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Sergio Fernández Riquelme. Profesor de Política Social de la Universidad de Murcia
Jueves, 2 de febrero de 2017
Análisis en profundidad

"Angry white man". Donald Trump y la reacción identitaria en los EE.UU.

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Había sido un mal sueño; una pesadilla quizás. Pero en la mañana del martes 8 de noviembre de 2016, buena parte del mundo occidental comprobó que las noticias de la noche anterior eran ciertas. Pese al anunciado como inevitable triunfo desde hace meses de su rival, pese a la unanimidad de las encuestas en su contra, pese a las críticas generalizadas a su persona y a su obra, sucedió lo inesperado, lo indeseable: había vencido el empresario Donald Trump.


Llegaron las lágrimas y los gritos. El llanto de los miembros del "star system" de Hollywood (viral en las redes sociales), los lamentos de los creadores de opinión de los medios liberal-progresistas (unidos ahora todos contra el personaje), las quejas de los dirigentes de la Unión Europea (a izquierda y derecha del espectro político), las excusas de los maestros de la demoscopia (algo se les había escapado). Lloraban porque había triunfado el representante de un viejo arquetipo norteamericano que supuestamente había pasado a la Historia: el angry white man.


Un magnate de dudosa reputación, un personaje mediático denunciado como misógino y xenófobo, un outsider de "lo politico", se convirtió en el 45º Presidente de los Estados Unidos de América. Tras conseguir la nominación en las primarias del GOP (Partido republicano o Great Old Party), ganando por mayoría a los candidatos oficiales (Jeb Bush y Marco Rubio), superaba por sorpresa a la todopoderosa candidata demócrata Hillary Clinton. Y lo hacía invocando, bajo el lema "Make America Great Again" (publicitado en las gorras de sus seguidores), un nacionalismo norteamericano que sintetizaba el recuerdo del ideal postbélico del American Way of life de las clases medias blancas y tradicionales, y los emergentes fenómenos identitarios que cuestionaban la homogeneización del modelo globalizador (de la nueva Rusia al inesperado "Brexit" inglés).


La venganza había llegado. Frente al ideal cosmopolita del yes we can enarbolado por Barack Hussein Obama, resurgía para sus oponentes, a modo de mal recuerdo, la misión histórica contenida en el poema “La carga del hombre blanco” del Rudyard Kipling (The White Man's Burden, 1899). Regresaba, si no mayoritariamente si de manera perfectamente movilizada y compacta, ese ideal nacionalista que apelaba a una identidad secular, real o ficticia, amenazada por un mundo multicultural demasiado extraño a grandes capas sociales reaccionarias ya visibles en el fenómeno del Tea Party.

 

Y Trump lo supo desde el principio; a su campaña no le interesaron nunca los bastiones históricamente demócratas: ni las grandes ciudades ni los estados "azules", ni las minorías raciales ni los grupos étnicos, ni las estrellas del deporte ni las elites culturales-artísticas. Su estrategia iba dirigida a un grupo concreto de personas, sus potenciales votantes eran otros. Nunca pretendió obtener el voto popular (como no lo hizo), sino ganar el voto electoral, apostando por regiones (los swing-states o “estados pendulares”) donde millones de ciudadanos, muchas veces sin pasado republicano como él, vivían como amenaza los cambios de la globalización en suelo norteamericano: Iowa e Indiana en el Corn Belt (cinturón de maíz), Pennsylvania y Ohio en el Rust Belt (cinturón de óxido), Michigan en la vieja América industrial, y Florida en el sur hispano y residencial.


El enfadado hombre blanco, supuestamente, había vuelto. Este arquetipo tradicional, sociológicamente hablando, parecía representar, en primer lugar, a hombres (y también mujeres, casi un 44% del total de votantes) que consideraban como negativo el proyecto de modernización institucional y desarrollo económico planteado durante los ocho años de gobierno Obama; sus políticas les habían afectado de manera negativa, empírica o percibidamente, en su estatus de bienestar o de oportunidades en el siempre meritocrático sistema useño, especialmente en zonas geográficas de tradición obrera o en estratos socioeconómicos de clase media. Y en segundo lugar, a ciudadanos de origen anglosajón (o europeo), de profundas convicciones religiosas, de mediana cultura académica y de zonas rurales o suburbanas, autoconsiderados extraños en su propio país ante el cambio demográfico y cultural acaecido a comienzos del siglo XXI; y caricaturizados en los medios de comunicación liberal-progresistas como el racista WAPS, el Redneck sureño, el peligroso Craker, el Hillbilly de los Apalaches, el Poor White o nuestro Angry white male. Seres extraños, atrasados, que habían perdido ese tren del progreso, los perdedores ante el inevitable triunfo del modelo globalizador y multicultural de las grandes urbes de la Costa este (de Nueva York, la “ciudad que nunca duerme”, a la creativa e hispana Miami) y de la Costa oeste (de la multiétnica San Francisco a la siempre moderna Seattle)
 

"La carnicería (barbarie) americana". En su discurso de posesión, el 20 de enero de 2017, el nuevo Presidente pronunció estas gruesas palabras, denunciando con vehemencia una apocalíptica realidad nacional. Con la siempre amenazante Rusia de fondo (por la sospechosa relación amistosa con Putin o por la supuesta intromisión de hackers eslavos en las elecciones a su favor) Trump juraba su cargo ante dos Biblias, con su mujer y modelo Melania al más puro “Jackie Kennedy´s Style” a su lado, y prometía devolver en su integridad el famoso “sueño americano”. Por ello, sus palabras no respondían a datos cuantitativos que no interesaban a sus fieles, sino a valores y sentimientos de carácter cualitativo que si enardecían a sus seguidores: seguridad y prosperidad, moralidad y unidad, protección y superioridad. America first intitulaba su programa de trabajo; promesas vagas y amenazantes de campaña (que casi nadie creía que iba a cumplir) se concretaban: el proteccionismo económico frente a la deslocalización (en especial en México) y la competencia desleal (básicamente China); el nacionalismo sociocultural, tanto liberal (libertad de negocios) como conservador (libertad religiosa), frente al mundo progresista (que destruía los valores sacrosantos de la patria), del mundo migrante hispano (que traía delincuencia y mano de obra excesivamente barata), del mundo islámico en expansión (que era una potencial amenaza a su modo de vida) y del mundo europeo en decadencia (que ya era mayor para defenderse solo); y sobre todo la figura incólume del líder carismático, del empresario triunfador, del ciudadano políticamente incorrecto, del patriarca del clan (desde su Trump Tower, sede del gobierno de transición).


Sus nombramientos comenzaron a señalar el camino. Empresarios como su propio yerno Jared Kuscher en el puesto asesor principal, o como Andrew Puzder en la dirección del Departamento de Empleo; políticos conservadores y religiosos muy ligados a la llamada "América profunda", como su vicepresidente Mike Pence (gobernador de Indiana), el congresista Tom Price al frente del Departamento de Salud, el gobernador de Texas Rick Perry como Secretario de Estado de Energía, la activista profamilia Betsy DeVos como secretaria de Educación, el jurista Scott Pruitt (fiscal general de Oklahoma) como administrador de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), y el veterano senador por Alabama Jeff Sessions como Fiscal General. Pero sobre todo dos de sus elecciones dejaron a las claras el contenido ideológico que se le negaba siempre al circense Trump: la elección de Steve Bannon, uno de los doctrinarios del movimiento "alt-right" (nueva derecha norteamericana) como su jefe de estrategia (director del popular portal Breitbart); y la nominación del conservador profamilia y provida Neil Gorsuch, seguidor del legendario Antonin Scalia, como su candidato para el omnipresente Tribunal Supremo.


Y de esas lágrimas mediáticas se pasó a las quejas diarias. Trump cumplió sus promesas y la reacción de sus opositores fue inmediata. La multitudinaria "Marcha por las mujeres" (liderada por Michael Moore y diferentes artistas, como Madonna que amenazó públicamente con volar la White house) se oponía a las primeras medidas sociales del nuevo gabinete, como el decreto que prohibía la financiación pública de organizaciones abortistas o de planificación familiar; los lobbys ideológicos que apoyaron al anterior gobierno se manifestaban en contra de los decretos que impulsaban oleoductos paralizados, que los eliminaba de la página web de la Casa Blanca, o recortaban el sistema de salud conocido como ObamaCare; y sus medidas para controlar la inmigración, desde completar el muro fronterizo con México hasta impedir temporalmente la entrada de refugiados o nacionales de determinados países considerados como potencialmente peligrosos, llevó a las calles a miles de opositores (tomando los principales aeropuertos), provocó la reacción de los grandes magnates y conllevó la condena de numerosas cancillerías internacionales (aunque recibió el apoyo del premier magiar Viktor Orbán y de los líderes de los emergentes partidos identitarios o nacionalistas del Viejo Continente).


Enfadados, muy enfadados. Los americanos eran excepcionales, hechos a sí mismos, libres desde la cuna, armados por derecho, dueños de su tierra, elegidos por la providencia, descendientes de los pioneros puritanos. Trump, pese a errores del pasado y exabruptos perdonables, era el elegido para recuperar ese excepcionalismo norteamericano (American exceptionalism), narrado por primer vez en su viaje por Alexis de Tocqueville: el liberalismo (“la sagrada libertad”), el utilitarismo (“hazlo por ti mismo”), el providencialismo (“la nación elegida”), el mérito (“el empresario de éxito”). Y ese enfado, incomprensible para una elite que pregonaba los frutos del crecimiento económico y la lógica de la tolerancia, hizo plausible una opción imposible.


En 1992 Bill Clinton dijo una frase que le hizo famoso: the economy, stupid ("es la economía, estúpido"). Desde entonces se ha convertido en un dogma que establece la inevitabilidad lógica de los datos cuantitativos para determinar la razón política y la victoria en las elecciones. El progreso y el bienestar conducen, como señaló Fukuyama, a un camino inevitable. Pero ese enfado, entre lo cualitativo y lo supuestamente irracional, entre el miedo injustificado y los sueños incumplidos, demostraba la vigencia, como variable de estudio historiográfico, de los mitos y “enfados” del antiguo nacionalismo.


Una nación civil o moderna (Renan) y una nación étnica o tradicional (Strauss). La vieja dialéctica identitaria regresaba en el seno del paradigma del "Estado joven" contemporáneo. Los EEUU recuperaban los debates de su no tan breve y su no tan singular historia: el origen europeo o mezcolanza étnica (melting pot), la segregación racial o la exclusión socioeconómica, los valores tradicionales o la ideología progresista, el aislacionismo interno o el imperialismo militar y cultural. E historiográficamente visibles en varios actos conflictivos: la lucha entre las trece colonias y el dominador inglés, la expansión hacia el Oeste y la resistencia de los nativos indígenas, la batalla entre el sur confederado y el norte unionista, la  influencia de lo hispano (migraciones continuas) y la influencia en Latinoamérica (su "patio trasero"), la relación entre la “caza de brujas” anticomunista y la dialéctica de la Guerra fría, la paradoja de la democratización del mundo y la invasión de países para ello, o las contradicciones entre el ideal de riqueza y la limitación de determinados grupos al mismo; y en el tiempo presente, en las fracturas abiertas en el considerado durante años como el perfecto bipartidismo democrático: entre las elites del movimiento neo-con y las bases del Tea party en las filas republicanas, y entre el socialismo “a la europea” de Sanders y las bases frente al liberalismo social, y de partido, de Clinton y las elites en las filas demócratas.


Clint Eastwood, uno de los pocos artistas que apoyó a Trump, retrató como nadie a ese odiado White Angry Man (o Male): de Harry el Sucio al Gran Torino. El responsable histórico de las discriminaciones y las desigualdades, de las invasiones y las contaminaciones; así lo veían y así se veía. Era un personaje de ficción, nos decían, era solo un actor y director, nos recordaban. Pero parece que en noviembre de 2016, como fenómeno histórico no tan excepcional a estudiar, dieron la victoria a uno de los suyos donde había que dársela.

 

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