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Pascual Tamburri
Martes, 3 de enero de 2017 | Leída 504 veces
"En el requeté de Olite"

Falsificar el carlismo para combatir lo mejor de sus ideales

Una cosa es la Historia. Otra, subjetiva y a veces innecesariamente falsa, la “memoria histórica”. Puede hacerse buena literatura tomando el contexto de una o de otra; pero eso no convierte en veraz la “memoria”. Sea la que sea.

[Img #10462]Se presentó en El Corte Inglés de Pamplona “En el requeté de Olite”, de Mikel Azurmendi, y la presentaron ¡oh sorpresa! el jubilado Jesús Tanco y el médico Pablo Larraz. He cumplido la palabra que di entonces desde muy lejos y he leído en Navidad la novelita con una cierta sensación agridulce y con alguna sorpresa no totalmente mala. El libro nos da la oportunidad de pensar, con una sonrisa además, sobre la Gran Muralla que la izquierda cultural se ha empeñado en construir entre la “memoria oficial” y la investigación histórica objetiva. Y sobre su éxito en imponer sus dogmas, ajenos a lo que efectivamente sucedió, en los espacios sociales teóricamente más lejanos a ellos. Nación de sumisos, provincia de siervos, tan distinta de aquella…

 

Olite, el pueblo que sirve a Azurmendi de punto de partida y de contexto social de su novela, que acaba de publicar Almuzara, ha sido y es muchas cosas. Fue, por ejemplo, el pueblo de don Juan José Ochoa, un pueblo en el que entre la parte ilustrada de sus derechas y curiosamente entre la parte más inquieta de sus no pocos socialistas había prendido el credo falangista. Fue un pueblo como muchos, de inciertas masas de izquierdas e inciertas masas de derechas, sin carnés ni etiquetas muy fijas. Un pueblo que hay que conocer, un pueblo que admite mal ser sometido a un proceso de “memorización” alicorta y cojitranca que hace poco bien a la por lo demás amena y agradable novela de este autor forastero.

 

¿Por qué iba un adolescente o un joven de 1936 a alistarse con los sublevados, para luchar contra las izquierdas y los abertzales? Por supuesto que la imaginación es libre y la ficción un don de los dioses; pero si queremos realismo, vayamos a las realidades que fueron y no a los deseos póstumos eternamente frustrados. ¿Personajes concretos y hechos de la historia real? Veamos, no vaya a ser que Azurmendi haya sido víctima de un colectivo y fracasado intento de “quedar bien”, como si egregios testimonios sobre Olite y los de Olite en la guerra, dados desde el lado que acoge al protagonista, no hubiesen sido ya contados, cantados, recopilados y disfrutados por memoristas y literatos de la talla de un Rafael García Serrano y de un Javier Nagore.

 

No hagamos historia, puesto que Mikel Azurmendi hace y quiere hacer literatura y sus asesores no pueden ni han podido hacer historia. Memoria pues. Memoria de Olite, y, por qué no, de una de sus calles –ya que la veo desde la ventana y tengo mi parte de esa memoria, a diferencia del autor y sobre todo de sus inspiradores-.

 

En 1936, uno de los personajes más citados en la novela, un hombre alto, gallardo y muy real de Olite, vivía en el primer número par de la calle de la Estación. Fulgencín, hijo de Fulgencio Ayesa, todo un personaje y toda una familia. Salió, como varios Ayesas, voluntario con Mola en julio del 36 y lo hizo, sin militancia específica previa, de la única manera que esa primera semana tuvo banderín de enganche a la vista del castillo. ¿Eso lo hizo carlista en algún sentido ortodoxo? Bien sabemos los que lo conocimos, y los que oímos contar su heroísmo y su impresentable alegría, suya y de los “mangarranes de Tutor” primeros en romper el Cinturón de Hierro y liberar Bilbao, que las cosas fueron más sencillas. Salió porque había que salir, y salió como pudo; de hecho, su vecino de este número 1, Fernando, también salió con boina roja, y difícilmente habría una familia más liberal que ésta en aquella Navarra. A cambio, su hermano mayor, Juan, cuando consiguió salir de Madrid, salió de azul. Y es que esa variedad sólo implica oposición en interpretaciones muy posteriores, y ajenas a lo que realmente estaba pasado.

 

Por las noches de aquel verano y otoño, el padre de Juan y Fernando, don Juan Pablo, salía de patrulla nocturna con su máuser en el Somatén, ya que por edad nada más podía. Y con él salió, desde que volvió a casa cumplidas las primeras semanas, el inquilino del número 3, el carpintero Pablo Elcid, carlista por pura biología él sí, y ejemplo evidente de algo que solemos olvidar: salieron juntos porque salieron a lo mismo, porque creyeron a España ante un abismo y quisieron juntos impedirlo. Aparte de que Fulgencín y el Chato Gilito estuviesen más unidos por el coñac, el baile, los toros y las señoritas, muy contra la opinión del clero. Se les hace un mal favor contando otra cosa, y olvidando que unos y otros han compartido 150 años de techo. En el número 5, también de la misma casa, el mulero de la hacienda y todo su entorno, socialistas o en todo caso gentes de izquierdas, no salieron, pero tampoco nadie les hizo nada; y en el número 9, el hortelano Azcárate y toda su mesnada de hijos, gente de iglesia y genéricamente de derechas, salieron como requetés porque así era como se podía salir.

 

Olite no era pueblo ni sólo ni mayoritariamente de requetés, y los requetés no eran ni luchadores sociales en el sentido de Engels y menos aún luchadores nacionalistas en el sentido que luego sería de Krutwig. Simplemente, eran gentes que veían amenazadas cosas para ellos esenciales en ese momento y –con la excepción de unos pocos ideologizados, que en general además de pocos eran aquí muy superficiales- aprendieron en unos días a matar y a morir, por su fe y por su patria, con la camisa o la boina que tocase. Sin duda, mi abuelo sí sentía aquella boina, pero no la mayoría de aquellas bandas, mucho más cercanas a la experiencia mayoritaria de esta calle de la Estación. Azurmendi hizo muy bien en elegir a los de Olite como contexto para su ficción, pero haber tomado una información incompleta le añade poco a lo mucho que como literatura tiene de bueno. Dice Mikel Azurmendi que “los demás actores del drama son empero de verdad, con nombres de verdad, hechos de verdad y miedos y horrores de verdad. Los muertos son de verdad también, con nombres y apellidos”. Es verdad en cuanto a los nombres, no en cuanto a las hazañas.
 

Siento una cierta desazón al ver una bonita novela un poco manchada por el intento de convertir la guerra del 36 en la guerra carlista que no fue y en retratar a Olite como no era. En tiempos de crisis, ver cómo un pueblo se sobrepuso a discrepancias y matices para acometer una empresa dura como aquella, es magnífico. Y ver en un relato retratados algunos de los muchos problemas de la experiencia, mejor. Pero sin llevar al pasado las limitaciones del hoy, cosa que él no hace pero si se deja hacer.
 

Quizá sea eso lo que más falta en el contexto navarro de 1936 que se ha dado a Azurmendi: el horizonte moral y cultural de la zona alzada definido por Jerarquía. En el primer número de la revista negra, junto a un plantel de autores que ni en cantidad ni en calidad ha tenido nunca después ninguno de los carlismos reales o ficticios, Manuel Iribarren decía algo que los olitejos del 36 tenían muy presente, algo que bullía en los que salieron, en los que no lo hicieron y en los que cayeron: “Bajo mi balcón, un desfile brioso de voluntarios. Uno más. ¡Van tantos desde aquel memorable 19 de Julio! ¿Boinas rojas; camisas azules? ¡Españoles! El amor patrio los une a todos en apretado haz, obedientes al yugo común. Hay quien, ofuscado por nobles competiciones pueriles, no quiere entenderlo así. Pero Dios y España se desposaron en el templo románico de la Unidad Nacional y forman un todo indisoluble.”
 

Si algo triunfó en los meses que sirven de decorado a la novela de Mikel Azurmendi es, justamente, esa unidad y la rápida devaluación de las quisquillas de facción. Como ya dijimos hace unos años respecto a un libro que se quería de historia y se quedó en recogida selectiva de algunos testimonios –muy bonita en las formas, como mayor mérito- al margen de las opiniones e interpretaciones que los hechos del pasado nos merezcan no tenemos derecho, ni los historiadores ni quienes no lo son, a falsificar la historia para que se adapte a nuestros gustos. Por eso, fundamentalmente, es mala la “memoria”, venga de donde venga. Y con una consecuencia triste que siento no haber previsto: a un buen novelista, que escribe bien, que sabe enganchar al lector en su trama aunque él mismo no conozca el pueblo del que habla ni la población que entonces lo habitaba, se le hace el dudoso regalo de un Olite acomodado no a lo que fue ni a lo que sabemos de lo que fue, sino a los gustos políticos y sociales de otros que tampoco compartieron calle, taberna ni parroquia ni con los Elcid, ni con los Cerdán, ni con los Azcárate, ni desde luego con los Ayesa. Haría bien Azurmendi en confirmar su acierto literario y en corregir la escasez histórica que le han contagiado en hacer protagonista de su siguiente narración a Fulgencín y en situar en su decorado a don Fermín Yzurdiaga y a Ángel María Pascual. Pero a los de verdad, claro.

 


 

 
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1 Comentario
Pompeyo
Fecha: Viernes, 6 de enero de 2017 a las 16:13
Algo que no le han contado a Mikel Azurmendi sus asesores pseudo-rurales: en la Primera de Navarra hubo más Banderas de Falange que Tercios de Requetés, y más caídos falangistas (y soldados sin adscripción) que carlistas. Otra cosa olvidada: la gente salía como podía, o convenía, y una boina o camisa no cambia ideas. Si no, tendríamos que decir que ¿MJ Urmeneta era falangista? JA. Como aberchale, tenía muchas más ideas en común con la parte peor del carlismo. Parece buena novela, bien ambientada en lo pequeño, pero mal orientada por fiarse de gente que de aquella Navarra sólo quieren recordar su versión manipulada, con su dosis de resentimiento social y "memorístico". Qué pena que el carlismo fósil ha perdido su vieja aristocracia, tan distinta de los que ahora se etiquetan así.

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