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Ernesto Ladrón de Guevara
Miércoles, 19 de abril de 2017

La toponimia, ese objeto de deseo de los nacionalistas

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La toponimia es el reflejo, hecho nombre, de la historia de nuestros pueblos, de las ciudades, de los enclaves.  Todos los nombres de localidades, ríos, montañas o lugares tienen una razón de ser, algún motivo que está relacionado con la vida de los humanos que nos antecedieron y dieron personalidad a los sitios que habitaron. Es el legado cultural que nos dejaron, la prueba palpable de la historia que protagonizaron nuestros ancestros.

 

Los nacionalistas tienen la costumbre de borrar las huellas de la historia, para hacer un relato de nuestro pasado adaptado a los mitos y mentiras con las que construyen un imaginario colectivo que favorezca un constructo cognitivo afín al mensaje exclusivista que fundamenta su ideario.

 

En este artículo voy a recoger algunos ejemplos que ilustran esta manipulación adoctrinadora para construir una ideología separatista que han llamado “hechos diferenciales”, pero que de diferentes no tienen nada, salvo las falacias con las que han dado cuerpo a esa idea de que no solamente la comunidad pretendidamente nacional es singular sino que es mejor que el resto, al que se le tilda de colonizador y represor de la emancipación.

 

Como afirma el profesor medievalista José Ángel García de Cortázar, en torno al año 1200 las diferentes realidades existentes en el territorio de lo que hoy es el País Vasco, se traducían en tres entidades poblacionales: los valles con sus monasterios o iglesias, las aldeas y las villas. En ese siglo, las seis villas creadas por concesión real eran Salinas de Añana, Vitoria, La Puebla de Arganzón y Treviño, San Sebastián y Guetaria. Y había otra, Valmaseda, creada por señorío territorial.

 

A medida que iba pasando el tiempo a la sombra de los reinos castellanos, y con el objetivo de afianzar el poder real sobre los territorios y la persecución a los malhechores, como reza el lema del escudo de Alava, se crearon nuevas villas de fundación real, con cartas pueblas, coincidiendo con la franja costera, como  Fuenterrabía, Zarauz, Motrico  o Bermeo  o bien con las vías de comunicación por el interior, como Mondragón, Tolosa, Segura, Salvatierra u Orduña.

 

La red de pueblas villanas sustituyó el eje trasversal de comunicación que era el Camino de Santiago por otro en sentido norte-sur, con un significado comercial uniendo el interior de Castilla con la costa, así como vertebrando territorialmente un espacio recuperado por la reconquista cristiana.  En el  siglo XIV nos encontramos de esta manera con una serie de localidades con los topónimos comenzados por la denominación Villafranca de …,  Villanueva de…, Villarreal de…, La Guardia, La Puebla,  etc. Las villas actuaron de esta manera como verdaderos señoríos colectivos que vertebraron el territorio y configuraron una realidad organizativa y normativa que dio lugar a la provincia, al territorio foral. La configuración de esos espacios políticos: Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, con sus denominaciones correspondientes, fue paralela a la creación de las villas y a la configuración de las actividades económicas derivadas de las ferrerías, el comercio naval de la lana castellana y la ordenación de dichos espacios, hasta entonces en manos de los señores que dominaban el ámbito rural y los valles.  

 

Ese proceso de integración caracterizó el paso de la Alta a la Baja Edad Media, y más tarde a la Edad Moderna.

 

Nada de lo que tenemos hoy se puede explicar sin partir de este hecho.

 

La mayor parte de los topónimos, por tanto, tiene su fundamento en este proceso histórico de conformación de los territorios, y son igualmente legatarios de la civilización romana que, en el caso vascongado, le precedió, con el peso del latín en la configuración de esa toponimia.

 

El empeño del mundo nacionalista de erradicar del imaginario colectivo todo ese peso de nuestra carga histórica que explica hoy nuestra idiosincrasia institucional y cultural; nuestras costumbres y fueros; no tiene otra explicación que intentar conectarnos con el mundo de Túbal para hacer ver que somos diferentes de los demás y que nada tenemos que ver con Castilla. Pero la realidad es tozuda.

 

Existe tácitamente un consenso en respetar la grafía de los topónimos según sea su origen paleográfico e histórico, cosa que no se está cumpliendo.

 

Pero también debería respetarse la denominación de nuestras ciudades y pueblos tal como se nos ha transmitido. No es respetuoso con las generaciones pasadas, que nos han legado el nombre del lugar donde vivimos, el cambiar caprichosamente esos topónimos en función del interés político de turno. Sucede con el nombre de las provincias vascas, pero también con el de nuestras capitales. Vitoria data de la fundación por Leovigildo de la ciudad, con el nombre de Victoriaco, evolucionado su nombre a Vitoria por razones fonológicas. Gasteiz fue una aldea anterior, irrelevante por razones de la historia, y cuyo rescate solamente tiene el objeto de quitar valor al peso histórico de una denominación que ha ido trasladándose  primero a manos del Sancho VI de Navarra que la refundó como villa que luego pasó al rey castellano Alfonso VIII.  En el caso de Bilbao fue fundada por Diego López de Haro con ese nombre con la anuencia de Fernando IV de Castilla, y no con el de Bilbo;  y en el caso de San Sebastián por Sancho el Sabio de Navarra en 1180. Por tanto ese debería ser su nombre y no Donostia, que ha sido un intento de vasquizar el topónimo.

 

Pero lo que más relieve tiene a mi entender en esta descripción de los disparates cometidos es la erradicación de los topónimos que comenzaban por Villafranca de…, ejemplo de la actual Orditzia, omitiendo que fue una fundación por carta puebla de origen real, o la de Villarreal de Alava, actual Legutiano, cuyo nombre ha sido retomado de la aldea existente antes de la fundación de la villa de realengo en el siglo XIV; con una finalidad obvia de eliminar cualquier atisbo de castellanización del enclave.  O el caso de Salvatierra, a la que concedió fuero Alfonso X en 1256 y que se ha querido confundir con una aldea anterior irrelevante desde el plano histórico. O el de Fuenterrabía llamada así desde el siglo X y fundada como villa por Sancho el Sabio, bajo el influjo real de los reinos navarros y después castellanos. El nombre de Hondarribia fue impuesto por decisión municipal en los años de la actual democracia por un acto gratuito e infundado desde el plano histórico, simplemente para quitar cualquier atisbo histórico relacionado con los reinos de Castilla.

 

Podríamos seguir mencionando ejemplos, pero sería demasiado extenso.

 

En Alava tenemos casos realmente inexplicables de sustitución toponímica caprichosa y absurda. Podemos referirnos a Laguardia, cuyo topónimo ha sido sustituido por Biastegi, que era el nombre que figuraba en el lugar antes de la concesión de la carta de villazgo en 1164.  Cambio de nombre sin precedentes en la documentación histórica solamente con el avieso interés de eludir la dependencia de dicha localidad del reino navarro, inicialmente, y castellano después. Es el mismo caso que los anteriores.

 

Saturnino Ruiz de Loizaga, autoridad en el campo de la epigrafía histórica, en la antropología y en la historia de la lengua castellana, con multitud de publicaciones, denuncia el cambio del nombre de localidades del oeste alavés, de la antigua Autrigonia, cauce de repoblación, y cuyo origen escrito del castellano descubrió en Valpuesta. Dice que los dos elementos toponímicos que dan nombre a la localidad de Salinas de Añana  figuran en un documento de 931   “Salinas, quod  vocant Aniana”  y cita a Caro Baroja en su Historia General que corrobora el origen antiquísimo del enclave. En todo caso, la localidad tuvo una importancia capital en la Edad Media, por no citar al periodo de la romanización, sirviendo al Monasterio de San Millán de la Cogolla. Pues bien, esta denominación ha sido sustituida por Gesaltza, con la única finalidad de vasconizar el término. (Guesaltza significa en vascuence sal)

 

De la misma manera nos cita a Cárcamo, llamado ahora Karkamu, cuando Menéndez Pidal recogía este topónimo relacionándolo con el radical “carc-“ que dice que es un antropónimo que se refiere al hueco en el que juega el rodezno de los molinos, de origen latino, pueblo antiquísimo del siglo X.  O  a Fontecha, llamado en la actualidad  Fontetxa, cuyo origen latino es inconfundible (“fonte tecta”, fuente cubierta) o Valdegovía, llamado Gaubela en esta irritante campaña de modificación de los nombre de siempre para euskaldunizarlos.  Valdegovía  “Valde” proviene dela palabra latina “ vallis” y “gobía” probablemente viene de “cova”, es decir, valle de cuevas según nos sugiere Ruiz de Loizaga. Lo que no sabemos es de donde se sacan el término Gaubela, sin existencia en ningún tipo de fuentes históricas, paleográficas ni epigráficas. Pero lo más sintomático es que han quitado de un plumazo el término Villanueva muy frecuente en los topónimos de fundación altomedieval, cuya traducción es obvia. Que se traduce en ese empeño de quitar todo  lo que tenga relación con el medievo, remontándose a orígenes inescrutables.

 

Hay otras muestras sin cuento que no procede, por no extenderme, citar, pero no quiero omitir el caso de Cuartango, que es una localidad alavesa cuya procedencia Caro Baroja lo relaciona con Quartanikum que era un campamento militar romano en la guerra contra los cántabros. No hace demasiado tiempo que se encontraron restos que testifican la existencia de esa batalla. La vasquización del término es un auténtico disparate. De  la misma manera que lo es en el caso del pueblo de Albéniz, que tiene dos componentes “alba” y el sufijo “iz” que significa “procedente de Alba”, poblado romano situado a un par de kilómetros del pueblo donde yo nací. El uso de sillares con inscripciones romanas en las paredes de la iglesia de mi pueblo es prueba suficiente de la existencia de ese enclave romano. Recuerdo que mi abuelo al arar la tierra en una finca situada cerca del cementerio, recogía sigillatas romanas, que obviamente no sabía identificar. Pues bien, se sigue afirmando la falsedad de que el topónimo es de origen eusquérico, y se le denomina Albeiz.

 

Y así hasta el infinito.  Con la complacencia y la pasividad de las autoridades en la materia.

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2 Comentarios
Javier Onandia Fuentes.
Fecha: Sábado, 13 de mayo de 2017 a las 11:29
A ver, por partes. El artículo está plagado de errores.

1. No existe Gaubela, es un error. La denominación en euskera del valle es GAUBEA,que SI aparece en el becerro gótico de los cartulario de Valpuesta con fecha 804.

2. Tampoco existe Biastegi, es BIASTERI. La Guardia /Biasteri.

3. La denominación en euskera de Salinas de Añana es Gesaltza, que no significa sal, sino "salinas" .Eso Gesaltza, porque Guesaltza ni existe.Los naturales de Salinas, se han referido siempre a la localidad como "Salinas".Gesaltza es un dislate. Pero hay que ser rigurosos con las grafías.

4. Es (era) Quartanicum, no Quartanikum.

5. Fontecha / Fontetxa: Ruiz de Loizaga aporta las apariciones nedievales del topónimo y son las siguientes:
Fonte tecta 1052, Fonte Tegia 1107, Fontecha 1149 y 1196,
Fuente Echa 1351. Saquen sus propias conclusiones.

Respecto a que gobia / gaubea signifique "probablemente" cuevas... es discutible. Saludos.
RUBEN GONZALEZ
Fecha: Sábado, 22 de abril de 2017 a las 05:32
BUEN ARTICULO DE UN GACETILLERO DE ANCESTROS MAZARRONEROS.SALUDOS CORDIALES:RUBEN GONZALEZ- Articulista de MURCIA TRANSPARENTE.NET

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