haciendo lo que decía su señoría... El juez terminó riéndose.       

 

Son algunos ejemplos de la situación que propiciaba la subcultura de la violencia y por ende, el miedo. Mi padre solía preguntarme, en ausencias de mi madre, entre señales de miedo. ¿Cómo es que aún no te han matado? Mi respuesta siempre era, convincente. ¡"Es que no me dejo"!

 

Sobre el miedo, la espiral del miedo, el uso del miedo a inventario de algunos, la historia de la humanidad está repleta. Supongo que los cristianos sentían miedo de las persecuciones. Estoy seguro que las gentes acorraladas por los cuatro jinetes del Apocalipsis de San Juan, también saben lo que es el miedo.

 

Incluso la Iglesia, durante siglos, hizo uso del miedo. Y para ello, nada mejor que guardarse para sus miembros más distinguidos, la cultura emergente. De ahí la tenebrosa historia del Santo Oficio del Tribunal de la Inquisición.

 

Lo que no logro entender es que, en democracia, se usen y funcionen campañas para promover el voto del miedo. Miedo hay que tenerle al hambre, a la injusticia, a perder los derechos constitucionales, a ser un paria emigrante, a tener que salir de la patria como refugiado, a ser víctima de la pobreza en medio de un sistema que roba.

 

No he vuelto a tener miedo desde el que me entró cuando asesinaron a Gregorio Ordoñez, y me comunicaron que yo era el primero de la lista de ETA y que me había librado del atentado en mi puesto de trabajo del Hospital Santiago Apóstol de Vitoria, por haberme ido de vacaciones, a finales de 1994, a la ciudad de Londres. A partir de ese momento, me preparé, física y mentalmente, para no tener miedo, incluso para que algunos informaran que les daba miedo acercarse a mí con los métodos habituales del tiro en la nuca. Era una distancia muy corta hacia mi persona y sabían que mi respuesta iba a ser profesional.

 

Tengo que decir, ahora que han pasado los años, que nunca les perdonaré lo que le hicieron a mi hijo. Y conste que, como buen mariñano, soy peligroso cuando me alteran. 

 

Espero y deseo la paz, la justicia y el disfrute de todas las libertades. Es mi mejor legado para la generación de mis nietos. Que puedan ir a Vitoria, sin miedo.

 

Acceso a todos los artículos de Pablo Mosquera

 


 

 
Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
1 Comentario
Ramiro
Fecha: Lunes, 11 de julio de 2016 a las 18:15
Siento mucho todo lo que usted cuenta, especialmente lo sucedido a su hijo. Lo lamento mucho.
Yo, al igual que usted, nunca lo perdonaría o, como mucho, lo perdonaría, pero no lo olvidaría, como cristiano que soy, aunque no se si realmente sería capaz de perdonarlo.
En el País Vasco han estado ustedes rodeados de cobardes y de gentuza, que miraban para otro lado, para no ver lo que sucedía, de profesores del centro de la UNED de VERGARA que falsificaban actas para dar títulos universitarioa a esos cafres asesinos..., para lograr así su reinserción social, como si eso fuera posible con semejantes animales.
De dueños de bares, tabernas, ytoda clase de negocios, que han pagado el "impuesto· revolucionario, es decir, el chantaje económico de la Eta, simplemente porque querían vivir tranquilos... En fin, para que seguir. ¡Que le voy a contar que no sepa usted, y mucho más y mejor que el que suscribe que habla de oídas!
Repito, admiro su valentía, y también la de su hijo, que estoy seguro les hizo frente sólo, siendo un adolescente, mientras un "puñado de cobardes" se cebaban con él.

La Tribuna • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress