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Manuel Molares do Val
Domingo, 03 de Diciembre de 2017 Tiempo de lectura:

Donald Trump, la Ilustración y la ultraderecha

“¡El mismo Donald Trump, con casi 44 millones de seguidores ha retuiteado los vídeos! ¡Dios te bendiga, Trump! ¡Dios bendiga a América!”, escribe exultante Jayda Franse, vicepresidente del partido ultranacionalista Britain First.


Son tres vídeos: un joven presuntamente musulmán le da una tremenda paliza a un muchacho discapacitado; un imán destruye entre rezos una imagen de la Virgen María; en un conflicto entre islamistas uno de los grupos defenestra desde una torreta a los enemigos, que revientan al chocar contra el suelo.
 

Donald Trump reprodujo esas imágenes en esa cuenta que expone sus ideas sin mayores reflexiones, y la mayoría de la prensa mundial lo denunció con grandes titulares: “Donald Trump difunde vídeos islamófobos de un partido ultraderechista británico”.
 

Los medios, las izquierdas y los islamistas se escandalizaron no por la veracidad de, al menos, dos de los tres vídeos, sino porque una ultraderechista y Trump los divulgaron.
 

Pero escenas así son suaves comparadas con otras mucho peores, y aunque no representan a todo el Islam son parte importante de su existencia: desde que apareció hace casi quince siglos el mundo no se libró ni un solo día de sus guerras santas.


Negarlo propicia el crecimiento de la ultraderecha en las democracias porque, ante la ocultación gubernamental y periodística de crímenes amparados por esa cultura violenta y machista, también los protagonizados por refugiados, la reacción de demócratas inseguros es unirse a quienes los denuncian, como Jayda Franse.


Si la Ilustración no hubiera surgido gracias a una clerigofobia-cristianofobia contra el irracionalismo violento de las iglesias, ese movimiento liberador de mentes y cuerpos nunca se hubiera producido.
Las fuerzas llamadas progresistas, herederas desde el siglo XVIII de la misión de enfrentarse a los fanatismos, han abandonado esa función, y la ultraderecha ocupa hábilmente su lugar.

 

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