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Juan López Benito
Domingo, 13 de noviembre de 2016 | Leída 52 veces

Una función de gala durante la Restauración: El Real como paradigma

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Abonarse en estos espacios era imprescindible para las gentes de buena posición. Podríamos determinar que el palco era un saloncito más de sus casas: “!Oh! Están arruinados – se decía-, ya ve usted, han dejado el palco”. Ciertamente, congregarse en el Real, en el Liceo o en el Victoria Eugenia era un signo de considerable prestigio.

 

Sin embargo, una parte sustancial de la concurrencia, acudía al anfiteatro, más que para disfrutar de lo acontecido en la escena para contemplar al público. Ejemplificando lo dicho no es baladí la popularidad que alcanzó un anteojo denominado disimulo, merced al cual y por medio de un pequeño espejo, uno lo dirigía al costado opuesto a aquel a quien se quería ver, de modo que parecía que uno estaba mirando a la escena y en realidad estaba observando un palco.
 

Un sinfín de crónicas resaltaban el horizonte de enorme brillantez que se adivinaba en los palcos y patios de butacas de estos majestuosos recintos:
 

“Por todas partes vistosos uniformes, cruces, multicolores, bandas; por todas partes un despilfarro de joyas, una riquísima exhibición de pedrería que adornaba las erguidas cabezas o los esculturales bustos desnudos de las damas; por todas partes, en fin, oro y brillantes. Los destellos del oro y los brillantes unido al alumbrado ordinario, hacían aparecer el vasto recinto como si estuviera iluminado por el sol (…)
 

Allí podíamos encontrar al Madrid rico, al Madrid dichoso, al Madrid que es gala y ornato de todas estas solemnidades”. A cualquier parte de la sala, señalan con frecuencia los textos, “donde se dirigiera la vista se encontraría sorprendida por maravillas y encantos”.
 

Efectivamente, noches fascinantes que irradiaban esplendor y notoriedad, pero no exentas de burlas por parte de numerosos literatos y autores por lo grotesco y estrafalario que resultaba frecuentemente el graderío. Paradigmático de lo dicho se muestra una columna de “El Imparcial”, que describía de la siguiente manera, una función de gala en el coliseo matritense (diciembre de 1879):
 

“El Teatro era una piña de excelencias, la función uno de esos actos de que guardan indelebles recuerdos los joyeros y las modistas (…) Todo una prueba de que Dios creó al hombre imperfecto y que su cualidad de ser divino la debe únicamente al sastre” (…) “Desde tan elevadas buhardillas se nos presentaba el público en originales escorzos que no imaginó siquiera el gran pintor de la Capilla Sixtina. Algunos de estos uniformes nos producen cierta risueña melancolía; porque nos devuelven a los tiempos en que jugábamos con los soldados de palo pintado que se vendían en las tiendas de alemanes.
 

Escuchaba a una señorita decir a su mamá ¿Irán con esos uniformes a la guerra? -Dicen que sí, pero yo estoy segura de que antes de empezar la batalla si son personas arregladas se quedarán en mangas de camisas-(…)En este país democrático por excelencia… vestirse de semidiós civil es un acto heroico, es desafiar la sátira de los conciudadanos. Pase porque los funcionarios administrativos tengan uniforme, pero lo que encuentro ridículo es que ciñan espadín. ¿En qué batalla tienen que vencer? ¿A qué adversario tienen que matar? -¡Oh! muy al contrario, es sensible que no lleven de diario el espadín! Sería un instrumento inmejorable para sacudir el polvo a los expedientes!”
 

El ceremonial y el protocolo era tan riguroso que en las funciones de “etiqueta”, no estaba bien visto exteriorizar de forma ostensible la satisfacción experimentada, “aunque muchas veces la mereciesen los artistas, el coro y la orquesta”.
 

Tomando como patrón la temporada del Real de 1880-1881, observaremos que la inauguración tuvo lugar un 7 de octubre y se echó el cierre el 6 de abril. Se representaron un total de 131 funciones, 113 ensayos y 5 fastuosos bailes. Asimismo, algunos de los espectáculos tuvieron por objeto destinar los beneficios generados a causas benéficas, como el baile de máscaras celebrado el 19 de febrero de 1881, cuyos dividendos fueron designados a los afectados en las recientes inundaciones producidas en Andalucía.
 

La obra más escenificada en esta etapa correspondió a “Aída” de Verdi con 19 exhibiciones, en segunda posición se situó “Los Puritanos” de Bellini con 16 representaciones y el tercer escalón del podio perteneció a “Roberto il Diavolo” del compositor Meyerbeer con 15 funciones.
 

Indudablemente, observamos que el respetable madrileño tenía predilección por los compositores italianos, principalmente por Verdi, Donicetti, Bellini y Giacomo Meyerbeer. Por ello, no extraña la ardua polémica que se fraguó en diversos círculos, salones y tribunas de prensa en torno a la figura del genial Wagner. La  introducción de la obra del alemán fue, al contrario que en Barcelona, muy paulatina, debido a lo innovador y singular que resultaba su trabajo a ojos del espectador del Teatro Real.
 

Para verificar lo afirmado cotejemos una crónica del día del estreno de la obra de Wagner (febrero de 1876), y posteriormente un fragmento de una narración de 1892 de uno de los más famosos críticos de la época:
 

“Anoche tuvo efecto en el Teatro Real la primera representación de la ópera de Wagner “Rienzi”. La Ponzzoni y Tamberlick fueron muy aplaudidos, el público aprovechó todos los momentos que se le prestaron para demostrar la simpatía que les merecen, comprendiendo que la índole especial de la música de esta ópera no se presta para que los cantantes hagan grande efecto.
 

Las discusiones entre los aficionados fueron muy animadas durante los 4 interminables entreactos. La música en general no gustó (…) Es más, un sordo abrazaba a un buen señor, de buen oído, exclamando¡sublime Wagner, insigne especialista en la regeneración del tímpano; yo te oigo y te admiro; el abrazado lleno de susto, le hace señas de que el fragor de la trompería le acababa de dejar acaso para siempre sordo (…) A Wagner sólo se le debe el haber convertido la orquesta en una especie de tanda de locos que después de asaltar una tienda de instrumentos de música , celebran con ellos tempestuosamente su triunfo”.
 

En cambio tres lustros después, Madrid como reseñaba Peña y Goni, estaba entregado a Wagner:
 

“La concurrencia ha escuchado con imponente recogimiento la obra de Wagner ejecutada de un modo que no tiene linaje alguno de comparaciones por la orquesta y los coros (...) Las exclamaciones de entusiasmo han adquirido proporciones inusitadas”.
 

De entre los intérpretes, el preferido en aquellas fechas finiseculares por todo el público nacional, fue sin duda el navarro Julián Gayarre:
 

“Solamente el nombre de Gayarre llenaba la sala y salvaba el negocio por retorcido que anduviera (…) Gayarre era asombro, delicia, embeleso y pasión del mundo artístico (…) Su voz hermosísima, su inspiración ardiente, su escuela purísima y su arte magistral, lo habían elevado a la jerarquía de rey sobre la escena. Los públicos enloquecían, los empresarios solicitaban su favor postrados de linojos, los teatros se henchían de espectadores ávidos, y el oro rodaba a raudales bosando sus pies (…) Era el único, que producía en nuestro cerebro fuertes sacudidas y en nuestros pechos ansias de vida espiritual, vigorosa y fecunda”.
 

Fue tan mayúsculo su éxito, que se extendió un rumor que expresaba que otros cantantes no querían actuar junto a Gayarre por cosechar éste más aplausos que nadie. De hecho, en más de una ocasión múltiples figuras se vieron obligadas a desmentir este bulo por medio de comunicados. Es el caso de una conocida carta enviada por la estrella Cristina Nilsson a Julián Gayarre. El texto era una invitación a cantar juntos en el escenario:
 

“Estimado amigo y compañero: Le ruego muy encarecidamente que tome parte en mi primera representación del Fausto, puesto que siendo vd. hoy el primer tenor de Europa, con ninguno mejor que con usted se podría celebrar esta función tan importante para mi”.


Como muestra de la admiración que producía este ilustre personaje, se decidió a la muerte del “rey de los tenores”, por parte de las autoridades y con el consentimiento de los familiares, la extracción de “la preciosa laringe de Gayarre para que fuese conservada en uno de los museos de Estado”.
 


 

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