Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
La Tribuna. Redacción. San Sebastián.
Viernes, 8 de noviembre de 2013 | Leída 416 veces

Foro contra la Impunidad en el País Vasco: "Ser victimario exige una postura activa y voluntaria; ser víctima, es un estigma no querido e impuesto por la sinrazón, el odio y la crueldad”

La presidenta del Foro contra la Impunidad en el País Vasco, Teresa Díaz Bada, ha intervenido en el III Encuentro Internacional en homenaje a Antonio Beristain, que organizado por la Cátedra 'Antonio Beristain' del Instituto Vasco de Criminología de la Universidad del País Vasco (UPV), se ha celebrado  bajo el título “Los significados de la memoria en victimizaciones graves”.


En su ponencia, que “La Tribuna del País Vasco” reproduce íntegramente,  Teresa Díaz Bada explicó que cuando a la Memoria escrita por los terroristas, o por los cómplices de éstos, “se le da una legitimidad igual o mayor que al de sus víctimas se está cometiendo una aberración ética, un error político, una ignominia social y un desvarío colectivo porque de ninguna manera es lo mismo ser un perseguido o un penado por la Justicia que ser una víctima de la injusticia. Ser victimario exige una postura activa y voluntaria; ser víctima, es un estigma no querido e impuesto por la sinrazón, el odio y la crueldad.”




Buenos días:

 

       Quiero comenzar mi intervención agradeciendo al Instituto de Criminología la invitación que me hace para participar, un año más, en estas jornadas de recuerdo y homenaje al profesor Beristain, al que tanto echamos de menos, especialmente en estos momentos tan difíciles para las víctimas del terrorismo.     

 

       En primer lugar, quiero realizar una aclaración que, en mi opinión, resulta fundamental. Ciertamente, hay una pluralidad de voces con respecto a cómo debe de tejerse la Memoria de lo que ha sucedido en el País Vasco durante los últimos años. Pero el hecho de que exista esta variedad de opiniones y de puntos de vista no debe hacernos creer, tal y como pretenden algunos, que todos los relatos que se están pretendiendo elaborar sobre nuestro más reciente pasado son igualmente legítimos, igualmente justos e igualmente éticos.

 

       Desde el Foro contra la Impunidad en el País Vasco entendemos que la Memoria colectiva que ha de prevalecer en nuestra sociedad es la que narre con detalle el tipo de consecuencias que cada acto violento, que cada violación de los derechos humanos, que cada asesinato, que cada chantaje y cada amenaza ha tenido no solo para las víctimas directas y para sus familiares sino también para nuestro sistema de libertades y para la convivencia democrática de los ciudadanos vascos y del resto de los ciudadanos españoles.

 

       En este sentido, los crímenes de ETA, sistemáticos, generalmente selectivos y en ocasiones indiscriminados, se han visto acompañados durante los últimos cincuenta años por las actividades de amedrentamiento e intimidación que el entorno político, social, económico y cultural que rodea a la banda terrorista ha dirigido a una parte muy concreta de la sociedad vasca: los ciudadanos no nacionalistas.

 

       De hecho, la propia ETA y su entorno, en los años noventa del pasado siglo, pusieron nombre a esta estrategia perversa y la definieron como “socialización del sufrimiento”. La extensión de la amenaza fanática y criminal a todo el cuerpo social, desde miembros de las fuerzas de seguridad del Estado, incluyendo a la Ertzaintza, hasta periodistas e intelectuales, pasando por empresarios que no ceden al chantaje, cargos políticos no nacionalistas, jueces, fiscales, funcionarios de prisiones, artistas y profesores. Es decir, a todos aquellos ciudadanos que luchan activamente y que denuncian públicamente a la banda terrorista, a su entorno político-sociológico y al proyecto por ellos defendido.

      

       Los etarras Mikel Albisu y María Soledad Iparraguirre, en una carta fechada el 23 de noviembre de 2001 que las fuerzas de seguridad encontraron en el despacho de la vivienda de su vivienda en el sur de Francia en la que fueron arrestados el 3 de octubre de 2004, explicitaban el perfil de algunas de sus futuras víctimas: personas pertenecientes a colectivos encargados de la lucha antiterrorista; profesores españoles en el País Vasco; miembros del PP o del PSOE; periodistas, o funcionarios de instituciones penitenciarias, entre otros.

 

       La Memoria de lo sucedido debe narrar todo esto y debe detallar cómo a consecuencia de esta presión intensa, creciente en el tiempo y extensa en cuanto a hombres y mujeres cotidianamente amenazados e intimidados, más de 100.000 ciudadanos vascos, en muchos casos familias enteras, se han visto obligados a un exilio forzado de su tierra, abandonando sus ciudades de nacimiento, sus puestos de trabajo y sus lugares de residencia, buscando una seguridad física que ni las instituciones autonómicas ni la organización del Estado fueron capaces de garantizarles en la Comunidad Autónoma Vasca.

 

       Y es que, como señalaba al principio, los delitos de terrorismo tienen una marcada especificidad que los hace esencialmente distintos de otros tipos de delitos: el objetivo de un atentado no es solamente la persona o el grupo de personas que sufren el ataque violento, sino que lo que los terroristas buscan con su acción criminal es atacar al Estado democrático, atemorizar y chantajear al resto de la sociedad para que ésta ceda a sus exigencias (políticas, económicas o de cualquier otro tipo) y, sobre todo, crear un clima de terror colectivo que lleve a instituciones, organizaciones, empresas y ciudadanos en general a plantearse posturas dimisionarias y de capitulación tendentes a sucumbir ante las condiciones de los terroristas. Este proceso de degradación, que desgraciadamente tanto éxito ha tenido en el País Vasco, es el que debe ser recogido, detalladamente, en la Memoria de lo sucedido.

 

       Cuando desde el Foro contra la Impunidad insistimos tanto en el hecho de que las víctimas del terrorismo con nombres y apellidos, o los familiares más directos de éstas, han de desempeñar un papel público preponderante y esencial en el ámbito político y social, lo que queremos decir es que las personas víctimas del terrorismo, en su dolor, en su dignidad, en sus reivindicaciones y en su permanente rechazo de la venganza como mecanismo de defensa, representan mejor que nadie a esa parte importante del colectivo social que está siendo amenazado, chantajeado, intimidado y coartado por los terroristas y por los cómplices políticos, sociales y culturales de éstos.

 

       El Relato que escribamos sobre lo padecido ha de dejar constancia cristalina de que el terrorismo en general, y el terrorismo de ETA en particular, es una forma de criminalidad que genera una victimización especialmente severa y no comparable con la producida por otro tipo de delitos comunes.

 

       Bajo este prisma, el concepto de macrovictimización, tan estudiado por el profesor Beristain, refleja con nitidez el indefinido número de víctimas directas e indirectas que la actividad terrorista provoca. No en vano, se trata, esencialmente, de actos gravemente criminales (provocación intencionada de la muerte, graves lesiones o injerencias inadmisibles en la libertad o seguridad de las personas y/o comunidades) cometidos por una organización que trata de crear un estado de terror en sectores significativos de la población con la finalidad de lograr sus objetivos ideológicos (políticos o religiosos, fundamentalmente) a través del desistimiento cívico o del condicionamiento injustificado de las políticas diseñadas e implementadas por los poderes públicos.

 

       Los efectos dramáticos de esta macrovictimización justifican que destacados organismos internacionales como las Naciones Unidas, el Consejo de Europa o la Unión Europea, hayan calificado al terrorismo, en cualquiera de sus formas y manifestaciones, como una de las amenazas más graves para la paz y la seguridad internacionales.

 

       La macrovictimización terrorista tiene dos vertientes, y estos dos aspectos han de ser detalladamente descritos en el Relato que ha de narrar con Justicia el presunto final del horror: un plano dramáticamente real en el que se encuentra el dolor íntimo por el asesinato, el secuestro, la amenaza o la coacción que sufre una persona o un grupo de personas. Y un plano simbólico, excepcionalmente importante para ETA, por ejemplo, en el que se encierra la significación pública que la banda, en su ideología totalitaria y coercitiva, quiere otorgar a los asesinatos, los secuestros, las amenazas o las coacciones que realiza.  Este es el Relato de los terroristas y éste, cuando destruye o amenaza con la destrucción a un colectivo de ciudadanos (por ser como son, por pensar como piensan o por representar lo que representan), priva a toda la sociedad de una parte importante de su libertad, de sus derechos, de su riqueza y de su diversidad. Es así como nos encontramos ante una sociedad amenazada o macrovictimizada.

      

       Cuando al Relato de los terroristas, o a la Memoria de éstos, se le da una legitimidad igual o mayor que al de sus víctimas se está cometiendo una aberración ética, un error político, una ignominia social y un desvarío colectivo porque de ninguna manera es lo mismo ser un perseguido o un penado por la Justicia que ser una víctima de la injusticia. Ser victimario exige una postura activa y voluntaria; ser víctima, es un estigma no querido e impuesto por la sinrazón, el odio y la crueldad.

 

       Como consecuencia de todo esto, en nuestra opinión, el Relato, la Memoria de lo sucedido en el País Vasco, debe tener una doble dimensión: una comunitaria –cuyo referente es la sociedad y el daño causado a una parte importante de ésta– y otra personal –cuyos referentes son las víctimas y los victimarios concretos–.

 

       La Memoria triunfante ha de hablar de víctimas y de victimarios y ha de hablar de la victoria de la democracia y de la derrota del terror y de los terroristas. Y, para ello, es necesario que indague efectivamente en estos dos ámbitos –el personal y el comunitario-, para lo que es preciso que la acción política, jurídica, policial e, incluso, cultural, resulte eficaz y hábil para conseguir la confianza de la sociedad en la vigencia y eficacia de las instituciones y de las leyes democráticas.

 

       Los ciudadanos han de percibir con claridad que las instituciones son instrumentos útiles y hábiles para restablecer los derechos, las libertades y los vínculos individuales y sociales dramáticamente quebrados por los delitos terroristas. Esta confianza es la que, por ejemplo, ha quebrado la reciente derogación de la “doctrina Parot”.

 

       Es importante tener en cuenta que para que los procesos de macrovictimización, la amenaza global a la sociedad que realizan los terroristas con cada nuevo atentado, tengan éxito, han de producirse, además, procesos de "complicidad con el verdugo" como los que, por ejemplo, se han producido y se producen en el País Vasco, y que pueden ser de dos tipos: Complicidad social; Complicidad institucional.

 

       El Relato final, de este modo, ha de narrar, denunciar y señalar también estas complicidades y ha de recordar, por ejemplo, la historia de Carlos Arguimberri Elorriaga, un zapatero y conductor de autobús a quien, a comienzos de los años setenta, los terroristas y sus cómplices acusaron de ser un “chivato”. Durante meses recibió los desprecios de la mayor parte del pueblo de Itziar. Le  amenazaron, le insultaron, le quemaron el autobús y el 7 de julio de 1975 le ametrallaron dentro del autocar, delante de su hermano y de su hermana. Según relata el antropólogo Joseba Zulaika, también vecino de Itziar, “la sangre derramada de Carlos Arguimberri estuvo a la vista durante varios días”.

 

       También ha de recordar casos como el del guardia civil Antonio Ramírez Gallardo y de su novia Hortensia González Ruiz. Un comando etarra les asesinó ametrallándoles el 6 de enero de 1979. El cuerpo de Antonio Ramírez, tras los disparos, se desplomó sobre el claxon del vehículo, que permaneció sonando durante más de 20 minutos. En ese tiempo, nadie hizo, ningún vecino, hizo amago de socorrer a las víctimas.   

 

       También ha de recordar historias como la de José Luis Vázquez Platas. Era cabo primero de la Guardia Civil, llevaba casado cinco meses y su mujer se encontraba embarazada cuando murió, junto con otros dos compañeros, tras ser tiroteado por un comando etarra. Durante su funeral, su mujer, Gema López Quintanal, narró lo que le habían contado los compañeros de su marido: “Me consta que sufrió mucho”, dijo la mujer, “porque le dieron en un brazo y trató de esconderse detrás de un coche. La gente del pueblo gritó que quedaba uno vivo, y los terroristas volvieron y lo remataron”…

 

       Estas historias, recogidas del libro “Vidas Rotas”, del que es coautor Rogelio Alonso, tienen que estar en el centro de la Memoria de lo sucedido.

 

       La Memoria triunfante ha de tener el coraje político y social de reconocer que honrar individualmente a las víctimas exige deshonrar públicamente a los verdugos. Que no puede haber equidistancias falsarias ni memorias compartidas. Si no se hace así, si el relato predominante no es este, será lo mismo que decir a las familias de las víctimas que sus seres queridos han muerto en vano y será lo mismo que transmitir a la sociedad la idea inicua y siniestra de que asesinar, extorsionar, amenazar y delinquir sirve para alcanzar objetivos políticos, sociales o de cualquier otro tipo.

 

       Muchas gracias.

 

Teresa Díaz Bada

Presidenta del Foro contra la Impunidad en el País Vasco

 



Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
1 Comentario
Predicador
Fecha: Martes, 31 de diciembre de 2013 a las 15:34
Los etarras deben disfrutar de sólo una disyuntiva, elegir entre la horca o que les den garrote.

Prefiero, me decanto por la horca, en una plaza pública, al mediodía.

La Tribuna • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress