Olvidar lo inolvidable
Memoria y relato no siempre coinciden. En una época maniquea en la que la Historia se tergiversa, o simplemente se inventa para satisfacer paradigmas victimistas de supuestas minorías agraviadas, que una sociedad enferma de indiferencia, amnesia o ignorancia estratégica relegue a otra parte de los suyos a una suerte de muerte moral en vida, debería hacernos reflexionar sobre cómo hemos perturbado los pilares básicos del Estado de Derecho sobre los que se sostienen nuestras sociedades libres y las vulnerabilidades que permiten que se cuelen por todo el tejido social ese veneno contra el que aún no hemos encontrado antídoto: el odio que deriva en darwinismo social o darwinismo racial.
Voces calladas que sufren en silencio el olvido, cuando no el desprecio, de quienes hacen negocio de olvidar lo inolvidable. Menos mal que la mitología siempre ha sido útil para contar la Historia colectiva y reforzar la cohesión del grupo alrededor de ese héroe capaz de levantar la voz en solitario y disentir de la mayoría, de enfrentarse a fuerzas de poder dominantes, de negarse a obedecer órdenes o de ir a contracorriente a riesgo de perder incluso la vida. Héroes de leyenda que apoyan causas justas y que dignifican y reconcilian a la mayoría que mira a otro lado por desidia, miedo, complicidad o porque simplemente le resbala el dolor ajeno. Los ejemplos llenan páginas de libros apilados en estanterías decoradas por telas de araña y cincelan piedras levantadas en el anonimato de sus memorias. Memoria ética al servicio de la convivencia cuando el apoyo social al bárbaro desconcierta, cuando la complicidad de tus vecinos asfixia, cuando la ambigüedad de los Partidos Políticos, de la Iglesia, de las Organizaciones disfrazadas de humanitarias o las Instituciones encargadas de velar por la Dignidad, la Justicia y el cumplimiento de la Ley incapacita frente al terror. Es verdad que los mecanismos del miedo son intrínsecos y personales, razón de más para no juzgar comportamientos difíciles de entender si no estamos en la piel del agredido, del extorsionado o del señalado. El terrorismo no deja de ser una táctica de la que se nutren organizaciones y Estados para conseguir sus fines por medio de la violencia, física, pero también psicológica. En medio de esa confusión entre nacionalismo, marxismo, anticolonialismo o simple racismo identitario, someter al dilema moral de pagar para que no te maten es quizá la forma más violenta y cruel de acoso a la que un cuerpo social enfermo puede llegar a intimidar y estigmatizar a su víctima y hacerla sentir culpable de la fractura creada.
Coches bomba y tiro en la nuca sustituidos, por el momento, por marchas con antorchas y banderas también inventadas pero mismo complejo de identidad superior excluyente convertido en una grotesca caricatura que sonrojaría hasta al mismo Freud si despertara de su sueño eterno. En nombre de ese nosotros frente a ellos, lo nuestro expulsa al que piensa diferente, al enemigo que se opone al verdadero relato intoxicado por una guerra publicitaria que nace en la misma escuela. Identificación, intimidación y muerte social más sutil que extiende como una mancha de aceite el virus de la intolerancia y el odio que anticipa la inevitable expulsión física del disidente del territorio considerado puro. Porque la mitificación de la violencia y el terrorismo sigue estando presente en estas ideologías mesiánicas distorsionadas que creen en el destino manifiesto de los pueblos elegidos, y que se nutren del egoísmo, la irresponsabilidad y la soberbia de los que han entrado en el juego de olvidar lo inolvidable y han renunciado a aplicar, en beneficio de la convivencia de la mayoría, el monopolio legal de la violencia para velar por el mantenimiento de una Democracia que parecen querer derrumbar.
Memoria y relato no siempre coinciden. En una época maniquea en la que la Historia se tergiversa, o simplemente se inventa para satisfacer paradigmas victimistas de supuestas minorías agraviadas, que una sociedad enferma de indiferencia, amnesia o ignorancia estratégica relegue a otra parte de los suyos a una suerte de muerte moral en vida, debería hacernos reflexionar sobre cómo hemos perturbado los pilares básicos del Estado de Derecho sobre los que se sostienen nuestras sociedades libres y las vulnerabilidades que permiten que se cuelen por todo el tejido social ese veneno contra el que aún no hemos encontrado antídoto: el odio que deriva en darwinismo social o darwinismo racial.
Voces calladas que sufren en silencio el olvido, cuando no el desprecio, de quienes hacen negocio de olvidar lo inolvidable. Menos mal que la mitología siempre ha sido útil para contar la Historia colectiva y reforzar la cohesión del grupo alrededor de ese héroe capaz de levantar la voz en solitario y disentir de la mayoría, de enfrentarse a fuerzas de poder dominantes, de negarse a obedecer órdenes o de ir a contracorriente a riesgo de perder incluso la vida. Héroes de leyenda que apoyan causas justas y que dignifican y reconcilian a la mayoría que mira a otro lado por desidia, miedo, complicidad o porque simplemente le resbala el dolor ajeno. Los ejemplos llenan páginas de libros apilados en estanterías decoradas por telas de araña y cincelan piedras levantadas en el anonimato de sus memorias. Memoria ética al servicio de la convivencia cuando el apoyo social al bárbaro desconcierta, cuando la complicidad de tus vecinos asfixia, cuando la ambigüedad de los Partidos Políticos, de la Iglesia, de las Organizaciones disfrazadas de humanitarias o las Instituciones encargadas de velar por la Dignidad, la Justicia y el cumplimiento de la Ley incapacita frente al terror. Es verdad que los mecanismos del miedo son intrínsecos y personales, razón de más para no juzgar comportamientos difíciles de entender si no estamos en la piel del agredido, del extorsionado o del señalado. El terrorismo no deja de ser una táctica de la que se nutren organizaciones y Estados para conseguir sus fines por medio de la violencia, física, pero también psicológica. En medio de esa confusión entre nacionalismo, marxismo, anticolonialismo o simple racismo identitario, someter al dilema moral de pagar para que no te maten es quizá la forma más violenta y cruel de acoso a la que un cuerpo social enfermo puede llegar a intimidar y estigmatizar a su víctima y hacerla sentir culpable de la fractura creada.
Coches bomba y tiro en la nuca sustituidos, por el momento, por marchas con antorchas y banderas también inventadas pero mismo complejo de identidad superior excluyente convertido en una grotesca caricatura que sonrojaría hasta al mismo Freud si despertara de su sueño eterno. En nombre de ese nosotros frente a ellos, lo nuestro expulsa al que piensa diferente, al enemigo que se opone al verdadero relato intoxicado por una guerra publicitaria que nace en la misma escuela. Identificación, intimidación y muerte social más sutil que extiende como una mancha de aceite el virus de la intolerancia y el odio que anticipa la inevitable expulsión física del disidente del territorio considerado puro. Porque la mitificación de la violencia y el terrorismo sigue estando presente en estas ideologías mesiánicas distorsionadas que creen en el destino manifiesto de los pueblos elegidos, y que se nutren del egoísmo, la irresponsabilidad y la soberbia de los que han entrado en el juego de olvidar lo inolvidable y han renunciado a aplicar, en beneficio de la convivencia de la mayoría, el monopolio legal de la violencia para velar por el mantenimiento de una Democracia que parecen querer derrumbar.












