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Raúl González Zorrilla, director de La Tribuna del País Vasco
Lunes, 16 de Junio de 2014 Tiempo de lectura:

Teoría de ventanas rotas

Este artículo fue publicado inicialmente en mi libro "Territorio Bildu" (Ediciones Naves en Llamas, 2013)

Si vives en la Guipúzcoa de Bildu, acabas pensando indefectiblemente en el tema de las normas de educación o, más bien, en lo que supone la casi total ausencia de éstas. Probablemente, cinco décadas de barbaridades etarras y de totalitarismo nacionalista, reforzadas por la inhibición del Estado y la incapacidad de las instituciones para defender los valores democráticos frente a los innumerables desprecios a la dignidad humana que en esta tierra continúan produciéndose, son factores que han contribuido no poco al surgimiento de un espacio geográfico fantasmal y éticamente desértico en el que las relaciones entre sus habitantes no están marcadas por la cooperación, el entendimiento o la concordia, sino por la sospecha, la desconfianza y la amenaza permanente a la utilización de la fuerza.

 

La caída en esta espiral de despropósitos y de destrucción moral de la que hablamos resulta fácil de entender. Si un bien supremo como el derecho a la vida ha sido cómodamente quebrantado por criminales que posteriormente son de mil formas justificados, si quienes jamás han condenado un asesinato son situados en puestos de máxima responsabilidad política o si la tolerancia y la civilidad resultan habitualmente destrozadas por individuos que en muy escasas ocasiones reciben la sanción correspondiente, resulta razonablemente comprensible que, a fuerza de insistir en la ignominia, al final, en las calles de numerosos municipios del País Vasco y de Navarra se hayan impuesto colectivamente la vulgaridad más abyecta y la prepotencia más obscena como las opciones más rápidas para que cualquiera consiga lo que desea.

 

[Img #4485]La educación no es más que un baño de civilización que los individuos adquirimos para evitar los muchos roces, colisiones y conflictos que pueden surgir en sociedades complejas y plurales como las occidentales. Cuando esta pátina de seguridad se resquebraja tolerando lo inadmisible y justificando lo injustificable, se entra en una dramática caída hacia el envilecimiento que luego siempre resulta muy difícil, cuando no imposible, de detener. A lo largo de los años, en el País Vasco, en general, y en Guipúzcoa, en particular, se han roto todos los muros de contención de este torrente que nos lleva inevitablemente a las más altas cotas de la estulticia y de la miseria.

 

Cada vez que se falta al respeto a alguien coaccionándolo impunemente, en cada ocasión en la que se desprecia a los mayores insultándoles en la calle, en el momento en el que se atacan los valores que constituyen los ejes centrales sobre los que se vertebran nuestras comunidades, cuando se profanan monolitos o tumbas o se destrozan elementos simbólicos del mobiliario público, se están cometiendo actos delictivos que deben ser sancionados por la ley, pero, además, se está inyectando en el cuerpo social un acervo de comportamientos desaprensivos e indecentes que, en poco tiempo, siempre acaban por contaminar en mayor o menor medida todas las relaciones que vertebran y definen a una determinada comunidad. Es la “Teoría de las ventanas votas” de los sociólogos James Q. Wilson y George L. Kelling: “Consideren un edificio con una ventana rota. Si la ventana no se repara, los vándalos tenderán a romper unas cuantas ventanas más. Finalmente, quizás hasta irrumpan en el edificio, y si está abandonado, es posible que sea ocupado por ellos o que prendan fuegos adentro”.

 

Miro a mi alrededor en esta San Sebastián casi siempre lluviosa y brumosa y veo demasiados luceros rotos. Entiendo que detrás de un joven que desestima con desdén las órdenes de una autoridad se encuentra otro chaval que antes ha dibujado dianas proetarras en el instituto; que a las espaldas de un ciudadano que hace caso omiso a las indicaciones de un ertzaina (policía autonómico) se esconde otro cuyo principal objetivo es “señalar” a los miembros de la policía local; que debajo de cada desavenencia no resuelta por vías civilizadas se halla la pérfida idea de que la solución a muchos problemas es más efectiva si se emplean “alternativas más crueles” y, en fin, comprendo que en los cimientos de muchos comportamientos pendencieros, ariscos y bravucones de hoy puede rastrearse la huella indeleble de quienes durante demasiados años aullaron el ¡ETA, mátalos!.

 

Entender que la educación más elemental es, en el fondo y en la forma, la manera más elaborada del respeto hacia los semejantes, comprender que ésta es básica para una convivencia en paz y en libertad, y asumir, por otro lado, que cada acto de incorrección con los demás, sea éste destructivo o no, nos acerca un poco más a la brutalidad de la selva, son elementos que, junto con otros muchos, resultan básicos para demoler los pilares de la violencia y el terrorismo.

 

El periodista y escritor británico Thomas de Quincey ya lo advirtió hace más de un siglo: “Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no se sabe dónde podrá detenerse. La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento”.

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