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Ernesto Ladrón de Guevara
Lunes, 04 de Marzo de 2019 Tiempo de lectura:

Que Dios en su infinita misericordia tenga piedad de él

Evidentemente, pueden ustedes suponer, me refiero a Arzallus.

    

No voy a glosar su figura y obra, pues comparto completamente el editorial del pasado viernes de Raúl González Zorrilla, el director de este periódico. Aún y todo yo añadiría algunas cosas más, pero es una obviedad que a nadie se le escapa la indignidad del personaje. 

 

Lo que quiero referir en este artículo es a su partido, el PNV, para el cual Arzallus es una figura referencial, como bien ha dejado sin sombra de dudas el presidente del Euskadi Buru Batzar de ese partido, el señor Ortúzar. Cosa que era de esperar.

 

El PNV no reniega del racista, xenófobo y aberrante fundador -Sabino Arana- cuya obra escrita es fiel reflejo de esos calificativos y más que me dejo en el tintero. Y tampoco reniega de su émulo el señor Arzallus, igualmente racista, conspirador hasta el extremo y acicate de ETA, como bien denunciaba en su día el que fue presidente de Euskadiko Ezkerra, partido que luego se fusionó con el PSE, el señor Bandrés.

 

El libro “Arzallus. La dictadura del miedo” de José Díaz Herrera es revelador y suficientemente descriptivo de aquella trama para hacer de las Vascongadas tierra exclusiva del nacionalismo.

 

La estrategia era muy clara: acosar a cualquier tipo de disidencia con el régimen nacionalista hasta la liquidación si era menester, crear una atmósfera irrespirable para la España democrática que acababa de apuntar con la Transición; para lograr objetivos de un autogobierno al borde de la escisión;  expulsar del territorio a miles de ciudadanos para cambiar la sociología electoral, y chantajear a los gobiernos de Madrid para conseguir hacer literalmente lo que les viniera en gana en esta tierra.

 

De esta manera la palabra democracia era un sarcasmo alejado de toda realidad. Eso es la verdad de la realidad y no la cobardía en grado de complicidad de los gobiernos que se han sucedido en la Moncloa que llevaba a ensalzar incluso la figura de este personaje nefasto.

 

El PNV sigue sin renunciar al racismo, pues si lo hiciera pediría perdón por haber tenido a un fundador así y a un líder de este significado tan atroz.

 

El PNV sigue en la tónica de considerarse él mismo el Estado, como en las monarquías absolutas.

 

El PNV sigue con su trayectoria antidemocrática, pues en ningún momento ha manifestado arrepentimiento ni rectificación sobre un pasado indigno para todo aquel que tenga un mínimo concepto de la libertad y respeto a la dignidad de las personas. Si no, se respetarían los derechos fundamentales como el de la educación sin cortapisas y sin barreras lingüísticas; y el acceso a los bienes públicos con libre concurrencia como a los puestos de trabajo sostenidos con nuestros impuestos, sin exigencias absurdas de carácter lingüístico.  El etnicismo hegemónico y avasallador del PNV es la prueba de lo que digo.

 

Arzallus ha muerto, pero sus discípulos siguen ahí.

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